La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Aun así, una parte de ella había esperado que Edward dijera algo distinto.

—No me ha imaginado como esposa —dijo ella.

No formuló la frase como una pregunta.

Edward no intentó engañarla.

—No.

Fiona sintió que el orgullo le endurecía la espalda.

—Qué alivio. Habría sido incómodo decepcionarlo en un papel tan importante.

—Tampoco he imaginado casarme con una mujer que lleva tres años acusándome de traición.

—Pero sí ha imaginado tocarla.

—Con una frecuencia poco razonable.

Ella le clavó sus ojos verdes y grandes. Edward no sonreía. La contemplaba con un control que impedía interpretar aquellas palabras como una burla.

—No estoy avergonzado de desearla —continuó él—. Tampoco pienso ofrecerle una promesa que aun no comprendo para justificar lo que acaba de ocurrir.

Fiona dejó la manzana.

—En mi familia no se enseña a las mujeres a fingir que carecen de deseo —dijo Fiona—. Pero tampoco se nos permite olvidar el precio que debemos pagar para reconocerlo.

Edward permaneció quieto.

—¿Qué quiere decir?

—Que un hombre puede abandonar esta torre mañana y convertir lo ocurrido en una indiscreción. Yo no. Si alguien lo supiera, no hablarían de sus manos ni de sus intenciones. Hablarían de mi virtud, de mi capacidad para gobernar y de si sigo siendo digna de llevar el nombre MacKinnon.

—No permitiría que la deshonraran.

—No podría impedirlo. Y tampoco quiero una promesa pronunciada solo porque me ha tocado.

Edward tensó la mandíbula.

—No le ofrecería matrimonio por culpa.

—Entonces no me trate como a una mujer a la que puede desear en Escocia y olvidar cuando regrese a Inglaterra.

—No la considero un entretenimiento.

—Ha dicho que solo me desea.

—He dicho que es lo único que puedo nombrar ahora. No es lo mismo.

Fiona lo estudió.

—¿Y qué espera que haga con esa honestidad?

—Lo que quiera. Apartarse. Volver a besarme. Exigirme que no la toque hasta que haya algo más que decir. Lo único que no haré es tratarla como si no comprendiera la diferencia.

La respuesta calmó parte de la herida, aunque no la eliminó.

—Yo tampoco lo he imaginado como esposo —admitió.

La comisura de la boca de Edward se movió.

—Eso consigue aliviarme.

—Convertiría cada desayuno en una reunión administrativa.

—Y usted amenazaría al servicio antes del té.

—Solo si lo prepararan mal.

—Una base excelente para un matrimonio duradero.

Fiona rio por lo bajo. Edward no había retirado lo que había dicho ni intentado seducirla mediante una promesa falsa. La deseaba. Ella lo deseaba. Por el momento, aquella verdad tendría que bastar.

No significaba que fuera inocua.

El fuego se había asentado cuando Fiona preguntó:

—¿Quién sospecha que entregó los documentos hace tres años?

La expresión de Edward se cerró un poco, aunque no con la frialdad de otras ocasiones.

—Todavía no puedo decírselo.

—No voy a discutir.

—Eso sí sería motivo para una celebración nacional.

Fiona alzó una ceja.

Edward dejó la broma antes de que ella tuviera que hacerlo.

—Con usted fui demasiado rápido para juzgar —dijo—. Tomé varios hechos, los ordené de una forma lógica y no me detuve a pensar en lo injusta que podía ser la conclusión. No repetiré el mismo error con otra persona solo para conseguir que me crea.

La frustración continuaba allí, pero ya no parecía otra forma de traición.

—¿Y si nunca encuentra pruebas?

—Entonces tendrá derecho a seguir odiándome.

—Eso parece muy conveniente.

—No lo es.

Fiona comprendió entonces que Edward no guardaba silencio para proteger a nadie. Lo hacía porque temía equivocarse otra vez y causar a otra persona el mismo daño que le había causado a ella.

Aquella versión de Edward resultaba más difícil de odiar.

Las nubes comenzaron a dispersarse al caer la noche.  Más allá de la abertura, el mar parecía una extensión oscura atravesada por la luz de las estrellas.

Fiona se acercó para contemplarlo.

Eilean Ròs quedaba oculta detrás de las lomas. Desde allí no se veían el puerto, la residencia ni las luces de las casas. Solo el agua y un cielo tan limpio que cada estrella parecía más cercana.

Edward se situó a su lado, dejando una distancia prudente.

—De niña creía que desde esta torre podía verse el final del mundo —confesó Fiona.

—¿Lo encontró?

—No. Mi tío me aseguró que estaba más allá de Irlanda y Tavish sostuvo que Inglaterra era el final del mundo.

—Tavish continúa mostrando una imaginación limitada.

Fiona sonrió. Después apoyó las manos sobre la piedra fría de la abertura.

—Mi madre murió poco después de que yo naciera. Mi padre antes de que cumpliera cinco años. No los recuerdo lo suficiente para echarlos de menos de la manera correcta.

Edward guardó silencio.

Ella agradeció que no pronunciara una frase de consuelo.

—Todo el mundo me decía que Eilean Ròs era lo que me habían dejado.

Antes de saber leer, ya sabía que algún día sería responsable de ella.

Me enseñaron a no llorar delante del consejo, a recordar los nombres de los arrendatarios y a no mostrar cansancio, porque cualquier debilidad podía convertirse en la prueba de que una mujer no estaba hecha para gobernar.

—Era una niña.

—Era la heredera.

—Podía ser ambas cosas.

Fiona lo miró.

—Nadie aquí lo habría dicho.

La sinceridad se volvió más sencilla al no tener que observar su reacción.

—Me quieren. Mi tío, mi abuela, Tavish...

Nunca he dudado de eso. Pero incluso las personas que me quieren han pasado años preparándome para estar sola.

Ahora Alasdair puede no recuperarse del todo.

Tavish quiere dirigir un barco. Mi abuela envejece aunque se niegue a reconocerlo.

Y el consejo continúa esperando que un hombre aparezca para ocupar mi lugar.

—No teme perder el nombre MacKinnon.

—No, temo conservarlo y descubrir que ya no significa nada. Ser la propietaria de Eilean Ròs sobre el papel mientras mi esposo firma las decisiones, cobra las rentas y habla por mí.

Edward apoyó una mano en la piedra, cerca de la suya.

—Los hombres que la rodean creen que ayudarla es decidir por usted.

Fiona volvió el rostro.

—Incluido usted.

—Sí. También yo.

Lo admitió sin excusas, y aquello la conmovió más que cualquier disculpa.

Edward la miró con sus ojos celestes. Alto, fuerte y rubio, parecía hecho para imponerse incluso cuando intentaba no hacerlo.

—No prometo apartarme siempre —continuó—. No sería creíble. Pero intentaré no ponerme delante cuando mi lugar esté a su lado.

—Eso ha sonado casi humilde.

—No se acostumbre —repitió él, en voz baja y grave.

Fiona bajó la mirada. Sus dedos descansaban a poca distancia de los de Edward. No los tocó.

No era necesario.

Un golpe sonó en la planta inferior.

Después otro.

Edward cerró los ojos.

—Bran.

—Quizás Lasair le ha enseñado modales.

—Lasair ha intentado morderlo dos veces.

—Eso demuestra buen juicio.

Edward bajó la escalera. Fiona esperó junto al fuego y poco después oyó su voz desde la planta inferior.

—Si vuelve a morderme, lo dejaré aquí cuando baje la marea —Bran resopló—. Su opinión no cambia mis intenciones.

Fiona se echó a reír.

Cuando Edward regresó, llevaba un cubo pequeño de agua.

—¿Han resuelto sus diferencias?

—Hemos acordado despreciarnos hasta el amanecer.

Fiona tomó el cubo.

—Lasair también necesita agua.

Bajó con él. La planta inferior estaba tan llena que tuvieron que moverse de lado entre los animales y el cofre. Fiona dio de beber primero a su yegua y después Edward sostuvo el cubo para Bran.

Al regresar a la cámara superior, encontraron el fuego reducido a brasas. Edward añadió madera y se sentó en la tarima. El cansancio empezaba a notarse en sus hombros.

Fiona comprendió que él tampoco había dormido la noche anterior y que, después de descubrir su ausencia, había cabalgado sin desayunar hasta la torre.

Partió el último trozo de pan y le entregó la mitad.

—Creía que pensaba quedárselo.

—También creía que usted había traído comida suficiente.

—La traje pensando en usted.

Fiona sostuvo su mirada un instante antes de acercarle un poco más el pan.

—Entonces compártala conmigo.

Edward aceptó.

—Gracias.

—No convierta esto en un acontecimiento.

—Haré lo posible.

Fiona sonrió.

Durante unos minutos, Edward permaneció con la espalda apoyada contra el muro y los ojos cerrados.

No estaba completamente dormido, pero su rostro había perdido la vigilancia habitual.

Parecía más joven. Menos parecido al hombre que había llegado a juzgar la isla y más al hijo bueno de una madre inglesa que había crecido entre cuatro hermanos capaces de robarle el desayuno.

El cabello revuelto, la pañoleta abierta y la piedra desnuda a su espalda le habían arrancado parte de la elegancia heredada de su madre. Debajo permanecía la sangre de Alexander Hamilton, un Highlander puro, criado entre el gaélico, el mar y el orgullo feroz de su clan.

Edward podía haberse educado en Inglaterra, vestir como un inglés y ordenar sus pensamientos como uno. Pero su padre estaba en la altura de su cuerpo, en la firmeza de su mandíbula y en aquella autoridad que no necesitaba alzar la voz.

Quizá el inglés no estaba tan lejos del Highlander como ambos habían creído.

Fiona no lo despertó.

Cuando Edward abrió los ojos, el frío había aumentado y el fuego no conseguía alcanzar toda la estancia.

Fiona se envolvió los brazos alrededor del cuerpo.

Edward sacó la manta del arcón.

—Compártala conmigo.

—Puedo dormir sin ella.

—Está temblando.

—No estoy temblando.

Él la miró.

—Entonces la torre ha desarrollado un pulso.

Fiona habría discutido en cualquier otra noche. Aquella vez se sentó junto a él y permitió que extendiera la manta sobre ambos.

El hombro de Edward quedó contra el suyo. El calor de su cuerpo atravesó la tela mucho antes que el del fuego. Sus rodillas se rozaron, y Fiona recordó con una claridad brutal la posición en la que había estado sentada sobre el cofre.

Edward también debió de recordarlo, porque su respiración cambió.

No se movió.

Aquella contención se volvió más íntima que una caricia.