La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Pero me han puesto el peor trozo.

—Devuélvelo.

Tavish le dio un mordisco y negó con la cabeza.

—Ahora sería poco aconsejable.

Fiona intentó arrebatárselo, pero él retiró el brazo y, al hacerlo, le apartó la trenza del hombro con la familiaridad de quien llevaba toda la vida molestándola.

La mirada de Edward descendió hacia la mano de Tavish.

Fue apenas un instante. Después tomó su vaso y lo colocó mejor junto al plato, con una precisión innecesaria.

Fiona reparó en el gesto, aunque no supo qué significaba.

—Todavía tienes sal en el cabello —dijo Tavish.

—Y tú continúas teniendo la educación de un perro.

—Los perros no roban pan.

—Los nuestros sí.

—Entonces he aprendido de la familia.

Sir Alasdair dejó que terminaran antes de mirar a Tavish.

—Niall del Puerto cree que podrías llevar el  Ròs na Mara  hasta Greenock cuando termine la temporada de pesca.

Tavish continuó comiendo como si la conversación no estuviera relacionada con él.

—Niall también cree que puede beber seis vasos de whisky sin caerse.

—No has respondido.

—Porque en esta familia las respuestas sinceras suelen transformarse en obligaciones antes del postre.

Fiona dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Quieres dirigir el barco?

Tavish la miró con falsa sorpresa.

—Es una embarcación, Fiona. Alguien tendrá que dirigirla.

—Sabes a qué me refiero.

—Niall quiere probar una ruta de carga durante el invierno.

—Y ha pensado en ti.

—Al parecer, los hombres del puerto han sufrido una pérdida colectiva de juicio.

Edward, que hasta entonces había guardado silencio, intervino:

—¿Seguiría la costa de Kintyre?

La ligereza desapareció del rostro de Tavish.

—A la ida, sí. Si el viento entra del norte, regresaría por aguas más abiertas. El barco responderá mejor cargado si no tiene que pelear contra la corriente cerca de tierra.

—Perdería tiempo.

—Un par de horas. Ganaría seguridad y evitaría llegar con media carga empapada.

Edward lo observó durante un momento. Tiempo atrás, los dos habían terminado resolviendo sus diferencias a puñetazos, y desde entonces apenas se concedían una cortesía obligada.

Esta vez, sin embargo, no había condescendencia en la expresión de Edward, sino una atención nueva.

Por primera vez, parecía ver en Tavish algo más que al primo impulsivo que siempre lo insultaba.

—Lo ha pensado.

Tavish apoyó un brazo sobre la mesa.

—Procuro hacerlo de vez en cuando.

—Sus bromas consiguen ocultarlo bastante bien.

—Esa es la ventaja. La gente habla más cuando cree que uno no está prestando atención.

La abuela golpeó suavemente la madera con los nudillos.

—Dejad de medir quién es más listo y responde a la pregunta, Tavish.

Él miró a sir Alasdair.

—Sí. Quiero hacerlo.

Fiona sintió una punzada inesperada. Tavish continuaba sentado a menos de un brazo de distancia, pero por un instante lo imaginó sobre una cubierta alejándose del puerto y tuvo la sensación absurda de que ya lo estaba perdiendo.

—Nunca me lo habías contado.

Tavish tomó otro pedazo de pan, esta vez de su propio plato.

—Nunca me lo habías preguntado.

No hubo crueldad en la frase, solo una verdad que Fiona no había querido ver. Había dado por sentado que Tavish continuaría a su lado porque siempre lo había hecho.

Sir Alasdair no insistió. Asintió como si la respuesta confirmara algo que sabía desde hacía tiempo y dejó que la conversación cambiara.

Edward levantó la vista hacia el retrato torcido sobre la chimenea.

—¿Quién es esa mujer?

Tavish siguió la dirección de sus ojos.

—Mairead la Roja. Rompió un taburete sobre la cabeza de un Campbell.

—Era un recaudador —lo corrigió sir Alasdair.

La abuela bebió un sorbo sin apartar los ojos del fuego.

—Era ambas cosas. Por eso necesitó dos golpes.

Edward observó la pata de madera rota que aparecía pintada junto a los pies de Mairead.

—Una negociación de admirable sutileza.

—Conservó el grano —señaló Fiona.

—Y perdió un taburete.

—Los MacKinnon siempre hemos sabido distinguir lo importante.

Sir Alasdair negó con la cabeza.

—No ocurrió exactamente así. El hombre llegó reclamando una deuda que la isla no reconocía. Mairead lo invitó a cenar y consiguió que firmara una declaración afirmando que el almacén estaba vacío.

—Después intentó registrarlo mientras ella dormía —añadió Tavish.

—No dormía —lo corrigió la abuela—. Lo estaba esperando detrás de la puerta. El primer golpe rompió el taburete y el segundo ayudó al hombre a encontrar la salida.

Edward miró el retrato y después a Fiona.

—El parecido resulta inquietante.

—Para usted debería ser una advertencia.

—He recibido tantas desde que llegué que empiezan a perder eficacia.

Fiona apoyó un codo sobre la mesa.

—Quizás necesite una demostración.

—Fiona —advirtió su tío.

—No he dicho de qué clase.

—Eso no mejora la frase.

Después de la cena, la abuela exigió jugar una partida de whist. Sir Alasdair afirmó que no podía concentrarse con la pierna en alto y se instaló junto al fuego para actuar como juez, aunque antes de que Tavish terminara de repartir ya había permitido que su madre viera una de las cartas.

—Eso es hacer trampas —protestó Fiona.

—Eso es ayudar —respondió Alasdair.

—No cuando ayuda a una de las jugadoras.

—Soy el jefe del clan.

—Con ese razonamiento se han empezado guerras.

—Y algunas se han ganado.

Fiona quedó emparejada con Tavish, mientras Edward jugaba con la abuela, una combinación que parecía especialmente diseñada para acabar con la paciencia de todos.

Durante la primera mano, Fiona descubrió que Edward no necesitaba mirar sus propias cartas. Recordaba cada una de las que abandonaban la mesa y parecía saber qué quedaba en manos de los demás antes de que ellos mismos lo decidieran.

Tavish se inclinó hacia él.

—Cuando Fiona tiene buenas cartas, se frota el pulgar.

Fiona levantó la cabeza.

—Traidor.

—No es traición. Es un intercambio de conocimientos entre naciones enemigas.

—Te arrojaré por la ventana.

Edward dejó una carta sobre la mesa.

—Esa es su forma de aceptar una derrota.

—Todavía no he perdido.

—Se ha frotado el pulgar tres veces.

Fiona escondió la mano bajo la mesa.

La abuela ganó aquella ronda sin molestarse en disimular su satisfacción.

En la siguiente, Edward observó los dedos de Fiona con una atención que dejó de parecer relacionada únicamente con las cartas. Ella sentía sus ojos cada vez que movía la mano y terminó inclinándose hacia él mientras Tavish discutía con sir Alasdair sobre una baza.

—Deje de mirarme los dedos —murmuró.

—Estoy intentando averiguar si miente.

—¿Necesita acercarse tanto?

Edward volvió los ojos hacia sus cartas.

—No.

No explicó qué otra razón tenía para hacerlo.

El calor ascendió por el cuello de Fiona. Se enderezó de inmediato, irritada porque él ya parecía concentrado otra vez en el juego.

Tavish regresó a su lado y se inclinó sobre su hombro para indicarle una carta. Apoyó una mano en el respaldo de la silla, muy cerca de la trenza de Fiona.

Edward dejó la suya sobre la mesa con tanta precisión que una esquina se curvó bajo sus dedos.

Fiona la señaló.

—Va a doblarla.

—No.

—Entonces deje de sujetarla como si lo hubiera ofendido.

Edward aflojó la mano.

—La carta no ha hecho nada.

—Pocas cosas consiguen ofenderlo sin hablar.

—Usted compensa esa carencia en nombre de todas ellas.