La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

La respiración de Fiona se quebró. La torre, el mar y la placa que aún sostenía entre los dedos dejaron de existir. Solo quedaron la mano de Edward bajo sus faldas, la boca contra la suya y la presión de su cuerpo manteniéndola sentada sobre el cofre.

Un golpe de madera resonó bajo ellos.

Edward se quedó inmóvil.

Fiona tardó un segundo en comprender que el ruido no procedía del cofre ni de sus propias botas.

Volvió a oírse.

Una tabla desplazándose contra piedra.

Edward retiró lentamente la mano de entre sus piernas. Bajó las faldas de Fiona y permaneció frente a ella mientras ambos intentaban recuperar la respiración.

Ella abrió los dedos.

La placa de latón seguía dentro de su puño.

Edward bajó la mirada hacia ella.

—Al menos consiguió lo que quería.

Fiona miró el metal y después la boca hinchada de Edward.

—No todo.

El silencio posterior fue tan ardiente como el beso.

Otro golpe llegó desde detrás del cofre.

Edward la ayudó a bajar. Fiona se arregló la chaqueta mientras él se abrochaba el chaleco con movimientos que intentaban recuperar una corrección ya imposible. La pañoleta continuó suelta y el cabello se negaba a volver a su sitio.

—No se comporte como si no hubiera ocurrido nada —dijo ella.

Edward pasó una mano por la mandíbula.

—Todavía no sé qué ha ocurrido.

La voz seguía ronca.

Apartaron el cofre. El forcejeo lo había desplazado lo suficiente para descubrir una ranura oscura en la pared y una corriente de aire procedente del interior.

Edward presionó dos piedras hasta que una sección del muro cedió. Tras ella apareció un pasadizo estrecho que descendía hacia el acantilado.

Fiona tomó el farol.

—Yo iré delante.

—Naturalmente.

—No ha sonado como un elogio.

—No lo era.

Bajaron con rapidez. La escalera terminaba en una cámara abierta al mar. Una puerta exterior oscilaba bajo el viento y una cuerda mojada descendía hasta las rocas.

Fiona llegó a la abertura a tiempo de ver una pequeña barca separándose del cabo. Una figura cubierta con una capa oscura remaba hacia el sur.

—¡Alto!

La persona no volvió la cabeza.

Fiona intentó bajar a las rocas, pero Edward le sujetó el brazo.

—La marea ha cubierto el paso.

—Puedo alcanzarlo.

—No.

—Conozco la costa.

—Y esa persona conoce la torre. Si quiere que la siga, no pienso facilitarle el trabajo.

La barca alcanzó los arrecifes y desapareció detrás de una roca.

Fiona dejó de forcejear. Edward la soltó inmediatamente.

Sobre una mesa encontraron una vela todavía blanda y una lámina de cera gris envuelta en una cinta verde. Conservaba dos impresiones.

La primera mostraba con claridad el lobo de los MacKinnon.

La segunda era incompleta, aunque Fiona reconoció el escudo.

—Hamilton.

Edward tomó la cera con un pañuelo.

—Han copiado su sello y están intentando copiar el mío.

—Solo lo ha utilizado una vez desde que llegó.

—En el acuerdo del consejo.

No necesitaban discutirlo durante horas. El significado estaba claro: alguien pretendía crear documentos que llevaran la aprobación de ambos y que resultaran casi imposibles de negar.

Edward guardó la cera bajo la levita.

Fiona conservó la placa dentro del bolsillo.

Una prueba para cada uno.

—Esta vez no me ocultará lo que encuentre —dijo él.

—Y usted no volverá a guardar mis pruebas dentro de su abrigo.

La mirada de Edward descendió hasta la mano con la que Fiona había registrado aquel mismo bolsillo.

—No pareció disgustarle tanto hace unos minutos.

—No confunda el método con el objetivo.

—¿Cuál era el objetivo?

Fiona pasó junto a él hacia la escalera.

—La placa.

Edward la siguió.

—Miente peor de lo que cree.

Fiona no respondió.

Había ido hasta Tùr na Faire para comprobar una sospecha, recuperar una prueba y regresar antes de que Edward advirtiera su ausencia.

Regresaría con él, con la placa en el bolsillo y con el recuerdo de sus dedos todavía ardiéndole entre las piernas. ¿Qué acababa de ocurrir entre ellos? ¿Qué locura era esa?

Fiona subió primero y abrió la puerta de la torre.

El mar ya había cubierto el sendero.

Las olas golpeaban las rocas donde una hora antes habían pasado los caballos, y la ruta alta desaparecía bajo una cortina de lluvia y viento.

Edward se detuvo detrás de ella.

—No podemos regresar.

Lasair relinchó junto al muro. Bran respondió con un resoplido irritado.

—Tenemos que meterlos dentro —dijo Fiona.

Entre ambos condujeron a los animales hasta la planta baja, mojándose los pies y las piernas. Lasair entró con resistencia; Bran intentó morder a Edward antes de aceptar que la alternativa era quedarse bajo el temporal.

Con los dos caballos, la caja y ellos mismos, apenas quedaba espacio para moverse.

Edward miró la escalera de caracol.

—Arriba.

Fiona levantó los ojos hacia él. Tenía todavía la ropa deshecha, el cabello todavía revuelto por sus manos y los labios marcados por el beso.

Tendrían que esperar juntos en la cámara superior hasta que bajara la marea.

Varias horas... Hasta el día siguiente.

A solas.

Fiona apretó la placa dentro del bolsillo.

—Esto es culpa suya.

—Siempre es culpa mía, señorita Fiona.

Edward comenzó a subir.

Fiona lo siguió, consciente de que el verdadero peligro de Tùr na Faire ya no estaba oculto bajo la torre.