La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Edward subió primero por la escalera de caracol, con el farol levantado para iluminar los peldaños. Fiona avanzó detrás, procurando no fijarse en la levita arrugada, en el pañuelo deshecho alrededor de su cuello ni en el cabello rubio despeinado.

No lo consiguió.

Tampoco consiguió olvidar lo ocurrido en la planta inferior.

El recuerdo de la boca de Edward sobre la suya se mezclaba con otro todavía más íntimo: su mano bajo las faldas, la lentitud de aquellos dedos y la voz que había pronunciado su nombre cuando todo rastro de educación inglesa desapareció de ella.

Fiona apretó la placa de latón dentro del bolsillo.

Resultaba más sencillo pensar en la traición de un MacKinnon que en lo cerca que había estado de suplicarle que continuara a Edward.

La escalera desembocó en una estancia circular.

Una abertura estrecha daba al mar y dejaba entrar el viento, aunque la lluvia no alcanzaba la parte interior.

Junto al muro quedaban un banco de piedra, una mesa inclinada y los restos de la tarima donde los antiguos vigías habían dormido durante las noches de guardia.

Edward dejó el farol sobre la mesa y se acercó a la abertura.

Fiona se mantuvo lejos de él.

No porque temiera que volviera a tocarla.

Precisamente por lo contrario.

—La ruta alta continúa cubierta —dijo Edward mientras observaba la ladera—. La marea ha arrastrado parte del sendero, y el viento empeorará cuando oscurezca.

—La marea bajará.

—Cuando lo haga, ya será mañana. No podremos regresar hasta entonces.

Fiona había llegado a la misma conclusión antes de subir, pero escucharla en su voz hizo que la torre pareciera más pequeña.

Edward se llevó las manos al cuello e intentó recomponer el nudo de su pañuelo. La tela se resistió. Fiona sabía por qué. Ella había tirado de él con suficiente fuerza para deshacerlo por completo.

Él reparó en que lo observaba.

—No necesitamos hablar de lo ocurrido —dijo Fiona.

—No pensaba hacerlo.

—Entonces deje de mirarme.

Edward bajó las manos.

—Me está mirando usted a mí.

Fiona se volvió hacia el mar.

Las nubes se desplazaban con rapidez sobre el agua. Entre ellas comenzaban a abrirse franjas de un cielo más claro, y la luz gris del final de la tarde alcanzaba las crestas blancas de las olas.

—Se comporta como si nada hubiera sucedido.

—No estoy fingiendo que no ha sucedido.

—Lo parece.

—Estoy intentando no empeorarlo.

Fiona volvió el rostro.

—¿Empeorarlo?

La mirada de Edward descendió hasta su boca.

—Volver a tocarla antes de que decida si quiere abofetearme o repetirlo.

Fiona sintió que el calor le ascendía por el cuello. Agradeció que el interior de la torre estuviera lo bastante oscuro para ocultarlo.

—Parece muy seguro de que existe una segunda posibilidad.

—No habría subido detrás de mí si solo quisiera golpearme.

—Los caballos ocupan toda la planta baja.

—Una explicación razonable.

—Es la verdad.

—No he dicho que no lo sea.

Aquella respuesta era peor que otra provocación. Edward no necesitaba insistir. Le bastaba con mirarla como si ambos conocieran la parte que Fiona se negaba a decir.

Ella dejó los guantes sobre la mesa y recorrió la estancia, más para apartarse de él que por interés. Encontró un pequeño arcón bajo la tarima. En su interior había una manta áspera, una caja de yesca para prender fuego y varios trozos de madera que, por algún milagro, seguían secos.

—Podemos encender algo —dijo.

Junto al muro, bajo la abertura del mar, sobrevivía un hogar bajo de piedra, ennegrecido por fuegos antiguos. Fiona encontró dentro algunas cenizas endurecidas y retiró la humedad con un trozo de madera.

Edward se agachó junto a ella.

—Yo lo haré.

Fiona lo observó colocar dos piezas de madera demasiado juntas sobre la piedra.

—Así apagará el fuego antes de que empiece.

—Arderá.

—Durante un minuto. Después tendremos una torre llena de humo y ninguna llama.

Edward contempló la leña.

—Entonces supongo que tendrá una solución mejor.

Fiona apartó uno de los troncos, colocó debajo las astillas más finas y dejó espacio para que entrara aire.

—Sí —Fiona le quitó una de las piezas, dispuso las más pequeñas debajo y dejó espacio suficiente para que entrara aire—. Los vigías podían pasar semanas aquí. No calentaban la torre por eficiencia, sino porque preferían conservar los dedos.

Edward contempló el pequeño montón.

—Admito que su método parece menos destinado a producir humo.

—Intente soportar la humillación.

Él encendió la yesca y protegió la llama con ambas manos hasta que la madera comenzó a arder. Fiona se sentó sobre el borde de la tarima, acercando las palmas al fuego.

Durante unos minutos ninguno habló.

Abajo, Bran golpeó una tabla. Lasair respondió con un resoplido inquieto.

Fiona miró hacia la escalera.

—Los caballos no están cómodos.

—Nosotros tampoco. Ellos al menos son sinceros.

Edward bajó para comprobarlos y regresó poco después con dos alforjas. Dejó una junto al fuego y sacó pan, queso, carne fría y dos manzanas.

Fiona lo contempló.

—¿Ha traído provisiones?

—Usted salió sin desayunar.

La respuesta que acudió primero a sus labios fue que no le correspondía ocuparse de ella.

Fiona la contuvo. Edward había cabalgado tras ella por un sendero peligroso, había llevado comida y no había mencionado una sola vez que todo aquello habría resultado innecesario si ella hubiera confiado en él.

Responder con otra ofensa sería fácil.

También injusto.

—Gracias —dijo.

Edward levantó la vista. El asombro duró un instante antes de desaparecer bajo su frialdad habitual.

—No se acostumbre.

Fiona aceptó la mitad del pan que él le ofrecía.

—Eso resulta más familiar.

Comieron sentados junto al fuego. Edward partió la carne con su navaja y dividió el queso en dos porciones casi idénticas. Incluso aislado en una torre parecía incapaz de hacer algo sin imponerle cierto orden.

—Ha traído comida suficiente para cuatro personas —observó Fiona.

—Me crie con Douglas, Audrey, Cathaline y Richard. En una casa con cuatro hermanos se aprende pronto.

Fiona había oído hablar mucho de los Hamilton, pero Edward rara vez los mencionaba por iniciativa propia.

—¿Lord Hamilton robaba comida?

—Douglas no robaba. Decidía que la necesitaba más que los demás y esperaba que el mundo aceptara la diferencia.

—Eso suena a él.

—Audrey escondía su porción detrás de los libros de la biblioteca para que nadie se la quitara. Cathaline convencía a algún criado de que mi madre le había permitido tomar otra. Richard hacía tantas preguntas que uno acababa entregándole la suya para conseguir un poco de silencio.

Fiona sonrió.

—¿Y usted?

—Yo aprendí a encontrar un equilibrio.

—Eso suena completamente a usted.

Edward hablaba de sus hermanos sin la rigidez que utilizaba al referirse a Inglaterra, a Eton o a su posición. Fiona descubrió una calidez discreta en su voz. No era un hombre efusivo, pero recordaba los defectos de cada uno con afecto.

—Los echa de menos —comprendió ella.

Él tardó un instante en responder.

—A veces.

—Qué confesión tan peligrosa, milord.

—No la repita. Douglas podría creer que necesito compañía y aparecer con una escolta. Audrey traería mantas. Cathaline convertiría el rescate en un acontecimiento social y Richard querría estudiar el funcionamiento de la marea desde el borde del acantilado.

Fiona rio de verdad.

Edward se quedó mirándola.

No dijo nada, pero la atención que le dedicó hizo que la risa se desvaneciera poco a poco.

Fiona bajó los ojos hacia el pan que aún sostenía.

—No debí venir sin avisar, lo reconozco.

Edward dejó de cortar la manzana.

—No esperaba oír eso.

—No convierta un momento de reflexión en una celebración.

—Haré todo lo posible.

Fiona arrancó una miga con el pulgar.

—Tampoco debí intentar seguir aquella barca. La marea ya había cubierto las rocas.

—Sí.

Ella levantó la cabeza.

—Podría fingir un poco de sorpresa.

—Lo estoy haciendo por dentro.

—No se nota.

—Mis más sinceras disculpas.

La respuesta habría podido molestarla. En cambio, Fiona sintió el impulso de sonreír otra vez.

Edward le ofreció media manzana.

—¿Qué fue lo de abajo? —preguntó ella antes de aceptarla.

La mano de él quedó suspendida entre ambos.

—Sea más concreta.

—No me obligue a decirlo.

Edward dejó la fruta en su palma. Sus dedos se tocaron y Fiona notó de nuevo el recuerdo de aquellas manos en lugares donde una simple caricia no debería haber dejado tanta memoria.

—No fue consecuencia de un arrebato —dijo él—, si eso es lo que pregunta.

—El forcejeo tuvo algo que ver.

—El forcejeo fue una excusa.

Fiona mordió la manzana para ganar tiempo.

—¿Y los tres años anteriores?

—Una espera demasiado larga.

La franqueza de Edward nunca era suave. No buscaba protegerla de aquello que había decidido decir. Así era él, extraño, frío, metódico... y, en raras ocasiones, un poco tierno.

—Estuvo a punto de besarme junto a los archivos.

—Sí.

—Pensé que iba a hacerlo.

—Yo también.

—Pero no lo hizo.

Edward desvió los ojos hacia el fuego.

—Entonces creía que detenerme era una muestra de buen juicio.

—¿Y ahora?

Él la miró.

—Ahora sé que fue cobardía.

Fiona se quedó en silencio. Había esperado que negara el pasado o lo redujera a una indiscreción juvenil. No que lo reconociera con aquella calma.

—Una vez dijo que, cuando una mujer despierta su interés, ella lo sabe.

—Lo recuerdo.

—¿Qué se supone que debo saber ahora?

Edward apoyó los antebrazos sobre las rodillas. El fuego iluminaba un lado de su rostro y dejaba el otro en sombra.

—Que la deseo.

La respuesta produjo en Fiona una punzada que no se parecía del todo al placer.

—Solo eso.

—Es lo único que puedo nombrar sin mentirle.

Ella miró el mar.

No debería dolerle. Fiona llevaba años rechazando el matrimonio precisamente porque no pensaba entregarle a un hombre la autoridad sobre Eilean Ròs.

Había dado la vuelta a la quaich de Campbell sin vacilar.

No quería un esposo que se sentara en el lugar de su padre, ni una promesa inglesa, ni una casa al sur donde todo rastro de los MacKinnon terminara convertido en una curiosidad familiar.