Capítulo 4 #2
—Esa es la primera afirmación suya con la que estoy completamente de acuerdo.
Fiona le dirigió una mirada capaz de hacer retroceder a un hombre menos sensato.
Edward continuó caminando.
Morag MacKinnon salió del pequeño ahumadero con su hijo detrás. Era la esposa de Aonghus y dirigía el negocio familiar con una autoridad que probablemente se extendía también a su marido, a sus hijos y a cualquier animal que tuviera la desgracia de cruzar su puerta.
Tenía los hombros anchos, brazos fuertes y el cabello oscuro recogido bajo un pañuelo. Su hijo Ruairidh sostenía un pastel de avena mordido y contemplaba a Edward con abierta desconfianza.
Morag miró a Fiona.
—¿Has dormido?
—Sí.
Morag volvió los ojos hacia Edward y después hacia Fiona.
—Mientes peor cuando estás cansada.
—¿Todo el pueblo ha decidido comentar mi descanso?
—No. Algunos comentan al inglés.
Morag examinó a Edward desde el cabello hasta las botas, que ya habían perdido buena parte de su brillo.
—Así que este es.
—Hamilton —corrigió Edward.
—Eso no mejora demasiado las cosas.
—Empiezo a comprenderlo.
Morag cruzó los brazos.
—Aquí no necesitamos a otro hombre que explique a Fiona cómo hacer su trabajo.
Edward miró a Niall, que transportaba las tablas hacia su embarcación.
—Entonces procure que sus hombres dejen de pedirme permiso para obedecerla.
Morag sostuvo su mirada. No sonrió ni se disculpó, pero Edward percibió un cambio mínimo en la forma en que lo evaluaba.
Ruairidh tiró de la falda de su madre.
—¿Todos los ingleses visten para un funeral?
Fiona tosió. Morag no hizo esfuerzo alguno por ocultar su diversión.
Edward bajó los ojos hacia el niño.
—Solo cuando visitamos Escocia.
Ruairidh meditó la respuesta.
—Mi abuela dice que los ingleses no entienden los chistes.
—Su abuela no me conoce.
—Dice que eso es una suerte.
Fiona se volvió para ocultar su expresión.
Edward sospechó que estaba sonriendo.
Un bastón golpeó las piedras detrás de ellos. Donncha avanzaba hacia el grupo con la lentitud de un hombre que no tenía intención de llegar antes de que todo el mundo hubiera reparado en su presencia.
Se detuvo ante Edward y observó sus botas.
—Ya parece menos inútil que ayer.
—Me tranquiliza haber progresado ante sus ojos.
Donncha alzó la vista hacia su cabello.
—No demasiado. Todavía está limpio.
Edward recordaba bien aquella costumbre. Tres años atrás, entre los MacKinnon, había aprendido que el insulto servía para medir a un hombre del mismo modo que en Inglaterra se utilizaba un apretón de manos. En Eilean Ròs, sin embargo, parecían disfrutarlo mucho más.
En cualquier casa inglesa, Donncha habría sido apartado antes de terminar la primera frase. Allí, Fiona inclinó la cabeza y escuchó cuando el anciano empezó a hablarle de una corriente que había cambiado cerca de las rocas del norte.
Más extraño aún: lo escuchó con atención.
El taller de las hermanas Fraser ocupaba un edificio bajo junto al extremo del pueblo.
Effie y Catriona llevaban el apellido de su padre, pero eran MacKinnon por parte de madre y primas lejanas de Fiona.
En Eilean Ròs todos las llamaban simplemente las Fraser, aunque nadie las consideraba ajenas al clan.
Antes de entrar ya se oían las voces de las mujeres.
En el interior había vapor, calor y un intenso olor a lana mojada. Madejas verdes y azules colgaban de las vigas, los niños se movían debajo de una mesa larga y una docena de mujeres golpeaba una pieza de tela húmeda al mismo ritmo mientras cantaba en gaélico.
Las voces subían, se respondían y volvían a caer sobre el golpe de las manos. Era un òran-luaidh , uno de los antiguos cantos utilizados mientras se abatanaba la lana.
En Inglaterra, aquel trabajo se habría realizado con máquinas, menos ruido y una posibilidad bastante menor de que un niño atravesara la estancia perseguido por una gallina.
En Eilean Ròs parecía una celebración.
—¡La ban-oighre ! —gritó Effie Fraser.
Fiona dejó la capa sobre un banco.
—No detengáis el trabajo por mí.
—No pensábamos hacerlo. Has llegado tarde.
—Todo el mundo me acusa de eso desde el amanecer.
—Quizá deberías empezar a escucharlos.
Fiona se remangó, se hizo un hueco junto a la mesa y entró en el ritmo sin dificultad. Golpeó la lana, la pasó hacia la derecha y se unió al canto.
Edward permaneció cerca de la puerta.
Aquella no era la Fiona que se enfrentaba al consejo con la espalda rígida ni la mujer que lo miraba como si calculara el lugar exacto donde clavarle una navaja.
Reía.
Algunos mechones rojos se habían escapado de su trenza. El calor le encendía las mejillas y el movimiento hacía subir y bajar su pecho bajo la blusa clara. Cantaba sin preocuparse por si su voz era refinada ni por si alguien consideraba adecuada su postura.
No parecía una heredera visitando a sus habitantes.
Parecía una de ellos.
Effie siguió la dirección de la mirada de Edward.
—¿El inglés no tiene manos?
Fiona volvió la cabeza.
—Las tiene. Las utiliza para escribir informes.
—Una ocupación agotadora —dijo Edward.
Effie le hizo sitio junto a la mesa.
—Entonces puede descansarlas aquí.
—No acostumbro a golpear telas mientras canto.
—Nadie le ha pedido que cante —replicó Fiona—. Preferimos conservar los cristales.
Las mujeres se echaron a reír. Negarse habría confirmado exactamente lo que esperaban de él, de modo que Edward se quitó los guantes, se remangó con cuidado y ocupó su lugar.
Effie le mostró el movimiento una sola vez.
El primer golpe llegó a tiempo.
El segundo también.
En el tercero, la mujer de su izquierda alteró el ritmo sin avisar. La tela se dobló y una salpicadura de agua alcanzó el chaleco de Edward.
La sala quedó en silencio durante medio segundo.
Fiona se rio.
No fue una burla contenida ni una exhalación irónica, sino un sonido abierto, cálido e inesperado.
Edward la miró.
La alegría transformaba por completo su rostro. Suavizaba la obstinación de su boca y hacía que los ojos verdes parecieran más claros.
Resultaba mucho más peligrosa cuando reía.
Edward recuperó el ritmo.
—Comprendo por qué lleva siempre una navaja. El canto no bastaría para defender la isla.
Fiona dejó de reír.
—Y yo comprendo por qué Inglaterra domina medio mundo. Nadie soportaría escucharlos quejarse durante una guerra.
Las mujeres volvieron a reír.
Antes de marcharse, Effie comentó que un comerciante pretendía pagarles menos por la lana, aprovechándose de que cada familia vendía su producción por separado.
Fiona apenas tardó unos segundos en responder.
—No se la vendáis por separado. Reunid aquí toda la lana terminada y enviadla en una sola carga. Si quiere vuestros colores, tendrá que pagar el precio de todas.
—Podría negarse.
—Entonces que sea él quien espere. No vosotras.
Edward observó el intercambio. Fiona había comprendido de inmediato que la debilidad de aquellas mujeres no residía en la calidad de su trabajo, sino en negociar cada una por su cuenta.
La conclusión volvió a imponerse, por mucho que le molestara admitirla: Fiona era inteligente.
No solo astuta al defenderse ante un consejo ni hábil para convertir una costumbre en un arma. Poseía una clase de inteligencia práctica, rápida y afilada que Edward no había encontrado en ninguna mujer antes que ella y que le resultaba mucho más atractiva de lo conveniente.
Se puso los guantes.
No pensaba detenerse a considerar aquella conclusión.
Elspeth MacKinnon vivía cerca del extremo norte del pueblo. Era una prima anciana del difunto padre de Fiona y poseía el mismo orgullo que el resto del clan, aunque en su caso los años lo habían vuelto todavía menos negociable.
Abrió la puerta antes de que Fiona llamara.
—Ya era hora.
—Buenos días a ti también —respondió Fiona.
—Los buenos días son para quienes no tienen agua cayendo junto a la cama.
En el interior, dos ollas recogían las gotas que atravesaban el techo. Un gato dormía junto a la chimenea sin mostrar preocupación alguna por la humedad.
—Las muchachas dicen que no quieres que enviemos a nadie —dijo Fiona.
—No quiero limosna.
Fiona tomó una de las mantas dobladas sobre un arcón.
—El invierno pasado entregaste seis de estas a las familias del puerto y no aceptaste una moneda. Eilean Ròs todavía te debe ese trabajo.
Elspeth entrecerró los ojos.
—Eso sigue pareciendo caridad.
—Entonces considéralo un pago atrasado.
—Eres igual que tu padre cuando quieres salirte con la tuya.
—¿Él lo conseguía?
—A veces.
—Yo he tenido que practicar más. Soy una mujer.
Elspeth soltó un bufido, pero aceptó que dos carpinteros escogidos por ella reparasen el tejado.
Edward observó a Fiona. No había herido el orgullo de la anciana. Había convertido la ayuda en una deuda de la isla y le había permitido elegir quién entraría en su casa.
Tres años atrás, Edward habría reducido aquella visita a una anotación en uno de sus informes: reparación necesaria, gasto autorizado, dos hombres durante una jornada.
Entonces era más joven y estaba demasiado convencido de que las cuentas, los contratos y los recibos contenían todo cuanto necesitaba saber sobre Eilean Ròs.
Había pasado horas encerrado entre papeles, pero nunca había acompañado a Fiona por el pueblo.
No lo había considerado necesario.
Ahora comprendía que los documentos solo habrían mostrado el coste del tejado, no la forma en que Fiona había conseguido repararlo sin humillar a la mujer que vivía debajo.
Ningún libro de administración habría podido enseñarle aquello.
Elspeth reparó entonces en Edward y lo contempló durante varios segundos.
—¿Es este el hombre con quien quieren casarte?
—No —respondió Fiona.
—En absoluto —dijo Edward al mismo tiempo.
Elspeth miró a uno y a otro.
—Habéis respondido demasiado deprisa.
—Porque la pregunta era absurda —replicó Fiona.
La anciana se acercó un poco más a Edward.
—Es bonito.
Edward levantó una ceja.
—Aunque parece que se tragaría una moneda antes que sonreír.
—Depende de la moneda.
Fiona bajó la cabeza, aunque no con rapidez suficiente para ocultar su sonrisa.