Capítulo 5
Fiona encontró a sir Alasdair a medio camino entre el sillón y la ventana, sostenido más por su orgullo que por la única pierna que todavía podía apoyar en el suelo.
Su tío había apartado el bastón, arrastrado el taburete y conseguido ponerse en pie sin llamar a nadie. Tenía una mano aferrada al respaldo de una silla y la mandíbula tan tensa que parecía dispuesto a convencer a su propio cuerpo de que la caída no había ocurrido.
—¿Qué cree que está haciendo?
Sir Alasdair volvió la cabeza hacia la puerta.
—Levantándome.
—No. Está buscando una forma incómoda de romperse la otra pierna.
—He dirigido este clan durante treinta años, no necesito ayuda.
Fiona cerró la puerta y cruzó la habitación antes de que él intentara dar un paso.
—Y en treinta segundos conseguirá que tengan que cargarlo entre cuatro hombres.
—Dos bastarían.
—No estaría tan segura. Su orgullo pesa más que usted.
—Ese parece ser un mal familiar.
Alasdair protestó cuando Fiona pasó uno de sus brazos alrededor de su cintura, aunque no hizo nada para ayudarla.
Seguía siendo un hombre grande, ancho de hombros y demasiado acostumbrado a que otros obedecieran, pero ella consiguió hacerlo retroceder hasta el sillón.
Una vez sentado, le levantó la pierna herida, deslizó el taburete bajo el talón y le acomodó la manta.
—No tengo frío —gruñó él.
—No le he preguntado.
—Te pareces demasiado a tu abuela.
—Eso solo lo dice cuando está perdiendo.
—No he perdido nada.
Fiona miró la pierna entablillada y después el bastón abandonado junto a la ventana.
—Por supuesto, tío.
Sir Alasdair siguió sus movimientos mientras ella colocaba mejor el cojín bajo su talón.
Había más gris en su cabello del que Fiona recordaba y el cansancio se le había instalado alrededor de los ojos, pero continuaba llenando la habitación incluso inmovilizado junto al fuego.
La lesión no había disminuido su autoridad.
Solo le había quitado la posibilidad de perseguir a quienes no le obedecieran.
—Te has cambiado de vestido —observó.
—El anterior estaba mojado.
—Eso me han contado. Al parecer, el mar intentó tragarse al Hamilton.
—El mar tiene buen juicio.
—También me han dicho que ayudó a botar el barco.
—Le pusieron una cuerda en las manos. No tuvo demasiado margen para escapar.
Sir Alasdair se acomodó en el sillón con una paciencia que no sentía.
—Y que bailaste con él.
Fiona dejó de tocar la manta.
—¿Quién se lo ha contado?
—Tres personas distintas. En esta isla las noticias viajan más deprisa que los caballos.
—Las mentiras también.
—Nadie ha conseguido ponerse de acuerdo sobre si intentaste pisarlo durante el baile.
—No lo intenté —Su tío la miró. Fiona se apartó hacia la chimenea—. No demasiado.
—Eso parece más creíble.
—El inglés ha sobrevivido.
—Lo cual decepcionará a media isla.
—La otra media todavía conserva esperanza.
—¿Y tú?
Fiona volvió el rostro.
—¿Yo qué?
—¿Estás decepcionada?
—Muchísimo.
La respuesta salió demasiado deprisa. Sir Alasdair no sonrió ni hizo comentario alguno, y aquel silencio resultó bastante más incómodo que una burla.
Fiona se volvió hacia el fuego y movió uno de los leños con el atizador, aunque las llamas no necesitaban atención. Llevaba evitando aquella conversación desde la reunión del consejo. Había esperado que la rabia se enfriara antes de enfrentarse a su tío. No lo había hecho.
—Me alegro de que hayas venido a verme —dijo Alasdair.
—Vivo aquí.
—Y llevas evitándome desde ayer.
—No sabía que un jefe de clan pudiera sentirse evitado. Pensaba que solo daba órdenes hasta que los demás aparecían.
—Normalmente funciona.
—Quizás debería pedirle a Edward que firme la próxima orden.
La expresión de su tío se endureció. Fiona había esperado sentir satisfacción al herirlo. En cambio, solo sintió cansancio.
Durante unos segundos se oyó el crepitar del fuego y el viento golpeando suavemente los cristales.
—No me dolió que trajera al Hamilton —dijo al fin ella, después de fijarse en que el pelo rojo de su tío estaba a punto de desaparecer por canas—. Me dolió entrar en aquella sala y descubrir, delante de todos, que usted ya había decidido apartarme de todo.
Sir Alasdair bajó la mirada hacia sus manos.
—Volvería a llamar al inglés, no me arrepiento de ello, Fiona.
Fiona sintió que se le cerraba el pecho.
—Entonces no hay nada más que hablar.
—Pero no volvería a permitir que te enteraras por carta o en una reunión, quizás debí hacerlo de un modo distinto...
con más respeto —Ella permaneció junto a la chimenea.
Alasdair levantó los ojos y vio que la niña que había cuidado, ya era toda una mujer—.
Gillean quería tus llaves. Campbell quería tu mano, y había otros hombres dispuestos a entregarles ambas cosas con tal de colocar a alguien que pudieran controlar al frente de la isla.
Tenía una tarde para encontrar una salida antes de que te apartaran por completo.
—Podría haber esperado a que regresara.
—Sí.
Aquella respuesta, tan sencilla, la desarmó.
—¿Y por qué no lo hizo?
El tío tardó en contestar. Fiona conocía bien aquella pausa: era el tiempo que necesitaba para aceptar una verdad que no lo dejaba en buen lugar.
—Porque habrías entrado en la sala dispuesta a rechazar cualquier condición antes de que terminara de explicártela y el inglés nos ayuda a ser neutrales, Fiona, y a mirar por el bien de la isla.
—Lo único que he hecho desde que tengo conciencia, es cuidar de esta isla.
—Lo sé, pero debes reconocer que necesitamos ayuda.
Fiona dejó el atizador.
—Puede que sí, que necesitemos la ayuda del hijo de un duque para administrar nuestras cuentas de cara a Inglaterra, pero no necesitamos su presencia para validar mi derecho a ser la nueva jefa de Eilean Ròs.
—Lo sé.
No hubo excusas ni una explicación repetida sobre la autoridad del consejo. Solo el reconocimiento del lugar de Fiona.
Alasdair apoyó los brazos en el sillón.
—Intenté proteger tu posición y terminé haciéndote creer que yo también dudaba de ti.
—¿Dudaba?
—No de que fueras capaz. Dudaba de que aquellos hombres fueran a darte tiempo para demostrarlo.
Fiona apartó la mirada. Llevaba tantos años preparándose para defenderse que no sabía qué hacer cuando alguien reconocía su dolor.
—No se le da bien pedir perdón —murmuró.
—Soy un MacKinnon.
—Eso no es una defensa.
—Es la explicación que tengo.
A pesar de sí misma, Fiona sintió que la tensión de sus hombros disminuía.
Su tío la observó acercarse de nuevo y permitió, sin protestar demasiado, que le subiera la manta hasta las rodillas.
—No te crie para que necesites que un hombre te salve —dijo—. Te crie para que puedas sobrevivir cuando yo ya no esté en condiciones de ponerme delante.
—Nunca le he pedido que se ponga delante.
—Lo sé. Ese es el problema.
—No puede decidir por mí porque tenga miedo de que me hagan daño.
—Y tú no puedes convertir cada mano tendida en una ofensa, Fiona. Es hora de actuar con la cabeza, no con el orgullo.
No era una disculpa perfecta. Tampoco Fiona esperaba una. Era la clase de acuerdo que dos MacKinnon podían ofrecer sin sentirse humillados.
Asintió.
Su tío la contempló un instante y cambió de asunto con la torpeza propia de los hombres que preferían enfrentarse a una tormenta antes que permanecer demasiado tiempo dentro de una conversación emocional.
—¿Has comido?
—Sí.
—Estás más delgada.
—Siempre me dices lo mismo.
Alasdair alargó la mano hacia el bastón.
—No pienso cenar aquí.
—Tiene una pierna rota.
—La pierna. No la dignidad.
Fiona cruzó los brazos.
—¿Qué propone?
—Que lleven la cena al salón viejo. He pasado la tarde escuchando a Gillean, a dos médicos y a un consejero que pronuncia «prudencia» cada vez que quiere decir «miedo». Me he ganado el derecho a oír voces que no intenten quitarme las tierras ni contarme el pulso.
—Las voces de esta familia tampoco son tranquilas.
—Precisamente.
Media hora después, sir Alasdair estaba instalado junto al fuego del salón privado en una silla que dos hombres habían transportado desde sus aposentos mientras él protestaba por la lentitud del trayecto.
El salón viejo jamás había pretendido ser elegante.
Era demasiado pequeño para recibir invitados importantes y demasiado lleno de recuerdos para reformarlo.
La mesa conservaba cortes cuya autoría se discutía desde hacía generaciones; sobre la chimenea colgaba torcido el retrato de una antepasada pelirroja, y en una de las piedras bajas todavía podía verse la marca negra que Fiona y Tavish habían dejado cuando, a los ocho años, decidieron que una hoguera resultaría más entretenida dentro de la casa.
Fiona nunca lo había considerado una estancia hermosa. La quería precisamente porque nadie había intentado convertirla en otra cosa.
Su abuela ocupaba uno de los sillones junto al fuego y Tavish ya estaba sentado a la mesa, con la evidente intención de empezar a cenar antes que los demás.
Fiona tomó el asiento frente a él. La puerta se abrió poco después y Edward entró.
Se había cambiado por completo. El barro, la humedad y el agua salada de la mañana habían desaparecido.
Llevaba de nuevo el cabello rubio perfectamente ordenado y una levita oscura que parecía incapaz de arrugarse, como si aquella tarde no hubiera golpeado lana junto a las mujeres del pueblo, tirado de una cuerda con media familia MacKinnon ni bailado con Fiona delante de todos.
El recuerdo de su mano en la cintura volvió con demasiada facilidad.
Fiona miró a su tío.
—¿Por qué está aquí?
—Porque lo he invitado.
—La pregunta era para él.
Edward inclinó la cabeza.
—Y la respuesta continúa siendo la misma.
La abuela señaló con la barbilla la silla que quedaba cerca del fuego.
—Siéntese, inglés. Está tapando el calor.
Edward ocupó el asiento sin mostrar incomodidad.
—Me tranquiliza saber que mi presencia tiene alguna utilidad.
—No he dicho que la tenga. He dicho que estorba.
Tavish aprovechó que Fiona miraba a su abuela para tomar un trozo de pan de su plato.
Ella le golpeó los dedos.
—Has cogido mi pan.
—El tuyo estaba más cerca.
—Tu plato está delante de ti.