La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Su cuerpo se rozó contra el suyo.

Edward dejó escapar el aire por la nariz y cerró los ojos un instante.

Algo duro presionaba el vientre de Fiona bajo los pantalones de él.

La comprensión le recorrió el cuerpo como una llamarada de fuego.

Edward Hamilton, el hombre que medía cada palabra y parecía no perder jamás el control, estaba excitado.

Por ella.

Fiona levantó un poco más el rostro.

—Parece que la placa no es lo único que intenta ocultar.

La mandíbula de Edward se tensó.

—No diga nada.

—No pensaba felicitarlo.

Ella movió las caderas deliberadamente.

El sonido que Edward emitió no tuvo nada de inglés ni de educado.

Sus manos abandonaron las muñecas de Fiona y se cerraron alrededor de su cintura.

—No vuelva a hacer eso.

—Devuélvame la placa.

—Está negociando de una forma indecente.

—¿Está funcionando?

Los dedos de Edward se hundieron en la tela de su falda.

—Demasiado.

Fiona deslizó una mano entre ambos y volvió a introducirla bajo la levita. Esta vez encontró el borde del bolsillo interior. Sus dedos rozaron la placa.

Edward le atrapó la muñeca otra vez, pero no la apartó.

La mantuvo allí, encerrada entre su pecho y la palma de ella.

—Fiona.

—¿Ahora mi nombre es una amenaza?

—Un consejo.

—No me asustan los consejos ingleses.

—Deberían.

—¿Por qué?

La mirada de Edward descendió lentamente hacia sus labios.

—Porque llevo tres años intentando no hacer esto.

La besó.

No fue un beso prudente ni una concesión nacida de la ternura. Fue el final de un forcejeo que había empezado mucho antes de que Fiona intentara recuperar la placa.

La boca de Edward cayó sobre la suya con una firmeza que la hizo olvidar la respuesta que había estado a punto de darle. Fiona se aferró a las solapas de la levita y lo atrajo. Él emitió un sonido grave contra sus labios y la mano que tenía en su cintura descendió hasta la curva de su cadera.

Fiona abrió la boca bajo la suya.

El beso cambió.

Se volvió profundo, caliente y mucho más peligroso que la discusión anterior.

Edward la besaba con la misma seguridad con la que examinaba un documento o desmontaba un argumento, pero aquella vez el control no conseguía ocultar el hambre.

Su lengua encontró la de Fiona, retrocedió apenas y volvió a buscarla, consiguiendo que ella se alzara sobre las puntas de los pies para seguirlo.

Los dedos de Fiona se hundieron en su cabello rubio.

Por fin pudo desordenarlo sin que él tuviera tiempo de corregirlo.

Edward la hizo girar y la apoyó contra el cofre. La madera se desplazó sobre las piedras con un ruido seco, pero ninguno de los dos miró hacia abajo.

Su boca abandonó los labios de Fiona y descendió hacia su cuello. Ella inclinó la cabeza, ofreciéndole la piel, y sintió los dientes de Edward rozar suavemente el lugar donde latía su pulso.

—No sabía que los caballeros ingleses besaran de este modo —susurró.

—No sabía que las salvajes fueran tan insoportables.

Fiona tiró de su pañoleta.

El nudo cedió y la tela quedó suelta alrededor de su cuello. Abrió el primer botón de la camisa y deslizó los dedos sobre la piel caliente.

—Está demasiado ordenado.

—Normalmente se considera una virtud.

—En usted resulta ofensivo.

Edward volvió a besarla antes de que pudiera continuar provocándolo.

La alzó por la cintura y la sentó sobre el borde del cofre. Las faldas de Fiona se recogieron alrededor de sus rodillas. Edward se colocó entre ellas, y la presión de su erección contra el interior de su muslo le arrancó un jadeo que él recibió directamente en la boca.

Se detuvo.

No se apartó, pero levantó el rostro para mirarla.

Su respiración estaba desordenada. Los ojos celestes habían perdido la frialdad que Fiona creía inseparable de él.

—Dígame que pare.

—No.

—Fiona.

—No quiero que pare.

La mano de Edward subió por su costado hasta cubrir uno de sus pechos sobre la blusa. La palma encontró su peso y el pulgar pasó lentamente sobre el pezón endurecido.

Fiona gimió, poniéndose cada vez más roja.

Él repitió la caricia con más firmeza mientras volvía a besarla. La sensación descendió por el vientre de ella y se concentró entre sus piernas, caliente y urgente.

Fiona buscó con las manos el chaleco de Edward, encontró los botones y abrió dos con impaciencia. Debajo, la camisa se tensaba sobre un cuerpo esbelto pero firme. Recorrió su pecho, el abdomen endurecido y el borde de la cintura.

Edward atrapó su labio inferior entre los dientes cuando los dedos de Fiona bajaron un poco más.

—Está jugando con algo que no piensa terminar —murmuró él.

—¿Tiene miedo?

—No de usted.

—¿Teme perder el control?

Fiona rozó por encima de los pantalones la dureza que había sentido contra su cuerpo.

Edward apoyó la frente en su hombro y pronunció una palabra áspera que jamás habría esperado oírle.

Ella sonrió.

—Eton le enseñó un vocabulario sorprendente.

—Usted lo está ampliando.

Edward le atrapó la boca de nuevo. Su mano abandonó el pecho de Fiona y descendió por la cintura, por la curva de la cadera y después bajo el borde de las faldas.

Los dedos recorrieron su rodilla por encima de la media y comenzaron a subir lentamente por la cara interior del muslo.

Fiona dejó de respirar.

Aquella lentitud resultaba mucho más erótica que cualquier precipitación. Edward no parecía tantearla. Sabía perfectamente adónde quería llegar, pero la obligaba a sentir cada centímetro del camino.

Sus dedos alcanzaron la piel desnuda por encima de la media.

Se detuvieron.

—Míreme.

Fiona obedeció.

—Siga —dijo.

La mano de Edward avanzó entre las enaguas hasta encontrar la abertura de sus calzones. Sus dedos rozaron la piel sensible de la parte interior del muslo y subieron hasta tocarla entre las piernas.

Fiona se estremeció.

La humedad que encontró allí deshizo el último resto de control del rostro de Edward.

—Fiona...

Ella lo sujetó por la nuca.

—No se atreva a detenerse ahora.

El primer roce de sus dedos sobre el centro sensible le arrancó un gemido. Edward la besó para recibirlo, deslizando un dedo entre sus pliegues con una lentitud que le hizo cerrar las piernas alrededor de sus caderas.

Su pulgar encontró el punto exacto que la hizo gemir más fuerte.

Fiona enterró el rostro en su cuello.

—Edward —lo tuteó por primera vez.

Él repitió el movimiento.