La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 6 #2
28%

Capítulo 6 #2

Había algo inquietante en no saber dónde se encontraba un hombre que parecía estar siempre observándola.

Brèagha esperaba en el patio, ensillada. Fiona guardó una cuerda, una lámpara pequeña y la navaja de su padre en la bolsa. Después montó y salió por la puerta occidental.

No miró hacia las ventanas de la habitación azul.

Eso no significaba que no sintiera la posibilidad de que Edward estuviera observándola.

Solo significaba que se negó a comprobarlo.

Edward encontró la primera mentira antes del desayuno.

Era una mentira pequeña, y por eso mismo estaba mal construida.

Iseabail MacLeod esperaba junto a la puerta del comedor con una jarra de leche entre las manos. Cuando Edward preguntó por Fiona, la joven respondió en gaélico y señaló vagamente hacia el norte.

Edward no comprendió la frase completa.

Sí reconoció tres palabras.

Caballo.

Marea.

Regresar.

—La señorita MacKinnon ha ido a revisar el límite norte —añadió Iseabail en inglés.

Edward contempló el cielo despejado a través de una de las ventanas.

—¿El límite norte se encuentra bajo el mar cuando sube la marea?

Iseabail apretó la jarra.

Solo un poco.

—No sé a qué se refiere.

—Por supuesto.

Edward entró en el comedor y se detuvo antes de llegar a la mesa.

El lugar de Fiona seguía intacto. No había taza, ni plato, ni una servilleta abandonada con prisas. Nadie había cortado el pan que acostumbraban a dejarle junto al asiento y el té continuaba dentro de la tetera, sin que una sola gota hubiera terminado en su taza.

No había desayunado.

Edward observó el sitio vacío durante un momento. Fiona era capaz de enfrentarse a un consejo entero, discutir con media isla y trabajar hasta que los demás se agotaran, pero parecía considerar la comida una inconveniencia cuando algo ocupaba su cabeza.

No se sentó. La ausencia de Fiona había terminado de quitarle el apetito antes de que pudiera fingir que lo tenía.

Salió al patio donde habían encontrado los documentos quemados el día anterior.

A primera vista, nada había cambiado: los mismos fragmentos ennegrecidos, las mismas manchas de tinta extendidas por el agua y la misma ceniza húmeda adherida al fondo.

Sin embargo, Edward recordaba cómo los había dispuesto la tarde anterior.

Los papeles habían sido desplazados, no con el descuido de una criada que retiraba el polvo, sino por alguien que había examinado cada uno de ellos.

Se acercó.

En una esquina, el hollín conservaba una pequeña marca ovalada. El espacio limpio destacaba en mitad de la suciedad como la huella de algo que había permanecido allí durante la lluvia y que después había sido retirado.

Una pieza de metal, probablemente.

Pequeña.

Y lo bastante interesante para que Fiona se levantara antes del amanecer, moviera los restos a escondidas y no le dijera una palabra.

Edward se peinó su pelo rubio. No sintió sorpresa. Fiona MacKinnon podía hablar durante horas sobre la lealtad que debía a su clan y, en el mismo instante, ocultar una prueba si creía que así protegía a uno de los suyos.

Se dirigió al despacho, allí abrió el cajón en el que guardaba las llaves menos utilizadas. El día anterior había contado siete mientras ella buscaba la del cofre del sello. Ahora solo había seis.

Faltaba la más larga: una llave de hierro ennegrecida, antigua y demasiado pesada para una puerta corriente.

Edward cerró el cajón con cuidado.

No necesitó registrar todo el despacho. Junto al armario encontró un plano de la costa occidental enrollado con una falta de precisión impropia de Fiona. Uno de los bordes había quedado doblado hacia dentro y la cinta pendía sin anudar sobre la mesa.

Fiona era impulsiva. No descuidada.

Había consultado aquel mapa con prisa.

Edward lo extendió bajo la luz de la ventana. Iseabail había señalado el límite norte cuando él preguntó por Fiona, aunque lo había hecho en gaélico y con la esperanza evidente de que su educación inglesa no incluyera ninguna palabra útil. El límite norte se encontraba en la dirección contraria.

Hacia el oeste se alzaba Tùr na Faire, la antigua torre de vigilancia de Rubha Dubh.

Un camino superior bordeaba los acantilados y llegaba hasta el cabo después de un trayecto largo. El sendero inferior era más rápido, quedaba oculto desde la residencia y atravesaba una franja de costa que desaparecía bajo el agua cuando subía la marea.

Edward miró el reloj.

Después volvió los ojos hacia la línea dibujada junto al mar.

Fiona había tomado una llave antigua, consultado la ruta occidental y salido de la casa sin desayunar. Cualquier otra persona habría necesitado explicar sus intenciones. Fiona parecía convencida de que bastaba con marcharse deprisa para que nadie pudiera comprenderlas.

Volvió a enrollar el plano, corrigiendo primero el doblez que ella había dejado.

No regresó en busca de Iseabail. La muchacha ya había demostrado que mentiría por Fiona con bastante entusiasmo y muy poca habilidad. Tampoco llamó a Tavish. Si Fiona no le había hablado de lo que había encontrado, era probable que tampoco hubiera confiado en su primo.

O tal vez sí, y Tavish ya iba varios minutos por delante.

Aquella posibilidad le resultó desagradable por razones que Edward decidió no examinar.

Diez minutos después cruzó el patio y entró en los establos. Bran lo recibió echando las orejas hacia atrás, como si hubiera pasado la noche cultivando nuevas formas de desprecio.

Edward tomó las riendas del clavo junto al pesebre.

—Veo que el descanso tampoco ha mejorado tu carácter —El caballo giró la cabeza e intentó morderle la manga. Edward retiró el brazo antes de que los dientes alcanzaran la tela—. El sentimiento es mutuo.

Bran resopló, poco impresionado.

Edward ajustó la silla y lo condujo hacia la salida. Fiona había decidido marcharse sola, ocultarle una prueba y tomar un camino que la marea podía cerrar antes de su regreso.

No necesitaba que nadie la delatara.

Solo necesitaba que ella continuara comportándose como Fiona MacKinnon.