Capítulo 4 #3
Al abandonar la casa de Elspeth, Edward esperaba que Fiona regresara directamente a la residencia. Ya habían recorrido buena parte del pueblo y la mañana se había prolongado hasta bien entrado el mediodía. Sin embargo, ella detuvo su yegua al escuchar martillazos y voces procedentes de la costa.
Varias personas avanzaban hacia una pequeña ensenada cargando cuerdas, cestas y botellas.
—Van a botar el barco de Niall —explicó Fiona.
—¿No estaba previsto para mañana?
—La marea ha subido antes.
—Resulta tranquilizador comprobar que la puntualidad no es una de las antiguas costumbres que su clan pretende conservar.
Fiona hizo girar a su yegua.
—Puede regresar solo si teme que otra tradición escocesa estropee sus botas.
Edward condujo a Bran tras ella.
—Después de sobrevivir a las canciones de las MacKinnon, dudo que una embarcación pueda ofrecerme algo peor.
La ensenada estaba llena de miembros del clan. Hombres pelirrojos sujetaban las cuerdas alrededor del casco; mujeres con el mismo cabello encendido cargaban cestas y apartaban a los niños de la rampa; ancianos apoyados en bastones discutían sobre la marea como si cada uno hubiese inventado el mar.
El nuevo barco descansaba sobre una plataforma de troncos inclinada hacia el agua. Era una embarcación de pesca de casco oscuro, con el nombre Ròs na Mara pintado en blanco sobre la proa.
Niall del Puerto se acercó con una cuerda enrollada sobre el hombro.
—La marea estará en su punto dentro de unos minutos.
Fiona recorrió la estructura con la mirada.
—No moveréis nada hasta apartar a los niños.
—Ya les hemos dicho que se alejen.
En aquel preciso instante, dos muchachos aparecieron debajo del casco persiguiendo a un perro.
Fiona introdujo dos dedos en la boca y emitió un silbido tan agudo que Edward sintió el impulso de mirar hacia los caballos.
—Fuera de la rampa. Y quien vuelva a acercarse pasará la próxima semana limpiando pescado con Morag.
La amenaza obtuvo un resultado inmediato.
Edward alzó una ceja.
—Una técnica educativa admirable.
—Aquí no tenemos internados ingleses donde abandonar a los niños difíciles.
—Eso explica muchas cosas.
Fiona avanzó hacia la proa. Tocó una de las cuerdas, comprobó el nudo y después se agachó para observar los troncos sobre los que debía deslizarse el casco.
Edward ya sabía que los MacKinnon dominaban dos cosas mejor que la mayoría de los hombres: las pendientes escarpadas y el mar.
Habían crecido arrastrando cargas por laderas imposibles y guiando embarcaciones entre corrientes capaces de partirlas contra las rocas.
Fiona examinó la rampa con esa misma seguridad heredada, como si pudiera sentir bajo sus botas el peso del barco y el punto exacto en que la pendiente dejaría de sostenerlo.
—Esta cuña está mal colocada.
Niall frunció el ceño.
—La puso Calum MacKinnon.
Fiona levantó la vista hacia el hombre que trabajaba al otro lado del casco. Calum era uno de sus numerosos primos lejanos, alto, pelirrojo y con los brazos fuertes de quien había pasado media vida construyendo embarcaciones.
—Entonces Calum la ha puesto mal.
El joven protestó en gaélico.
—Puedes insultarme cuanto quieras —respondió Fiona en la misma lengua—. La cuña seguirá estando mal colocada.
Golpeó la madera con la punta de la bota. La pieza cedió y dejó visible la inclinación desigual.
Calum contempló el resultado y masculló algo más.
—Puede decirlo en inglés —intervino Edward—. Sospecho que el insulto no perderá calidad al traducirse.
Fiona escondió una sonrisa mientras su primo retiraba la cuña.
Edward había empezado la mañana esperando descubrir que Fiona administraba la isla mediante instinto, orgullo y una cantidad imprudente de suerte. Aquella posibilidad resultaba cada vez más difícil de sostener.
—Hamilton —lo llamó ella. Fiona le tendió el extremo de una cuerda—. Necesitamos a otra persona aquí.
—Imagino que alguno de sus numerosos primos sabrá sujetarla.
—Todos los hombres útiles ya están trabajando.
Varias cabezas se volvieron hacia él.
Edward desmontó, se quitó el abrigo y se lo entregó a un niño que lo recibió como si acabaran de confiarle una reliquia inglesa.
Después tomó la cuerda.
—Empiezo a sospechar que ha organizado esta jornada únicamente para destruir mi vestuario.
—No habría necesitado tanto esfuerzo. Bastaba con dejarlo cinco minutos a solas con Bran.
Edward se situó junto a los hombres. Donncha apareció a su lado y examinó la posición de sus manos.
—Un poco más abajo, inglés.
—Sé sujetar una cuerda.
—Lo dudo con esas manos tan finas.
Edward cambió la posición únicamente porque la nueva resultaba más eficaz, no porque Donncha se lo hubiese ordenado.
Fiona subió a la plataforma y levantó un brazo. Las conversaciones cesaron poco a poco. Pronunció una antigua fórmula gaélica con la que los MacKinnon deseaban buena marea y un regreso seguro a quienes saldrían en el barco.
Incluso los hombres que se habían burlado durante toda la mañana bajaron la cabeza.
Después Fiona dio la orden.
Las cuerdas se tensaron. Los hombres tiraron y la madera crujió bajo el casco. La embarcación avanzó unos centímetros antes de detenerse.
Calum lanzó una maldición.
—Otra vez —ordenó Fiona.
Volvieron a tirar.
El barco no se movió.
Varias voces empezaron a ofrecer explicaciones contradictorias. Uno culpó a los troncos. Otro, a la marea. Calum insistió en que la embarcación pesaba más de lo calculado.
Fiona no participó en el ruido. Bajó de la plataforma, recorrió la rampa y apartó el barro junto a la parte posterior del casco.
Descubrió una cuerda auxiliar atrapada bajo uno de los troncos.
—No es el peso. Habéis fijado la guía por debajo en lugar de pasarla por el costado. El barco se está sujetando a sí mismo.
Los hombres callaron.
Calum observó la cuerda y después miró hacia otro lado.
Fiona no había adivinado. Había examinado el problema mientras los demás discutían.
Poseía una inteligencia práctica, rápida y afilada que Edward no había conocido antes que en ella. Retiraron la cuerda. Cuando Fiona volvió a levantar el brazo, Edward ya sabía que la embarcación se movería.
Esta vez el casco descendió.
Los hombres retrocedieron tirando de las cuerdas, las mujeres gritaron indicaciones que nadie necesitaba y los niños corrieron alrededor del barco pese a la amenaza de Morag. El Ròs na Mara se deslizó sobre los troncos, alcanzó la orilla y entró en el agua entre una explosión de espuma y vítores.
La ola golpeó las piedras y salpicó a quienes estaban más cerca.
Fiona recibió el agua de frente. La tela de su blusa se oscureció sobre los hombros y varios mechones rojos se soltaron alrededor de su rostro.
Edward también había quedado salpicado.
—¿Esto formaba parte de la ceremonia?
Fiona se apartó el cabello mojado de la mejilla.
—El mar ha decidido incluirlo en la celebración.
—Podría haber escogido al propietario del barco.
—Quizá usted era el único que todavía parecía demasiado limpio.
Edward miró el agua que oscurecía su ropa.
—Una falta que los MacKinnon parecen decididos a corregir.
Alguien empezó a tocar un violín. La música surgió cerca de las casas, rápida y áspera. Varias mujeres apartaron las cestas del centro de la explanada y los más jóvenes comenzaron a formar una rueda. Una botella de whisky pasó de mano en mano mientras Niall y su familia subían al barco.
Edward recuperó su abrigo.
—Supongo que ahora regresaremos.
Fiona lo miró como si hubiera sugerido abandonar un funeral antes de enterrar al muerto.
—Acaban de botar una embarcación.
—Lo he observado.
—Ahora se celebra.
—También he observado que los MacKinnon convierten cualquier trabajo terminado en una excusa para beber.
—No siempre esperamos a terminarlo.
Effie Fraser agarró a Fiona de la mano y la arrastró hacia la rueda.
La música cambió y comenzó una danza escocesa.
Edward permaneció al margen mientras Fiona entraba en el baile.
Giraba con rapidez, el tartán se abría alrededor de sus caderas y la trenza roja golpeaba su espalda.
Sonreía mientras cambiaba de pareja y daba las manos a las mujeres situadas a ambos lados.
No había delicadeza inglesa en sus movimientos.
Había energía, seguridad y una alegría que parecía provenir de la misma tierra bajo sus botas.
Era demasiado hermosa.
Donncha se detuvo junto a Edward con una botella en la mano.
—¿En Inglaterra no bailan?
—Sí.
—No lo parece.
El anciano lo empujó hacia el espacio libre que había quedado en la rueda. Varias personas rieron. Fiona lo vio y su expresión se iluminó con una satisfacción peligrosa.
—Puede retirarse. Nadie espera que conozca los pasos.
—Mi padre nació en Arran.
—Y usted creció en Inglaterra.
—No lo suficiente para olvidar cómo se cuentan ocho compases.
El violinista reinició la melodía.
Edward tomó la mano de Fiona.
La sorpresa de ella duró menos de un segundo.
La primera figura era sencilla. Edward la había aprendido de niño durante sus visitas a Brodick y avanzó, giró y cambió de lugar sin cometer un error.
Fiona frunció el ceño.
—Ha practicado.
—Mi familia se ha encargado de que no olvide todos mis defectos escoceses.