La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Fiona MacKinnon llevaba casi tres horas evitando a Edward Hamilton y el amanecer apenas empezaba a aclarar el cielo sobre Eilean Ròs.

Era un logro considerable.

Había abandonado su habitación antes de que Iseabail llegara con el carbón, cruzado los corredores sin encontrarse con un solo criado y bajado hasta el patio de la torre protegida únicamente por una capa, una lámpara y la certeza de que Edward no tendría ningún motivo razonable para buscarla allí.

La noche anterior había empezado a instalarse con demasiada naturalidad entre su familia.

Había jugado a las cartas con su abuela, escuchado las historias de su infancia y conversado con sir Alasdair como si no hubiera pasado tres años despreciando todo cuanto pertenecía a aquella isla.

Fiona no estaba dispuesta a concederle otra mañana en la que pudiera observarla, contradecirla y comportarse como si supiera algo de ella que ni siquiera ella misma comprendía.

Además, había trabajo que hacer.

La lluvia nocturna había convertido las cenizas en una masa oscura y pegajosa.

Los restos de los documentos quemados del día anterior apenas conservaban algunas líneas deformadas, bordes de filigrana y manchas de tinta que el agua había extendido sobre el papel.

Fergus ya había revisado el lugar, y Edward había examinado el fragmento recuperado como si una mirada suficientemente fría pudiera obligarlo a confesar.

Fiona no esperaba encontrar nada más.

Quizás por eso reparó en el destello.

Se agachó, apoyando una rodilla sobre las piedras húmedas, y apartó con los dedos un pedazo de papel ennegrecido.

Debajo apareció una pequeña pieza ovalada de latón, poco mayor que la uña de su pulgar.

Tenía dos orificios en los extremos y uno de los lados estaba deformado, como si alguien la hubiera arrancado con violencia de una cerradura o de una caja.

Fiona la recogió.

El metal estaba frío y cubierto de hollín. Lo limpió contra el borde interior de su capa hasta que una figura comenzó a distinguirse en la superficie: un martillo cruzado con una rama de brezo.

La marca de la fragua de Fergus MacKinnon.

Fiona permaneció agachada, con la pieza apoyada sobre la palma.

Conocía aquel emblema desde niña. Fergus lo estampaba en cada cerradura, bisagra o pieza de hierro que salía de sus manos. Aparecía en las puertas del almacén, en los cofres de la residencia y hasta en los herrajes del establo. Encontrarlo allí no demostraba nada.

Nada.

Sin embargo, Fergus había sido quien descubrió los documentos quemados.

También podía entrar en la residencia sin que nadie lo detuviera.

Ocupaba un lugar en el consejo, conocía las rutinas de la casa y trabajaba con los hombres del puerto cada vez que una cerradura, un ancla o una herramienta necesitaban reparación.

Había defendido a Fiona delante de Campbell y había sido el primero en afirmar que el culpable debía de conocer la casa desde dentro.

La sospecha le produjo una sensación desagradable, semejante a haber mordido algo amargo.

Fergus era ruidoso, maleducado y tan incapaz de aceptar que se equivocaba como el resto de los MacKinnon. También era uno de los hombres que habían corrido hacia ella cuando se cayó de un acantilado a los once años y quien le había enseñado a sujetar un martillo sin destrozarse los dedos.

No iba a convertirlo en un traidor por una pieza de latón.

Fiona volvió a frotar el metal y reparó en la curva irregular de uno de sus bordes. Aquella forma le resultaba familiar. No porque hubiese visto una pieza parecida en cualquiera de las puertas de la isla, sino porque recordaba exactamente de dónde procedía.

Tùr na Faire.

La antigua torre de vigilancia se alzaba en el extremo de Rubha Dubh, sobre un cabo oscuro y escarpado desde el que, en otros tiempos, los MacKinnon vigilaban la llegada de barcos enemigos.

Cuando el temporal impedía que las embarcaciones entrasen en el puerto, los mensajes destinados al continente se guardaban allí, dentro de una vieja caja de despachos protegida por hierro.

Fergus había sustituido su cerradura años atrás.

Fiona lo recordaba porque Tavish y ella habían intentado abrirla cuando eran niños.

Tavish había utilizado una piedra; Fiona, la navaja de su padre.

El resultado fue una hoja rota, dos dedos cortados y una reprimenda de sir Alasdair que había aumentado en gravedad cada vez que alguien volvía a contar la historia.

La nueva cerradura llevaba una placa idéntica.

Un martillo y una rama de brezo.

Fiona cerró los dedos alrededor del metal.

Podía tratarse de una coincidencia. En la isla existían decenas de piezas fabricadas en la misma fragua.

Pero si la placa faltaba en la caja de Tùr na Faire, significaría que alguien había estado utilizando la torre.

Tal vez para ocultar documentos. Tal vez para hacerlos llegar a un barco sin pasar por el puerto.

Y en ese caso, Fergus tendría que explicar cómo una pieza hecha por él había terminado entre las cenizas.

Guardó la placa en el bolsillo interior de la falda.

No se la enseñaría a Edward.

Todavía no.

Primero comprobaría la cerradura. Si la caja continuaba intacta, aquella pieza no tendría ninguna importancia y Fiona no permitiría que él pronunciara el nombre de Fergus con el mismo tono implacable con que había convertido a todos los miembros del consejo en sospechosos.

Si faltaba la placa, decidiría qué decir y cuándo hacerlo.

No era ocultarle una prueba.

La explicación sonó razonable dentro de su cabeza.

Lo suficiente para que no quisiera examinarla demasiado.

Regresó a la residencia antes de que el patio empezara a llenarse de gente. Se cambió la falda húmeda, se lavó la cara y estaba cerrando el armario cuando descubrió a Iseabail junto al tocador, con los brazos cruzados y una expresión que habría avergonzado a una madre.

—Has salido antes del amanecer.

No era una pregunta.

Fiona dejó la capa mojada sobre el respaldo de una silla.

—No sabía que necesitara permiso para cruzar mi propia casa.

—No lo necesitas. Pero si vuelves con ceniza en los dedos y esa cara, no puedes esperar que nadie finja que has estado dando un paseo.

Fiona bajó la mirada.

El hollín se había introducido bajo sus uñas pese a la lluvia y al agua con que se había lavado. Cruzó la habitación hasta la jofaina y sumergió las manos en el agua fría.

—He encontrado algo entre los papeles quemados.

Iseabail dejó la manta que estaba doblando.

—¿Algo importante?

—Todavía no lo sé.

—Pero piensas averiguarlo sola.

Fiona tomó el paño y se secó los dedos con más atención de la necesaria.

Iseabail la conocía desde hacía demasiados años. Era difícil conservar secretos delante de una mujer que sabía cuándo Fiona había dormido mal por el modo en que se abrochaba la chaqueta.

—Necesito mi yegua ensillada.

—¿Adónde vas?

—A Tùr na Faire.

La ironía desapareció del rostro de Iseabail.

—El sendero de Rubha Dubh quedará cortado cuando suba la marea.

—Regresaré antes.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Fiona tomó una capa seca del armario y se la colocó sobre los hombros.

—No estaré fuera mucho tiempo.

—Eso tampoco responde.

—Entonces es evidente que no formularás ninguna pregunta que te satisfaga.

Iseabail se plantó delante de la puerta.

—¿Lord Edward sabe lo que has encontrado?

Fiona ajustó el broche de plata bajo la garganta.

—Lord Edward sabe ya demasiadas cosas.

—Entonces no.

—Entonces no —confirmó.

Iseabail soltó aire por la nariz.

—Las decisiones importantes deben llevar también su aprobación.

—No voy a vender un bosque ni a firmar un contrato. Voy a montar a caballo por mis propias tierras.

—A una torre abandonada, siguiendo una prueba que no piensas enseñarle.

—Cuando lo dices así, parece que intento hacer algo imprudente.

—Porque intentas hacer algo imprudente.

Fiona recogió sus guantes.

—Edward Hamilton no posee poderes sobrenaturales. Puede pasar una mañana sin saber dónde estoy.

—No los necesita. Tiene ojos, inteligencia y esa costumbre desagradable de los ingleses de darse cuenta de todo.

Era, por desgracia, una descripción bastante exacta.

—Si pregunta, dile que he ido a revisar el límite norte.

Iseabail abrió mucho los ojos.

—No pienso mentirle.

—No te estoy pidiendo que mientas. Respóndele en gaélico y confía en que Eton no le enseñara nada útil.

Iseabail intentó conservar la severidad, pero la comisura de sus labios se movió.

—¿Cuándo regresarás?

—Antes de que la marea cierre el paso.

—Lleva a Tavish.

—Sir Alasdair lo necesita.

—Entonces lleva a Fergus.

La pieza de latón pareció adquirir peso dentro del bolsillo de Fiona.

—No.

Iseabail dejó de sonreír.

No preguntó por qué.

Fiona habría preferido que lo hiciera.

La muchacha la observó durante unos segundos, reparando quizás en el modo en que Fiona mantenía una mano cerca del bolsillo o en la rapidez con que había rechazado aquel nombre.

—No tienes que preocuparte —dijo Fiona.

Iseabail se apartó por fin de la puerta.

—Contigo eso es imposible —Fiona pasó junto a ella, pero Iseabail le sujetó el brazo antes de que pudiera salir—. Al menos prométeme que no intentarás abrir ninguna cerradura con la navaja de tu padre.

Fiona miró hacia la funda que llevaba al cinturón.

—Ya no soy una niña, Iseabail.

La frase la detuvo.

Iseabail soltó su brazo.

—Vuelve antes de que el inglés se dé cuenta de que has desaparecido.

Fiona salió sin responder.

A esas alturas, lo que más la inquietaba no era que Edward descubriera adónde iba.

Era que comprendiera por qué había decidido no llevarlo.

Fiona salió antes de que Iseabail pudiera encontrar otra objeción.

La casa empezaba a despertar. Dos criadas cruzaron el corredor con sábanas, un perro salió de debajo de una mesa y la abuela MacKinnon daba instrucciones desde algún lugar cercano a la cocina con la energía de una mujer que consideraba el amanecer un retraso personal.

Fiona alcanzó el vestíbulo sin encontrar a Edward.

Aquello debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.