Capítulo 3 #4
Fergus no se lo entregó.
—Es papel MacKinnon.
—Y una prueba —respondió Edward.
—En Eilean Ròs ambas cosas son nuestras.
Fiona le quitó el fragmento a su primo antes de que comenzaran otra discusión.
En la esquina ennegrecida todavía se distinguía una parte de la misma filigrana que aparecía en la correspondencia de sir Alasdair.
Edward la vio.
Fiona también.
—Han empezado a destruir pruebas —dijo él.
Fergus miró de uno a otro.
—¿Cierro el puerto?
—No —respondió Fiona.
Edward habló al mismo tiempo.
—Sí.
Fiona apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Nadie cerrará el puerto.
—Alguien está destruyendo pruebas.
—Y cerrar la isla solo conseguirá asustar a todo el mundo y avisar al culpable de que no sabemos quién es.
Edward la contempló.
—También impedirá que se marche.
—Eilean Ròs no es una prisión.
—En este momento es el lugar donde se encuentra la persona que falsificó su firma.
—Y también viven aquí pescadores que deben salir con la marea, familias que esperan mercancías y hombres que no tienen nada que ver con esto. No paralizaré la isla por una sospecha.
Fergus asintió con aprobación.
Edward no.
—Su lealtad hacia su gente resulta admirable —dijo—. Su prudencia, menos.
Fiona sintió que la rabia le calentaba el rostro.
—No necesito su admiración.
—No se la he ofrecido.
Fergus soltó una breve carcajada.
Edward ni siquiera lo miró.
Tomó el fragmento quemado por una esquina y lo colocó junto al documento falsificado.
—No hablen de esto fuera de esta habitación.
—¿Ahora pretende ordenar también lo que podemos decir? —preguntó Fiona.
—Pretendo evitar que media isla empiece a acusar a la otra media antes del desayuno.
Fergus frunció el ceño.
—Eso lo dijo la vieja esta noche.
—Entonces su abuela y yo hemos alcanzado una conclusión sensata por caminos diferentes.
—No se acostumbre —replicó Fiona.
Los ojos celestes de Edward se detuvieron un instante en ella.
Había reconocido la frase.
No sonrió.
—Alguien ha cometido un error esta noche —continuó—. Quemar estos papeles confirma que teme lo que podamos encontrar. Si difundimos la noticia, no volverá a equivocarse.
Fiona miró el borde ennegrecido.
En eso tenía razón.
Lo cual no significaba que pensara reconocérselo.
—Fergus, no dirás nada —ordenó—. El puerto abrirá como cada mañana. Los barcos saldrán, las tiendas levantarán sus postigos y nadie encerrará a los habitantes de Eilean Ròs en sus propias casas.
—¿Y nosotros? —preguntó Fergus.
—Nos comportaremos como si no hubiéramos encontrado esto.
Edward guardó la autorización falsificada en la carpeta.
—Una representación difícil para los MacKinnon.
Fergus apoyó los nudillos sobre la mesa.
—Podría ayudarte a descubrir lo difíciles que somos.
—Fergus —lo detuvo Fiona.
El pelirrojo dirigió una última mirada hostil a Edward y salió del despacho.
Cuando la puerta se cerró, Fiona recogió el cofre del sello.
—Mañana tengo que visitar el puerto, las casas del extremo norte y el taller de los Fraser. La isla no dejará de necesitarme porque alguien haya quemado unos papeles.
—La acompañaré.
Fiona se volvió.
—No.
—Sir Alasdair ha ordenado que supervise las decisiones relacionadas con la administración.
—Visitar a una viuda cuyo tejado pierde agua no es una decisión administrativa.
—Si usted promete repararlo con dinero de la isla, sí.
—No pienso llevarlo detrás de mí como una institutriz inglesa.
—Me tranquiliza saber que ha comprendido cuál de los dos necesitará vigilancia.
Fiona se acercó hasta quedar frente a él.
—Eilean Ròs no es Eton. Aquí su apellido no conseguirá que las personas se aparten para dejarlo pasar.
Edward inclinó ligeramente la cabeza. Alto, rubio e impecable a pesar de la hora, parecía tan fuera de lugar en aquel despacho como una hoja de acero pulido entre piedras sin tallar.
—No necesito que se aparten —respondió—. Solo necesito observarlas.
—¿Para estudiarnos como animales?
—Los animales suelen ocultar peor sus intenciones.
Fiona apretó las llaves dentro del puño.
—Mañana verá un pueblo, lord Edward. No una lista de sospechosos.
—Eso dependerá de lo que encuentre.
—No encontrará nada que yo no haya visto antes.
—Eso también está por demostrar.
La primera claridad del amanecer empezó a filtrarse por la ventana. Fuera, Eilean Ròs despertaba. Se oyó una puerta abrirse en el patio, el ladrido de un perro y la voz de un hombre que llamaba a otro desde los establos.
La isla continuaba con su vida.
Como si nadie hubiera falsificado el nombre de su heredera.
Como si unas manos desconocidas no acabaran de alimentar el fuego con las pruebas.
Fiona guardó el sello y se dirigió hacia la puerta.
—Salgo dentro de una hora.
—Estaré preparado.
—No era una invitación.
—Tampoco lo espero.
Fiona abrió la puerta.
No confiaba en Edward Hamilton.
Él había declarado delante de todo el consejo que tampoco confiaba en ella.
Y mientras Eilean Ròs despertaba entre humo de turba, redes húmedas y voces en gaélico, alguien dentro de la isla acababa de demostrar que tenía motivos para temer que uno de los dos descubriera la verdad.
Fiona se aseguraría de ser ella.