Capítulo 7
Tùr na Faire se alzaba sobre Rubha Dubh desde una época en que los MacKinnon desconfiaban de cualquier vela que apareciese en el horizonte.
Fiona no estaba convencida de que aquella época hubiera terminado.
La torre ocupaba el extremo de un saliente de roca negra que se internaba en el mar como la proa de una embarcación.
Allí no crecían árboles que contuvieran el viento, solo brezo bajo, hierba endurecida por la sal y piedras inclinadas hacia el acantilado.
Las olas golpeaban los arrecifes varios metros más abajo, constantes y violentas, y el sendero costero comenzaba ya a desaparecer bajo el avance de la marea.
Fiona dejó a Lasair protegida tras los restos de un muro y continuó a pie con la lámpara en una mano y la falda recogida en la otra.
Disponía de poco más de una hora para comprobar la caja y abandonar el cabo antes de que el agua cubriera las rocas inferiores.
Era tiempo suficiente, siempre que no encontrara nada.
Había llegado hasta allí con la esperanza de no encontrar nada.
La puerta de la torre ocupaba un arco bajo cubierto de líquenes. Fiona introdujo la llave y comenzó a girarla, pero la cerradura cedió antes de completar el movimiento.
Se quedó inmóvil.
Empujó la madera con la punta de los dedos. La puerta no estaba abierta, aunque tampoco había quedado bien cerrada; descansaba contra el marco sin que el hierro hubiera entrado por completo en su alojamiento.
Alguien había estado allí.
Fiona sacó la navaja de su padre y cruzó el umbral.
El interior olía a piedra húmeda, sal y madera vieja.
Una escalera estrecha ascendía en espiral hacia la plataforma desde la que los vigilantes habían observado el mar siglos atrás.
En la planta baja quedaban una mesa carcomida, varios estantes vacíos y dos ganchos de hierro donde antes se colgaban lámparas de señales.
La caja de despachos continuaba en el rincón.
De niña le había parecido un cofre enorme, capaz de contener mapas secretos, armas robadas y mensajes destinados a cambiar el curso de una guerra. Ahora solo veía una caja rectangular de roble, reforzada con bandas oscuras y cubierta por una capa de polvo.
Se arrodilló delante de ella.
La placa de la cerradura había desaparecido.
Fiona sacó del bolsillo la pieza de latón encontrada entre los documentos quemados y la acercó al hueco. Los dos orificios coincidieron con los tornillos. La curva irregular de uno de sus extremos encajó en la muesca de la madera sin dejar espacio alguno.
No se parecía a la placa de aquella caja.
Era la placa.
Fiona sintió que el frío del lugar se le instalaba debajo de las costillas.
Alguien la había desmontado, llevado hasta la residencia y arrojado entre los documentos que pretendía destruir. Quizá esperaba que el metal quedara irreconocible entre las cenizas. Quizá había arrancado la marca de la fragua para impedir que alguien relacionara los papeles con la torre.
La marca de Fergus.
Fiona repasó con el pulgar el martillo y la rama de brezo grabados en el latón. Fergus había fabricado aquella cerradura años atrás. También había encontrado los documentos quemados, podía entrar y salir de la residencia sin que nadie lo detuviera y ocupaba un lugar en el consejo.
Pero Fergus había reparado cientos de cerraduras en Eilean Ròs. Que su emblema apareciera allí no demostraba que hubiera utilizado la caja. Solo probaba que la había construido.
Fiona levantó la tapa.
El interior estaba vacío.
Pasó las manos por el fondo, recorrió las uniones de la madera y buscó cualquier resto que el culpable hubiera olvidado: una tira de papel, un sello de cera, una hebra de cinta. Solo encontró polvo, un trozo de cuerda y una mancha antigua que podía llevar allí varias décadas.
—Ha venido sola.
La voz de Edward llegó desde la entrada de la torre.
Fiona cerró la tapa del cofre y se puso en pie con la navaja todavía en la mano.
Él ocupaba el arco de piedra, sin sombrero y con el abrigo gris abierto por el viento.
Las botas que acostumbraba a llevar impecables estaban manchadas de barro, y varios mechones rubios le caían sobre la frente.
Bran permanecía detrás, mordisqueando el brezo con la indiferencia de quien no reconocía responsabilidad alguna sobre su jinete.
Edward Hamilton parecía un príncipe inglés colocado por error en una torre escocesa.
Alto, elegante y demasiado hermoso incluso después de varias millas a caballo.
La perfección heredada de su madre seguía presente en las facciones claras, pero el viento había deshecho la corrección que tanto irritaba a Fiona.
Había algo más masculino en él cuando no parecía recién salido de un salón.
Algo más peligroso.
Los ojos celestes de Edward descendieron hasta la navaja.
—Me alegra comprobar que mi presencia continúa despertando emociones intensas.
—¿Me ha seguido?
—La he encontrado.
—Ha recorrido varias millas detrás de mí y ha aparecido en el mismo lugar.
—No es culpa mía que resulte tan fácil de seguir.
Fiona guardó la navaja.
—No estaba intentando ocultarme.
—Ha salido antes del amanecer, no ha desayunado, ha retirado algo de entre los restos quemados y se ha llevado una llave que no abre ninguna habitación de la residencia —Entró en la torre y cerró la puerta para impedir que el viento siguiera golpeándola contra el muro—.
También consultó el plano de la costa occidental y lo dejó mal enrollado.
Fiona cruzó los brazos.
—Está muy orgulloso de sí mismo.
—En absoluto, usted me lo puso demasiado fácil.
—En Eilean Ròs lo llamamos entrometerse.
—En Eton nos enseñaban a distinguir entre ambas cosas.
—Debían de tener demasiado tiempo libre.
Edward recorrió con la mirada la caja abierta, la cerradura sin placa y la mano que Fiona mantenía demasiado cerca del bolsillo.
—Enséñeme lo que encontró.
—No.
—Fiona.
Pronunció su nombre con una calma que no suavizaba la orden.
—No utilice mi nombre como si esperara que obedeciera.
—Entonces deje de comportarse como si ocultar cosas fuera una costumbre más de su clan.
El golpe dio donde pretendía.
Fiona sacó la placa de latón y se la mostró sin soltarla.
—Esto apareció entre los documentos quemados. Lleva la marca de la fragua de Fergus, pero encaja en la caja de esta torre. Eso es todo lo que sé.
Edward extendió la mano.
—Démela.
—Puede observarla desde ahí.
—Necesito examinarla.
—Tiene ojos excelentes. Lo ha demostrado siguiéndome.
—No pienso acusar a nadie por mirar una marca de lejos.
La respuesta era razonable, lo cual la volvió todavía más irritante.
Fiona dejó la placa sobre su palma. Los dedos de ambos se rozaron y Edward cerró la mano con una lentitud que le indicó que también había sentido el contacto.
Giró el metal entre los dedos. Examinó los orificios, la curva deformada y el emblema del martillo con el brezo.
—Fergus la fabricó.
—Fergus ha fabricado cientos de cerraduras.
—Y fue quien encontró los documentos quemados.
—Eso no demuestra nada.
—No he dicho que lo hiciera.
—Lo ha pensado.
Edward levantó los ojos.
—Solo le he pensado, no lo he condenado.
—Hace tres años no fue tan cuidadoso.
La mirada de Edward se enfrió, pero no respondió a la provocación. Se acercó al cofre, colocó la placa sobre el hueco y comprobó el encaje.
—Es de aquí.
—Eso ya lo sabía.
—Los tornillos fueron retirados con una herramienta. Mire las marcas.
Fiona se agachó a su lado. Las ranuras del hierro estaban rodeadas por arañazos recientes.
—Quien abrió la caja no poseía la llave —dijo Edward—. Quitó la placa, manipuló la cerradura y volvió a colocar los tornillos para que pareciera que se había desprendido.
—Después llevó el metal hasta la residencia y trató de quemarlo con los documentos.
—Probablemente.
Edward guardó la pieza en el bolsillo interior de su levita.
Fiona lo miró.
—¿Qué hace?
—Conservarla.
—Devuélvamela.
—No.
La negativa fue tranquila y absoluta.
—La encontré yo.
—Es una prueba.
—Es propiedad de los MacKinnon.
—Y usted acaba de demostrar que no piensa compartirla mientras pueda relacionar a Fergus con lo ocurrido.
Fiona avanzó.
—No permitiré que utilice esa placa contra mi primo.
—Ni siquiera sabemos todavía si lo señala o si alguien pretende señalarlo.
—Entonces no necesita conservarla.
—Precisamente por eso la conservaré.
Fiona extendió la mano.
Edward no se movió.
—Devuélvamela.
—No.
Ella intentó introducir los dedos en el bolsillo de su levita.
Edward le atrapó la muñeca.
—¿Qué cree que está haciendo?
—Recuperar lo mío.
—Tiene la mano dentro de mi abrigo.
—Su abrigo está en medio.
—Y usted demasiado cerca.
Fiona utilizó la mano libre para sujetarle la solapa y trató de alcanzar el bolsillo desde el otro lado. Edward dio un paso atrás y ella avanzó con él, negándose a soltarlo. La espalda de Edward chocó contra la pared de piedra.
La placa seguía bajo la tela, a pocos centímetros de sus dedos.
—Deje de comportarse como un niño que esconde algo porque no quiere compartir —dijo ella.
—Deje de registrarme.
—No tendría que hacerlo si supiera obedecer una petición sencilla.
—No ha formulado ninguna petición. Solo órdenes y amenazas.
—Devuélvamela.
—No.
Fiona volvió a intentarlo.
Edward le sujetó la otra muñeca y, al detener el movimiento, la atrajo contra él.
Fue un error.
O una decisión que ninguno de los dos estaba dispuesto a reconocer todavía.
El pecho de Fiona quedó pegado al suyo. La diferencia de estatura la obligaba a levantar el rostro, pero Edward ya no miraba sus manos ni la placa escondida bajo la levita.
Miraba su boca.
Fiona dejó de forcejear durante un segundo.
El suficiente para percibir el calor de su cuerpo, la firmeza del pecho bajo el chaleco y la respiración de Edward rozándole la frente. Sus muñecas seguían encerradas en las manos de él, aunque no las apretaba. Solo las mantenía inmóviles a ambos lados de sus cuerpos.
—Suélteme —murmuró.
—Cuando deje de intentar meter la mano dentro de mi ropa.
—No estoy interesada en su ropa.
Los ojos de Edward se oscurecieron.
—Eso no mejora la situación.
Fiona volvió a moverse para alcanzar el bolsillo.