La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Una hora después, Edward descubrió que en Eilean Ròs hasta los caballos compartían la opinión de Fiona sobre él.

El animal que le habían asignado era bajo, peludo y de un tono castaño poco definido, como si hubiera pasado demasiados inviernos bajo la lluvia.

Permanecía en mitad del patio con las orejas echadas hacia atrás y observaba a Edward con una hostilidad que habría resultado excesiva incluso en un MacKinnon.

A finales de septiembre, las mañanas ya comenzaban a enfriarse.

El sol había conseguido aparecer por encima de los muros, aunque todavía no tenía fuerza suficiente para calentar la piedra.

Varios hombres cargaban cestas en un carro, dos perros perseguían a una gallina entre los establos y alguien discutía en gaélico desde una ventana abierta.

Edward miró al caballo.

—Eso no es un caballo.

Fiona acarició el cuello del animal.

—Se llama Bran. Y no se lo diga. Tiene peor carácter que usted.

Ella ya estaba preparada. Llevaba una falda oscura, botas gastadas y el tartán verde y azul cruzado sobre los hombros. La trenza roja le caía por la espalda y una pequeña navaja colgaba de su cinturón. No había rastro de las horas sin dormir salvo por una sombra tenue bajo sus ojos.

Edward, en cambio, llevaba un abrigo oscuro de montar, chaleco sobrio, guantes y unas botas tan impecables que parecían no haber pisado jamás un camino escocés.

Fiona las miró.

Después miró el barro del patio.

No dijo nada. Su satisfacción fue lo bastante evidente.

—He domado animales más difíciles —aseguró Edward.

—¿En Devonshire?

—Me refería a mis hermanos.

Algo parecido a una sonrisa apareció en la boca de Fiona, pero desapareció antes de que pudiera considerarse una concesión.

Edward tomó las riendas. Bran intentó morderle la manga.

Él apartó el brazo sin brusquedad y sostuvo la mirada del animal.

—No lo recomiendo.

—Bran no entiende inglés.

—Por su expresión, sospecho que entiende perfectamente las amenazas.

—Solo las respeta cuando pueden cumplirse.

Edward colocó un pie en el estribo y montó. El caballo dio dos pasos laterales, sacudió la cabeza y terminó resignándose.

Fiona pareció decepcionada.

Tavish cruzó el patio en aquel momento, ajustándose la chaqueta.

—Sir Alasdair me necesita en la casa. Gillean ha regresado con otros dos consejeros y, por el sonido de sus voces, todos han despertado convencidos de tener razón.

—Qué epidemia —murmuró Fiona.

—Intentaré impedir que se maten antes de que volváis.

—¿Suele conseguirlo? —preguntó Edward.

—No. Pero finjo muy bien que esa era mi intención.

Iseabail apareció detrás de Tavish con una cesta cubierta por un paño. Se la ofreció a Fiona, aunque observó a Edward con abierta curiosidad.

—Pan, queso, pastel de avena y una botella de cerveza ligera.

—No estaremos fuera todo el día —dijo Fiona.

—Lo sé. Pero el inglés parece alto. Los hombres altos comen más.

Edward extendió la mano y tomó la cesta antes de que Fiona pudiera hacerlo.

Tavish alzó las cejas.

—¿El inglés también come?

—Cuando no está ocupado juzgándonos —respondió Fiona.

—Puedo realizar ambas actividades al mismo tiempo —dijo Edward.

Iseabail murmuró algo en gaélico. Fiona soltó una risa breve y Tavish la imitó.

Edward había reconocido una sola palabra.

—He entendido Sasannach .

El inglés.

—Me alegro de que Eton sirviera para algo —replicó Fiona.

—¿Y el resto?

Iseabail sonrió con una inocencia poco creíble.

Fiona señaló las botas de Edward.

—Ha dicho que no llegarán vivas al mediodía.

Edward contempló el camino que salía del patio. Las lluvias de la noche habían dejado charcos entre las piedras.

—Los habitantes de esta isla muestran un interés excesivo por mis botas.

—Es lo más entretenido que ha llegado a Eilean Ròs en varios meses.

Fiona montó y salió del patio sin esperar permiso. Edward la siguió, precisamente porque ella no lo había invitado.

Fiona conocía el camino con la intimidad con que otras mujeres conocían los pasillos de su casa.

Tomó una senda estrecha que descendía entre lomas cubiertas de brezo, bordeó una roca sin reducir la marcha y cruzó una zona embarrada donde cualquier dama inglesa habría exigido regresar antes de mancharse el bajo del vestido.

Edward no permitió que lo dejara atrás.

Bran poseía una forma de trotar capaz de reorganizar los huesos de un hombre, pero tenía las patas firmes y una seguridad sorprendente sobre el terreno húmedo. Edward terminó comprendiendo por qué los isleños preferían aquellos animales pequeños a los caballos más elegantes de Inglaterra.

No pensaba decírselo a Fiona.

Ella montaba sin la rigidez que los maestros de equitación habrían exigido a una joven bien educada. Se inclinaba con el animal cuando el camino descendía, aflojaba las riendas antes de una subida y parecía saber qué haría su yegua un instante antes de que esta lo decidiera.

Solo le faltaban el arco y las flechas para parecer una guerrera vikinga.

Carecía de elegancia.

También resultaba imposible no mirarla.

La falda se ajustaba a sus piernas con el movimiento, el tartán se levantaba detrás de ella y la trenza roja golpeaba suavemente su espalda.

Fiona giró la cabeza. Edward llevó los ojos hacia el camino con una demora que no pasó inadvertida.

—¿Ha encontrado otra incorrección?

—Varias.

—Procure recordarlas todas para su próximo informe sobre los salvajes.

—No se preocupe. Algunas son difíciles de olvidar.

Fiona lo observó durante un instante, como si intentara decidir si acababa de insultarla o de decir algo distinto.

Edward permitió que conservara la duda.

El mar apareció al doblar la última loma.

Abajo, el puerto de Eilean Ròs se extendía alrededor de una bahía estrecha, lleno de embarcaciones de pesca, carros junto a los almacenes y redes tendidas entre postes.

Los hombres descargaban cajas mientras discutían a gritos y las mujeres preparaban el pescado sobre largas mesas de madera.

Fiona espoleó suavemente a su yegua.

—Intente no perderse.

—La isla no parece lo bastante grande.

—Su orgullo sí.

La llegada de Fiona produjo un desorden que Edward confundió al principio con falta de autoridad.

Tres pescadores hablaron a la vez. Una mujer con un delantal cubierto de escamas la sujetó por el brazo para enseñarle una red rota. Dos niños corrieron alrededor de su caballo y un perro apareció con un arenque en la boca, perseguido por un muchacho que juraba en gaélico con notable imaginación.

Nadie hizo una reverencia.

Nadie guardó silencio.

Nadie pareció recordar que Fiona era la heredera de todas las tierras que podían verse desde el puerto.

— A nighean  —la llamó una anciana desde un puesto de pescado.

Muchacha. Hija.

Otro hombre levantó una mano.

— Ban-oighre .

La vieja palabra para heredera.

Edward la había oído en alguna canción antigua de Brodick. Los isleños la pronunciaban con una familiaridad extraña, no como un título, sino como un recordatorio de que Fiona les pertenecía tanto como ellos a ella.

Fiona desmontó y entregó las riendas a un niño.

—No dejes que los caballos se muerdan.

—Eso será difícil.

—Entonces sepáralos antes de que se compliquen las cosas.

El muchacho obedeció.

Fiona apenas había avanzado unos pasos cuando Aonghus MacKinnon, un pescador de barba oscura, intentó pasar junto a ella cargando una vela enrollada.

Ella le bloqueó el camino.

—Ábrela.

—Tengo que salir con la marea.

—Abre la vela, Aonghus.

El hombre masculló algo, pero extendió la tela sobre unas cajas. Fiona pasó los dedos por una costura y tiró de ella. El hilo cedió de inmediato.

—Eso habría ocurrido en mitad de la bahía.

—Aguantará una salida.

—No.

—El viento apenas sopla.

—A mediodía cambiará al oeste.

Aonghus miró el cielo.

—No hay nubes hacia el oeste.

—Todavía.

—Mi abuelo pescaba con velas peores.

—Su abuelo perdió tres dedos y una barca. No es el argumento que cree.

Varias personas rieron.

Aonghus enrolló de nuevo la vela.

—La repararé.

—Antes de salir.

—Sí, ban-oighre .

Fiona siguió avanzando. Resolvió en pocas palabras una discusión entre dos mujeres sobre el espacio para secar pescado, preguntó por el brazo herido de un marinero y obligó a un muchacho a devolver una cesta que había tomado sin permiso.

Todos discutían con ella.

Todos terminaban obedeciéndola.

Aquello no era falta de autoridad. Era una clase de autoridad que Edward no había encontrado en ningún libro y que resultaba irritantemente eficaz.

Niall MacKinnon, conocido como Niall del Puerto para distinguirlo de media docena de parientes con el mismo nombre, los esperaba junto al almacén de madera. Tenía una pequeña embarcación inclinada sobre un costado y una grieta visible cerca de la quilla.

—Necesito seis tablas —dijo—. Las que guardamos para el muelle.

Fiona examinó el daño.

—Cuatro bastarán.

—Seis.

—Si utiliza seis, añadirá peso donde no lo necesita. Cuatro y una pieza estrecha para la unión.

Niall abrió la boca, volvió a cerrarla y miró hacia Edward.

—El consejo dice que sus órdenes necesitan otra firma.

Varias miradas se volvieron hacia ellos.

Fiona se quedó inmóvil.

Edward vio cómo tensaba la mandíbula. Aquel hombre había pedido su aprobación delante de las mismas personas que, un momento antes, obedecían a Fiona sin necesidad de documentos.

Edward contempló el barco.

—¿Lo utilizará para pescar?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo permanecerá fuera?

—Dos días, si la corriente acompaña.

—¿Y cuánto tardará en repararlo?

—Una jornada.

Edward miró la grieta. Después, las tablas. Fiona ya había calculado todo aquello antes de dar su respuesta.

—La señorita MacKinnon ha dado una orden razonable. No he escuchado ningún motivo para modificarla.

Niall asintió.

—Cuatro tablas y la pieza estrecha.

Se alejó hacia el almacén.

Fiona esperó hasta que nadie pudiera oírlos.

—No necesitaba su permiso.

—No se lo he dado.

—Ha conseguido que pareciera que sí.

—Entonces enfádese con los hombres que necesitaban escuchar mi voz para obedecer la suya.

—Puedo enfadarme con todos. Soy una mujer de muchas capacidades. Y ellos, unos hombres demasiado necios.

Edward se ajustó el guante.