La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

La figura siguiente los separó. Fiona giró con Niall y regresó hacia Edward cuando la música aceleró. Él le tomó ambas manos y la hizo pasar bajo su brazo.

—Demasiado lento —lo provocó ella.

—Intento evitar que se caiga.

—Intenta controlarme.

—En este momento ambas cosas requieren el mismo movimiento.

Fiona cambió de dirección antes de lo previsto. Edward corrigió el paso y la sujetó por la cintura cuando ella casi chocó contra él.

El movimiento debía haber durado un instante.

Duró más.

La palma de Edward quedó apoyada sobre la curva de su cintura. Fiona tenía el rostro levantado y respiraba con rapidez por el baile. Sus mejillas estaban encendidas y algunos mechones húmedos se pegaban a su cuello.

La música, las voces y las risas continuaban alrededor, pero durante un segundo Edward solo percibió la presión de aquel cuerpo contra el suyo.

Fiona bajó los ojos hacia su boca.

Después volvió a mirarlo.

—Puede soltarme.

Edward retiró la mano.

—Podría haber prestado atención.

—Pensaba que un caballero inglés sería capaz de seguirme.

—Seguirla no es difícil. El problema es saber hacia dónde decidirá lanzarse.

La música terminó entre aplausos. Fiona se apartó, aunque no con la rapidez que habría utilizado al comienzo de la mañana.

Effie les ofreció dos vasos pequeños de whisky. Fiona vació el suyo de un solo trago.

—Una dama inglesa se habría desmayado después de la mitad de este baile.

—Una dama inglesa habría sabido conservar el equilibrio.

—También habría sonreído mientras usted le explicaba cómo hacerlo.

—Ha dedicado demasiada imaginación a mi futura esposa.

Fiona dejó el vaso sobre una caja.

—Resulta fácil imaginarla. Elegante, callada y obediente. Una mujer que espere su permiso para beber, hablar y hasta respirar.

Edward la observó con aquella quietud que siempre conseguía ponerla más nerviosa que una provocación abierta.

—No necesito agradar a todas las mujeres, señorita MacKinnon.

—Qué alivio. La decepción habría sido insoportable.

—Pero cuando una despierta mi interés, no suelo confundir su hostilidad con indiferencia.

Los dedos de Fiona se cerraron alrededor de la empuñadura de su navaja.

—Tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo.

Edward dio un paso hacia ella. No la tocó, pero la obligó a levantar más el rostro.

—Lleva varios minutos imaginándome casado con otra mujer.

—Solo siento lástima por ella.

—La compasión rara vez exige tantos detalles.

—Tendría que desearlo para sentir celos.

Edward sostuvo su mirada. El color que ascendía por las mejillas de Fiona restaba convicción a sus palabras.

—Entonces debería dejar de imaginarme con otras.

Fiona lo miró durante un segundo más.

Después se alejó sin responder.

Cuando finalmente emprendieron el camino de regreso, el sol ya descendía sobre el mar. Fiona cabalgaba a su lado, no varios metros por delante como por la mañana.

—Ha bailado mejor de lo esperado —admitió ella.

—Su entusiasmo resulta abrumador.

—No he dicho que lo hiciera bien. He dicho que esperaba menos.

—Una diferencia que sin duda protege su orgullo.

Fiona sonrió.

—También ha tirado de una cuerda sin dar instrucciones a todo el mundo.

—Lo habría hecho si hubiera sido necesario.

—Naturalmente.

Avanzaron unos metros en silencio. Fiona seguía llevando varios mechones sueltos alrededor del rostro.

—He observado que tiene una inclinación irritante a descubrir lo evidente antes que los demás —dijo Edward.

Fiona volvió el rostro.

—¿Eso ha sido un elogio?

—Una constatación.

—Debería anotarla en su informe.

—No confío en que sepa leerla sin convertirla en una ofensa.

Fiona soltó una risa breve. Edward volvió los ojos hacia el camino antes de que ella se diera cuenta de cuánto le agradaba aquel sonido.

Al llegar a la residencia, Tavish salió de los establos y observó el barro en las botas de Edward, el cabello desordenado de Fiona y la marca que la cuerda había dejado en los guantes ingleses.

—Parece que habéis tenido una mañana tranquila.

—Absolutamente —respondió Edward.

Fiona entregó las riendas a un mozo.

—Lord Edward ha golpeado lana, arrastrado un barco y bailado delante de medio pueblo.

Tavish lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión.

—¿Voluntariamente?

—Ninguna de esas palabras describe con exactitud lo ocurrido.

Edward entró en la casa antes de que ambos pudieran continuar.

Eilean Ròs seguía pareciéndole ruidosa, primitiva y demasiado satisfecha de costumbres que una sociedad civilizada habría abandonado generaciones atrás.

Los MacKinnon discutían cuando podían callar, celebraban el trabajo como si fuera una victoria militar y trataban la insolencia como una virtud familiar.

Pero Edward ya no podía reducir a Fiona a una mujer impulsiva rodeada de hombres incapaces de gobernarse. Había demasiado método en su aparente desorden y demasiado juicio bajo aquella lengua afilada.

Seguía siendo demasiado indómita, demasiado escocesa y demasiado MacKinnon para encajar en la vida ordenada que él siempre había imaginado.

Seguía sin poder imaginarla como poco más que una salvaje.

Lo incómodo era que, por primera vez, no estaba seguro de que aquella imposibilidad dijera algo malo de Fiona.