Capítulo 8 #3
Un mechón se desprendió de la trenza de Fiona y cayó sobre su rostro. Edward lo apartó con cuidado. El pulgar rozó la cicatriz de su sien.
—¿Por qué la mira siempre? —preguntó.
Edward no retiró la mano de inmediato.
—Porque apareció después de mi última visita. Y porque cada vez que mencionamos aquellas cuentas, usted la toca sin darse cuenta.
Fiona alzó los dedos hacia la sien, pero se detuvo antes de alcanzarla.
—No sabía que me observaba tanto.
—Observo aquello que no comprendo.
—Entonces debe de pasar muchas horas mirándome.
La boca de Edward se movió un poco, pero no sonrió.
—¿Qué ocurrió?
Fiona volvió los ojos hacia el fuego. Durante unos segundos solo se oyó el viento golpeando la torre.
—Las cuentas que usted encontró no eran las únicas —Edward se quedó quieto—. Había otra libreta.
—La que ocultó.
—La que intenté proteger —corrigió ella—. Aquel invierno se perdieron dos embarcaciones y la cosecha no alcanzó para alimentar a las familias del norte. El consejo se negó a adelantar los salarios porque decía que las rentas no podían soportarlo. Yo autoricé los pagos de todos modos.
—Sin la firma de su tío.
—Sir Alasdair estaba enfermo. Si esperaba su autorización, algunos niños pasarían hambre para que los libros parecieran impecables.
Edward no la reprendió. Aquello la sorprendió más de lo que habría hecho cualquier acusación.
—Anoté cada pago —continuó Fiona—. Los nombres, las cantidades y de dónde había tomado el dinero. No robé una sola moneda. Pero sabía que el consejo usaría aquella libreta para demostrar que una muchacha no debía administrar las tierras.
—Por eso la escondió.
—Sí. En la antigua oficina del puerto. Solo temporalmente, hasta poder hablar con mi tío.
Edward bajó la mano.
—Pero alguien la encontró.
Fiona miró las llamas.
—Alguien supo dónde buscarla —La frase alteró algo en el rostro de Edward. Fue apenas un endurecimiento de la mandíbula, pero Fiona lo vio—. Fui a recuperarla la noche anterior a que usted abandonara la isla —prosiguió—. La puerta estaba abierta. Dentro había un hombre registrando el escritorio.
—¿Lo vio?
—Solo su espalda. Llevaba un abrigo oscuro y había apagado la lámpara en cuanto me oyó entrar.
—¿Qué hizo usted?
—Lo que hago siempre que un hombre entra donde no debe.
—Lo atacó.
—Intenté detenerlo.
Edward dejó escapar lentamente el aire.
—¿La golpeó?
—Me empujó contra el escritorio. El borde de una pieza de hierro me abrió la sien. Cuando desperté, la libreta había desaparecido.
Edward la observó con una quietud repentina.
—¿Oyó su voz?
—No.
—¿Algo más?
Fiona vaciló.
—Cojeaba.
El silencio cambió.
Edward no movió un músculo, pero algo se ordenó detrás de sus ojos. La cerradura de la torre. Las cuentas robadas. El hombre que conocía los escondites MacKinnon. Una cojera que Fiona no había mencionado hasta entonces.
Una vieja sospecha dejó de parecerle una posibilidad.
Empezó a parecerle un nombre.
—¿Qué ocurre? —preguntó Fiona.
Edward la miró fijamente.
Podía decírselo. Podía pronunciar el nombre y ver cómo toda aquella confianza recién nacida se convertía de nuevo en furia si se equivocaba.
—Nada que pueda demostrar todavía.
Fiona endureció el gesto.
—Otra vez ese silencio.
—Esta vez no le pido que confíe en él —respondió Edward—. Solo que me conceda tiempo para asegurarme de no destruir a la persona equivocada.
Fiona lo miró durante varios segundos.
—A veces me agota tener que demostrar a cada instante que soy capaz —dijo al fin—. Como si todo lo que hago nunca fuera suficiente. Como si siempre estuvieran esperando que falle para ocupar mi lugar.
Edward volvió los ojos hacia la fina marca de su sien.
Ya no vio únicamente una herida.
Vio a una mujer detrás de todas esas capas de orgullo e insolencia.
Fiona observó su boca.
Esta vez no existía una placa que recuperar, una discusión que ganar ni un forcejeo al que culpar.
Lo besó porque quiso.
Fue un beso lento, consciente y mucho más difícil de soportar que el anterior.
Edward tardó apenas un instante en responder.
Su mano rodeó la cintura de Fiona bajo la manta y la acercó, pero no convirtió la ternura en urgencia.
La besó como si tuviera tiempo para aprender algo que la rabia les había impedido descubrir abajo.
Fiona apoyó una mano en su pecho. El corazón de Edward latía con fuerza bajo su palma.
Cuando ella profundizó el beso, él se apartó.
No mucho.
Lo suficiente para respirar contra sus labios.
—No vuelva a detenerse —murmuró Fiona.
—Si continúo, no será solo un beso.
Fiona sostuvo su mirada.
—Entonces no se detenga.
Algo cambió en los ojos celestes de Edward.
La besó de nuevo, esta vez sin aquella paciencia contenida. Su boca se apoderó de la de ella mientras su mano descendía por su cintura, apartando la manta y recorriendo la curva de su cadera generosa. Fiona se estremeció cuando sus dedos encontraron el borde de la camisa y se deslizaron por debajo.
La palma de Edward estaba caliente contra su piel.
Ella debería haberlo detenido.
Debería haber recordado las palabras de su abuela.
En lugar de eso, abrió más la boca bajo la suya.
Edward soltó un sonido grave, casi irritado, y la atrajo hasta sentarla sobre sus muslos. Fiona sintió la fuerza de su cuerpo bajo el suyo, la tensión que él ya no podía ocultar. Aquello la hizo sentir poderosa y, al mismo tiempo, peligrosamente vulnerable.
—Fiona —advirtió contra su cuello.
Ella le sostuvo el rostro entre las manos, recorriendo con los pulgares la firme línea de su mandíbula. Edward era demasiado guapo de cerca: facciones nobles, pómulos marcados, nariz recta y una boca capaz de hacerle olvidar cualquier prudencia.
—No pronuncie mi nombre como si fuera a salvarme de usted.
—No intento salvarla de mí.
Su mano descendió entre ambos.