Capítulo 8 #4
Fiona contuvo el aliento cuando los dedos de Edward rozaron el interior de su muslo por debajo de la tela. La caricia fue lenta, deliberada, como si le concediera tiempo para arrepentirse.
No lo hizo.
Separó ligeramente las piernas.
Edward cerró los ojos un instante.
—Dios.
La tocó sobre la fina tela de sus calzones. Una presión firme, exacta, que hizo que Fiona se aferrara a sus hombros. Él volvió a acariciarla y el placer le recorrió el cuerpo con tanta intensidad que tuvo que morderse el labio para no gemir.
Edward la observaba.
No con triunfo.
Con hambre.
Una hambre tan evidente que Fiona dejó de sentirse la única que estaba perdiendo el juicio.
—Otra vez —susurró en un gemido.
Él obedeció.
Sus dedos se movieron con mayor seguridad, encontrando el lugar que la hacía arquearse contra él. Fiona ocultó el rostro en su cuello, avergonzada por la facilidad con la que su cuerpo respondía, por el sonido que escapó de su garganta cuando Edward aumentó la presión.
—Míreme —ordenó él con voz ronca.
Fiona levantó la cabeza, roja por la excitación.
Edward la besó mientras la tocaba, tragándose sus respiraciones entrecortadas. El placer creció demasiado deprisa. Ella se movió contra su mano sin pensar, guiada por una necesidad que no reconocía como propia.
Entonces Edward se detuvo.
Fiona abrió los ojos, aturdida.
—¿Por qué...?
Él respiraba con dificultad, con la frente apoyada contra la suya y todo el cuerpo tenso por el esfuerzo de controlarse.
—Porque si continúo, voy a perder el juicio.
—Tal vez quiero que lo pierda.
Edward la miró. Sus ojos celestes se habían oscurecido y la firme línea de su mandíbula parecía tallada por la tensión.
—Fiona...
—No se detenga.
Esta vez no lo hizo.
Volvió a besarla mientras su mano retomaba aquella caricia lenta y precisa que ya había deshecho todas sus defensas.
Con la otra, le abrió la camisa verde de montar y la apartó hasta dejar sus pechos completamente al descubierto.
Fiona no intentó cubrirse. Se quedó ante él, expuesta y temblorosa, mientras Edward los acariciaba, rozándole los pezones con los dedos.
Ella intentó contener el sonido que nació en su garganta, pero él lo recibió contra su boca y la tocó con mayor firmeza.
El placer regresó más intenso.
Se extendió por su vientre, por sus piernas, por cada parte de ella que parecía haberse vuelto demasiado sensible, demasiado húmeda. Fiona dejó de pensar en la torre, en la marea y en los años de rencor que los separaban.
Solo existían sus dedos, su boca y aquella tensión que crecía hasta resultar insoportable.
—Edward...
Él la sostuvo por la cintura cuando ella comenzó a temblar.
—Déjese llevar.
La voz ronca terminó de quebrarla.
Fiona ocultó el rostro contra su cuello cuando el placer la alcanzó de golpe.
Su cuerpo se arqueó entre sus brazos y un gemido escapó de sus labios, imposible de contener.
Edward no apartó la mano. La sostuvo durante cada estremecimiento, besándole la sien y respirando con dificultad contra su piel.
Cuando todo terminó, Fiona permaneció inmóvil sobre él.
Aturdida.
Avergonzada.
Y demasiado satisfecha para fingir que aquello había sido un error.
Edward le acarició la espalda con lentitud.
—Fiona.
—No pienso mirarlo después de eso.
Él soltó una breve risa, grave y contenida.
—Hace un momento decía mi nombre de una forma bastante distinta.
Ella levantó la cabeza de golpe.
Edward seguía respirando con dificultad. Estaba despeinado, tenía la boca enrojecida y los ojos celestes llenos de un deseo que no había disminuido.
Fiona comprendió entonces que él se había detenido solo para ella.
Que seguía excitado.
Que lo había llevado al límite y Edward aún no se había permitido cruzarlo.
—Usted no ha...
—No.
—¿Por qué?
Su expresión se volvió seria.
—Porque esta noche quería darle placer. No tomar nada que mañana pudiera lamentar.
Fiona se apartó de sus piernas y se acomodó la camisa con dedos torpes.
No sabía qué hacer con aquella consideración.
Habría comprendido mejor la arrogancia, la exigencia o incluso el arrepentimiento.
No que Edward permaneciera allí, todavía tenso por el deseo, después de haberse detenido únicamente para protegerla de una decisión que ella misma le había pedido tomar.
—Ya sabe que no me gusta que decida por mí —murmuró.
—Nunca he cometido el error de creerlo.
—Pero sigue haciéndolo.
Edward sostuvo su mirada.
—He decidido por mí. Mañana podrá odiarme por muchas razones, Fiona. No permitiré que una de ellas sea haber aprovechado esta noche para conseguir más de lo que estaba preparada para darme.
Ella terminó de cerrar la camisa.
—¿Y cómo sabe para qué estoy preparada?
—No lo sé —La respuesta la detuvo. Edward se pasó una mano por el cabello, todavía respirando con dificultad—. Ese es precisamente el problema. Hace un tiempo creí saber quién era usted, qué había hecho y por qué. No volveré a tomar una decisión semejante basándome únicamente en lo que deseo.
Fiona bajó los ojos. La ternura que sintió resultó más peligrosa que todo lo ocurrido entre sus brazos.