La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Fiona despertó con la mejilla apoyada en un hombro que no le pertenecía y una mano masculina inmóvil a pocos centímetros de su cintura.

Durante un instante no recordó la torre, la marea ni el temporal. Solo percibió la dureza de la piedra bajo la espalda, el peso áspero de la manta sobre las piernas y un calor firme junto a su cuerpo que no procedía de las brasas casi consumidas.

Después respiró.

Edward olía a lana húmeda, a jabón limpio y a una noche que ninguno de los dos podría fingir que no había ocurrido.

La claridad anterior al amanecer entraba por la abertura estrecha de Tùr na Faire y dibujaba una franja gris sobre el suelo.

El viento continuaba golpeando la torre y el mar seguía rugiendo contra las rocas del cabo.

Abajo, uno de los caballos movió una pata y la madera respondió con un golpe sordo.

Fiona no se movió todavía.

Había terminado durmiéndose junto a Edward, ambos sentados contra el muro y cubiertos por la misma manta.

En algún momento de la noche su cabeza había encontrado el hombro de él.

Las piernas se tocaban desde la rodilla hasta el tobillo, y la mano de Edward descansaba sobre la lana, cerca de su cintura, sin haber llegado a rodearla.

No era un abrazo.

Era peor.

Había algo más íntimo en descubrir que Edward había permanecido junto a ella sin tomar en sueños aquello a lo que había renunciado despierto.

Fiona levantó los ojos.

Él miraba hacia el mar.

No tenía la expresión relajada de un hombre recién despertado. La mandíbula estaba demasiado firme, la respiración demasiado controlada y los ojos celestes demasiado atentos a una oscuridad que ya empezaba a retirarse.

—¿Cuánto tiempo lleva despierto?

Edward la miró.

—Lo suficiente para haber perdido la sensibilidad en el brazo izquierdo.

Fiona se incorporó un poco.

—Podría haberme apartado.

Él flexionó los dedos con una discreta mueca.

—Y usted habría despertado.

—Ese suele ser el resultado cuando alguien mueve a una persona dormida.

—También habría empezado a discutir.

—Eso no puede saberlo.

Edward la miró.

Fiona sostuvo su mirada durante dos segundos antes de apartarse la manta de los hombros.

—Está bien. Probablemente habría discutido.

—He considerado que la pérdida del brazo era un riesgo menor.

Ella intentó encontrar una respuesta suficientemente cruel, pero el frío ocupó el espacio que dejó el brazo de Edward. Se envolvió mejor con la manta y acercó las manos a las brasas.

Había dormido poco y mal. Aun así, el cansancio no explicaba aquella sensación extraña bajo el pecho. No era vergüenza, aunque una parte de ella todavía se encogía al recordar los sonidos que Edward le había arrancado. Tampoco arrepentimiento.

Era conciencia.

De su cuerpo. Del suyo. Del silencio entre ambos.

La noche anterior había deseado a Edward Hamilton sin una discusión a la que culpar, una prueba que recuperar ni una pared contra la que empujarlo.

Lo había besado porque quiso. Le había pedido que continuara.

Había pronunciado su nombre contra su cuello mientras él la sostenía durante un placer cuya intensidad todavía parecía permanecer en algún lugar de sus músculos.

Y Edward se había detenido.

No por falta de deseo. Fiona había sentido con demasiada claridad cuánto le había costado hacerlo.

Se movió para alcanzar sus guantes. Al inclinarse, el muslo rozó la rigidez bajo los pantalones de Edward.

Ambos se quedaron inmóviles.

La mirada de Fiona descendió por puro instinto. Edward cerró los ojos un instante y soltó el aire con una paciencia que parecía estar costándole años de vida.

—Parece que una parte de usted ha descansado mejor que las demás —dijo Fiona.

—Mi disciplina lleva despierta varias horas.

No había arrogancia en su tono. Solo una tensión seca que hizo que el calor le subiera a ella por el cuello.

—No tiene que parecer tan ofendido.

—No estoy ofendido.

—Su rostro discrepa.

—Mi rostro está intentando conservar algo de dignidad.

—No sabía que la dignidad pudiera ponerse en peligro de esa manera.

Edward giró hacia ella una mirada lenta.

—Usted hizo cuanto pudo por averiguarlo anoche.

Fiona sintió que sus mejillas ardían. Recogió el borde de la manta con la intención de levantarse, pero se detuvo antes de hacerlo.

La pregunta llevaba varios minutos esperando detrás de sus dientes.

—¿Se arrepiente?

Edward no respondió rápido.

La falta de rapidez la hirió más de lo que habría querido admitir. Fiona se obligó a sostenerle la mirada, preparada ya para recibir una explicación sensata sobre el encierro, el cansancio y el modo en que dos personas podían confundir deseo con algo que no debía repetirse.

—De haber permitido que me inutilizara el brazo, un poco —dijo él.

Fiona frunció el ceño.

—No bromee.

La expresión de Edward cambió. No se volvió más suave, porque la suavidad no era uno de los recursos a los que acudía con facilidad. Se volvió más honesta.

—No me arrepiento de haberla tocado.

El corazón de Fiona dio un golpe fuerte y absurdo.

—Eso no parece una respuesta completa.

—No lo es —admitió—. Me preocupa que usted se arrepienta de haberme permitido hacerlo.

—No me limité a permitírselo.

—Lo sé.

—Se lo pedí.

—También lo sé.

Fiona bajó la mirada hacia sus manos. La manta cubría las faldas, pero no bastaba para impedir que recordara la mano de Edward por debajo de ellas.

—No me arrepiento.

Él permaneció quieto.

—¿Está segura?

—No acostumbro a pronunciar una frase para que un hombre decida después si es cierta.

—No pretendía poner en duda su palabra.

—Entonces ha mejorado desde ayer.

Edward aceptó el golpe sin defenderse.

Aquello la hizo sentirse injusta. Él no había intentado convertir su duda en una orden. Solo quería saberlo.

Fiona respiró despacio.

—No me arrepiento —repitió—. Pero tampoco sé qué se supone que debo hacer con lo ocurrido.

—No tiene que hacer nada esta mañana.

—Qué solución tan cómoda.

—No he dicho que debamos olvidarlo.

Ella alzó los ojos.

Edward tenía el cabello revuelto sobre la frente y una sombra de cansancio bajo los ojos.

La pañoleta seguía mal anudada, el chaleco presentaba una arruga que jamás habría tolerado en otro lugar y la camisa se había abierto un poco junto al cuello.

Fiona nunca lo había visto tan alejado del hombre impecable que parecía capaz de entrar en cualquier salón sin que una sola parte de él revelara lo que pensaba.

Aquella versión de Edward era más peligrosa porque parecía real.

—No voy a reducir esta noche a un error —continuó él—. Tampoco la utilizaré en una discusión ni actuaré como si me hubiera concedido algún derecho sobre usted.

Fiona tragó saliva.

—Gracias.

La palabra lo sorprendió de nuevo. Edward la observó como si hubiera hablado en una lengua desconocida.

—No me dé las gracias por no comportarme como un animal.

—No se las doy por eso.

—Entonces ¿por qué?

Fiona tardó en encontrar las palabras. Era más fácil desafiar a un hombre que explicarle por qué no la había herido.

—Por su respeto hacia mí.

Edward bajó la mirada hacia la mano que tenía sobre la manta y la retiró despacio, como si hasta aquella cercanía pudiera confundirse con algo que no deseaba reclamar.

—No sé qué habría hecho si hubiera vuelto a pedírmelo —confesó él, sin ocultarse tras la prudencia—. Sé lo que quería hacer, señorita MacKinnon.

—Siempre parece saber lo que quiere hacer.

—Con usted, cada vez se complica más.

Aquella confesión resultó más íntima que el recuerdo de sus dedos.

Fiona apartó la manta y se puso en pie. Las piernas le dolían por haber dormido sentada y tuvo que apoyar una mano en la pared hasta recuperar el equilibrio.

Edward se levantó también, aunque no intentó sujetarla.

Solo permaneció cerca.

Fiona reparó en el gesto. La noche anterior habría cerrado una mano alrededor de su brazo antes de comprobar si necesitaba ayuda. Aquella mañana esperó.

—Estoy bien —dijo ella, recogiendo la lámpara, la placa de latón y los guantes. Edward guardó con cuidado la lámina de cera entre dos pañuelos y después se inclinó sobre el hogar para separar los últimos restos de madera.

No añadieron nada más.

No hizo falta.

Algo había cambiado entre ellos. No se parecía a la confianza, porque todavía existían demasiadas preguntas. Tampoco a una promesa. Era una conciencia nueva, incómoda y frágil: la certeza de que ambos se deseaban a pesar de no querer amarse.

Descendieron a la planta baja.

Bran los recibió con un resoplido hostil. Lasair movió las orejas y dio un paso hacia Fiona, empujándola suavemente con el hocico.

—Al menos alguien se alegra de verme —dijo ella mientras acariciaba la frente de la yegua.

—Bran también está emocionado. Lo demuestra pensando en morderme.

Edward se acercó a su caballo. Bran enseñó los dientes.

—Quizás ha percibido una debilidad.

—Quizás los MacKinnon lo han educado.

Fiona comprobó las patas de Lasair y después recorrió con la vista el interior de la torre. El cofre seguía desplazado, el acceso al pasadizo permanecía abierto y la humedad había empezado a borrar algunas huellas del suelo.

—Tendremos que cerrar la cámara inferior.

—No todavía —respondió Edward—. Si alguien regresa y descubre que la hemos asegurado, sabrá que encontramos la cera.

Fiona lo miró.

—¿Pretende dejar la torre sin vigilancia?

—Pretendo que la vigilen hombres que sepan hacerlo de forma discreta.

—Tavish.

—O Fergus.

Al oír aquel nombre, algo se tensó entre los dos, aunque ninguno hizo comentario alguno.

El mar había empezado a retirarse de las rocas inferiores cuando salieron a fuera. Todavía no podían montar, pero el sendero era visible en algunos tramos.

Sacaron primero a Lasair. Edward abrió la puerta y sostuvo las riendas mientras Fiona guiaba a la yegua entre las piedras. Después regresaron por Bran, que mostró su opinión sobre el encierro intentando pisar una de las botas de Edward.

—Lo hace a propósito —dijo Fiona.

—Eso es lo que más respeto de él.

—Creía que se odiaban.

—Nuestra relación está evolucionando.