La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

El primer tramo del sendero descendía junto al muro y atravesaba una zona de roca oscura cubierta por algas. Fiona avanzó delante, tanteando la superficie con la bota. El agua continuaba llegando hasta allí con algunas olas, aunque ya no tenía fuerza suficiente para arrastrarlos.

En uno de los desniveles, Edward bajó primero. Después se volvió y le ofreció la mano.

Fiona la contempló.

Él no dijo que tuviera cuidado. No le ordenó esperar ni intentó sujetarla antes de que decidiera. Se limitó a mantener la palma abierta. Por eso Fiona colocó su mano sobre la de él.

Los dedos de Edward se cerraron con firmeza, pero no tiró hasta que ella empezó a descender. La ayudó a salvar la distancia entre las dos rocas y la soltó en cuanto tuvo los pies firmes.

Fue un gesto sencillo.

Precisamente por eso la conmovió y empezaba a molestarle esa clase de ternura que empezaba a sentir por él.

Su abuela tenía razón.

Aquello resultaba peligroso para su clan... aun así...

El sendero costero estaba demasiado húmedo para montar al principio. Avanzaron a pie, con los caballos detrás y el mar golpeando a su izquierda. El viento había limpiado el cielo hacia el este, donde una franja clara empezaba a extenderse sobre el agua.

Fiona conocía cada curva del camino, pero aquella mañana le parecía distinto. Quizás porque Edward caminaba cerca sin intentar adelantarse. Quizás porque ella sabía cómo sonaba su respiración cuando perdía el control.

Al llegar a la parte más firme, Lasair resbaló ligeramente sobre una piedra. Fiona tensó las riendas y la yegua recuperó el paso antes de que ocurriera nada.

La mano de Edward se había levantado hacia ella.

Se detuvo a medio camino.

Después descendió.

Fiona fingió no haberlo visto.

No porque el gesto careciera de importancia, sino porque empezaba a comprender cuánto esfuerzo le exigía no convertir cada peligro en una batalla que debía ganar por ella.

Montaron cuando alcanzaron el terreno alto. Bran empezó a andar con el resentimiento de un animal convencido de que ya había soportado suficiente compañía humana. Lasair, en cambio, avanzó con ganas de regresar.

Durante un rato cabalgaron en silencio.

Fiona sentía la mirada de Edward de vez en cuando. No era la vigilancia de antes, ni tampoco la mirada abiertamente hambrienta de la torre. Era algo más deliberado, pero igual de consciente.

Ella no estaba comportándose mejor.

Cada vez que el viento movía el abrigo de Edward, recordaba sus manos bajo aquella tela. Cada vez que él se inclinaba para guiar a Bran por una curva, Fiona recordaba la fuerza de su cuerpo bajo el suyo.

Necesitó varios minutos para decidir que aquella tortura no podía quedar sin respuesta.

—Tavish disfrutará mucho de sus botas.

Edward miró el barro que las cubría hasta los tobillos.

—Tavish tendrá otros asuntos en los que pensar.

La seriedad de la respuesta borró parte de la ligereza.

—Se habrá preocupado.

—Todos lo habrán hecho.

Fiona volvió los ojos hacia el camino.

—Antes de que lleguemos, media isla sabrá que pasamos la noche juntos en la torre.

—Pasamos la noche atrapados por la marea después de seguir a una persona que transportaba pruebas falsificadas.

—La verdad rara vez detiene una historia interesante.

—Entonces habrá que ofrecerles una versión menos entretenida.

Fiona alzó una ceja.

—No podrá controlar lo que digan.

—No —Edward ajustó las riendas—. Pero puedo controlar lo que diga yo.

Fiona lo miró.

Él le aguantó su mirada sin dramatismo.

No revelaría lo ocurrido. No para protegerse, no para reclamarla ni para convertir la intimidad en una prueba de conquista.

No sabía cómo sentirse al respecto, pero confiaba en su silencio.

—No esperaba menos —dijo ella.

Edward ladeó un poco la cabeza.

—Hace una semana esperaba de mí casi cualquier crimen.

—No se acostumbre a esta mejoría.

—Intentaré no arruinarla antes del desayuno.

El sonido de cascos llegó desde la parte alta del camino.

Lasair levantó la cabeza. Bran se detuvo con una rapidez que parecía demostrar que llevaba toda la mañana esperando una excusa para no continuar.

Tavish apareció primero sobre la loma.

No llevaba sombrero. El cabello castaño rojizo estaba pegado a su frente y el tartán cruzado sobre su pecho se había desordenado. Detrás de él cabalgaban Fergus y dos hombres del puerto. Más lejos, Iseabail avanzaba sobre una yegua gris con una expresión tan feroz que el animal parecía intimidado.

Tavish vio a Fiona.

Espoleó al caballo.

Llegó hasta ella en pocos segundos, desmontó antes de que el animal terminara de detenerse y cruzó la distancia con la cara de un hombre que llevaba demasiadas horas imaginando cadáveres.

—¿Estás herida?

No hubo broma ni reproche en la primera pregunta.

Solo miedo.

Fiona bajó de Lasair.

—No.

Tavish le tomó los brazos y recorrió su rostro, sus manos y su ropa con la mirada.

—¿Te has golpeado? ¿Has caído? ¿La marea te ha alcanzado?

—Estoy bien.

—Eso dices siempre.

—Deja de preocuparte, Tavis.

Tavish cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, la preocupación había empezado a transformarse en furia.

Miró a Edward.

—Usted la siguió.

Edward desmontó con tranquilidad.

—Sí.

—Y no informó a nadie.

—No.

—Llevamos toda la noche buscando por la ruta alta. Sir Alasdair ha intentado levantarse dos veces. Mi abuela ha puesto a media casa bajo amenaza y Fergus estaba a punto de bajar por el acantilado con una cuerda.

Fergus llegó en aquel momento.

—No estaba a punto. Iba a hacerlo.

—Todos íbamos a hacerlo —replicó Tavish sin mirarlo. Los ojos avellana de Tavis volvieron a Edward—. Podría haber dejado una nota. Una palabra. Cualquier cosa que nos indicara adónde había ido.

—Debí hacerlo —La admisión detuvo a Tavish.

Edward no intentó explicar primero sus motivos ni usar el resultado para justificar la decisión—.

Cuando comprendí adónde se dirigía, la marea estaba a punto de cerrar el sendero —continuó—.

Si perdía tiempo buscando a alguien, Fiona habría llegado sola a la torre.

—Eso no le impedía gritar desde el patio.

—No acostumbro a gritar desde un patio, MacKinnon.

Tavish dio un paso hacia él, y Edward no pudo evitar la primera vez que terminaron a puñetazos; quizás habría una segunda.

Fiona dio un paso entre ambos.

—La decisión de marcharme fue mía.

Tavish volvió el rostro hacia ella.

—No estoy diciendo que él te obligara.

—No. Estás a punto de culparlo por haberme encontrado.

—Podría haber avisado al clan. Cuando una MacKinnon desaparece, no es asunto de un solo hombre extranjero saber dónde está. Nos concierne a todos.

Fiona respiró despacio.

—Me impidió bajar tras una barca cuando la marea ya había cubierto las rocas —dijo—. Si no hubiera llegado, habría intentado seguirla.

La furia de Tavish se quebró.

—¿Hiciste qué?

—No llegué a hacerlo.

—Porque Hamilton te detuvo.

—Sí.

El reconocimiento quedó entre todos.

Fiona levantó un poco más la barbilla.

—Fui imprudente. Encontré una prueba y decidí comprobarla sin hablar con nadie. Oculté mi destino a Iseabail y salí antes del amanecer. Edward debió dejar aviso, pero la culpa de que yo estuviera en Tùr na Faire es mía.

Tavish la contempló como si nunca la hubiera oído admitir tantos errores en una sola conversación.

—¿Te has golpeado la cabeza y no quieres decirlo?

—No arruines el momento.

—Estoy intentando comprenderlo.

Fergus bajó de su caballo. Llevaba una cuerda gruesa enrollada sobre el hombro y barro hasta las rodillas.

—¿Qué encontrasteis?

La mirada de Fiona se detuvo un instante en él.

—Una persona estaba utilizando la cámara inferior para llegar al mar. Escapó en una barca.

Fergus endureció el rostro.

—¿La visteis?

—Una capa. Nada más.

—¿Y la prueba?

—La llevamos con nosotros. Hablaremos delante de mi tío.

Iseabail llegó por fin. No montaba con elegancia; montaba como una mujer que había decidido alcanzar a Fiona aunque para ello tuviera que discutir con el caballo, el camino y toda la costa occidental.

Se apeó con ayuda de uno de los hombres y se acercó.

Primero miró a Fiona.

Después a Edward.

La atención se detuvo en el cabello desordenado de él, en la pañoleta mal anudada y en la arruga que atravesaba su levita. Luego regresó al rostro de Fiona. Sus ojos bajaron un instante hacia sus labios y volvieron a subir.

No preguntó nada.

—He pasado seis horas pensando en distintas formas de matarte —dijo.

—Me alegro de verte también.

Iseabail le cerró la capa bajo la garganta con un gesto brusco.

—Tu abuela ha dicho que vuelva con los dos vivos.

—¿Ha especificado en qué estado?

—No. He supuesto que ella se encargaría del resto.

Tavish todavía observaba a Edward. Ya no había una acusación abierta en su rostro, pero sí una pregunta que no pensaba formular delante de todos.

Fiona conocía aquella expresión.

Había visto demasiado.

No exactamente lo ocurrido. Nadie podría saberlo solo por una ropa arrugada y una noche bajo el mismo techo de piedra.

Pero Tavish la conocía desde que ambos eran niños.

Sabía distinguir el cansancio de la conmoción y el enfado de esa clase de silencio que aparecía cuando una emoción no cabía en palabras.

Se quitó su tartán y se lo tendió a Fiona.

—Póntelo.

—Llevo capa.

—Póntelo.

No había una orden masculina ni un intento de cubrir una vergüenza. Era protección. Tavish sabía lo que podían hacer las miradas antes incluso que las lenguas.

Fiona aceptó el tartán.

Edward observó el gesto, pero no dijo nada.

Regresaron juntos.

La presencia del grupo convirtió el viaje en algo menos íntimo, aunque no consiguió devolverlo a la normalidad. Fiona cabalgaba junto a Iseabail y Tavish; Edward quedó un poco detrás con Fergus. De vez en cuando, ella percibía sus ojos sobre su espalda.

No se giró.

Solo una vez, al rodear una loma, Lasair redujo el paso y Fiona miró hacia atrás.

Edward ya la estaba mirando.