Capítulo 5 #3
La partida terminó con la victoria de Edward y la abuela. Fiona acusó a Tavish de vender información al enemigo, a sir Alasdair de favorecer a su madre y a la anciana de haber escondido una carta bajo la manga.
—No necesitaba esconder nada —repuso su abuela—. Sabía que perderías sin mi ayuda.
Edward reunió las cartas.
—Señorita Fiona, acepta la derrota con una elegancia conmovedora.
—No he aceptado nada —dijo Fiona—. Exijo otra partida.
—Eso requeriría que alguien confiara en ti como compañera —observó Tavish.
Fiona le lanzó una servilleta.
La abuela decidió que la noche había terminado antes de que aquello se convirtiera en una tercera ronda. Los hombres que habían transportado a sir Alasdair regresaron para llevarlo a sus aposentos y soportaron sus indicaciones contradictorias acerca de cómo debían sostener la silla.
Edward permaneció junto al fuego hablando con él mientras Fiona salió detrás de Tavish.
Lo alcanzó junto a una ventana estrecha desde la que solo se distinguía la línea oscura del mar.
—¿Desde cuándo quieres dirigir un barco?
Tavish apoyó el hombro contra la piedra.
—Desde antes de que Niall tuviera uno lo bastante grande para ofrecérmelo.
—Eso no es una respuesta.
—Desde hace años.
—Nunca me lo dijiste.
—Estabas demasiado ocupada intentando conservar una isla. No parecía el momento adecuado para anunciar que yo quería marcharme de ella de vez en cuando.
Fiona bajó la voz.
—¿Quieres marcharte?
—Quiero volver después de haber ido a algún sitio —Aquella respuesta la dejó en silencio.
Tavish contempló el cristal—. Cuando llegué a esta casa tenía seis años, una camisa que no era mía y la idea bastante clara de que debía pagar todo lo que recibiera.
Primero intenté hacerlo siendo útil. Después decidí que podía hacerlo cuidando de ti.
—Nunca has debido nada.
—Para ti no. Yo tardé años en comprenderlo —Fiona sintió que algo se le apretaba bajo las costillas.
Tavish se dio cuenta de su expresión y negó con la cabeza—.
No pongas esa cara. No estoy confesando una tragedia.
Me habéis dado una familia. La deuda se convirtió en cariño mucho antes de que yo tuviera juicio suficiente para reconocer la diferencia.
—Todavía no tienes demasiado juicio.
—Tengo el suficiente para saber que quiero una cubierta bajo los pies que sea responsabilidad mía.
—Podrías haber confiado en mí.
—Confío en ti.
—No lo parece.
—Confiar en ti no significa explicarte todo... Fiona.
Fiona cruzó los brazos, pero decidió no seguir discutiendo.
—Te ayudaré.
Tavish la contempló con desconfianza.
—¿Sin intentar dirigir el barco desde tierra?
—No exijas promesas imposibles.
Él sonrió.
—Eso pensaba.
Fiona se acercó un paso.
—No tendrás que escoger entre Eilean Ròs y tu propia vida.
—Tampoco tú.
Ella reconoció la dirección que tomaba la conversación y levantó una mano.
—No empieces.
—El inglés no ha estado tan insoportable esta noche.
—Ha hecho trampas.
—Ha jugado mejor que tú.
—Eso es peor.
Tavish soltó una risa.
—Me parece que ya he visto demasiadas parejas que fingen detestarse desde que viajamos a Glenmuir y conocimos a los Hamilton. Primero fue el laird Sinclair son esa inglesa estirada.... luego, nuestra querida Mairi con ese insoportable de Douglas... ¿Qué tienen los Hamilton?
—Puedo empujarte por esas escaleras si sigues hablando... ¡No tengo ningún interés por el Hamilton! Eso es cosa de los Sinclair no de los MacKinnon.
—Fiona, Fiona... si no te quisiera como a una hermana, te pediría matrimonio. Pero sería muy humillante para mí, porque no puedes negar lo evidente.
Se apartó antes de que ella pudiera cumplir la amenaza y desapareció por el pasillo todavía riéndose.
Fiona regresó hacia el salón. Antes de cruzar la puerta, oyó a sir Alasdair contando una historia, aunque los hombres encargados de transportarlo llevaban varios minutos esperando.
—Tenía nueve años —decía—. Gillean aseguró que una niña no debía entrar en la sala del consejo. Al día siguiente encontró tres cangrejos vivos dentro de su silla.
—Eran dos —lo corrigió Fiona desde la puerta.
La abuela levantó la cabeza.
—Eran tres. Uno escapó y llegó hasta la cocina.
Edward permanecía sentado cerca del fuego, todavía con las cartas entre las manos. Miró a Fiona.
—Empiezo a sospechar que no ha cambiado tanto como asegura su familia.
—Yo nunca he asegurado haber cambiado.
—Eso explica muchas cosas.
Fiona entró dispuesta a impedir que su tío añadiera más cangrejos a la historia. Sin embargo, se detuvo al ver a Edward inclinado hacia sir Alasdair, escuchándolo con atención mientras su abuela corregía cada detalle que no coincidía con sus recuerdos.
Tres años atrás, Edward había recorrido aquellas mismas habitaciones sin llegar a entrar realmente en ellas. Había visto documentos, contratos y cifras, pero no a las personas que vivían detrás.
Ahora estaba sentado junto al fuego de su tío, soportando las correcciones de su abuela y escuchando una historia de la infancia de Fiona como si tuviera derecho a conservarla.
Hasta esa noche, ella había temido que Edward Hamilton terminara conquistando algún lugar dentro de Eilean Ròs.
No había comprendido que podía empezar por algo mucho más peligroso.
Su familia.