La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

La noche todavía cubría el mar cuando Fiona entró en el despacho de administración. Llevaba una falda de lana oscura, el tartán sobre los hombros y el cabello recogido en una trenza menos perfecta que la del día anterior. Las llaves de Eilean Ròs colgaban de su cinturón.

Encendió una lámpara.

Colocó sobre la mesa el cofre del sello, varias cartas auténticas y una lista con los nombres de quienes podían entrar en sus habitaciones.

Edward apareció pocos minutos después.

Perfectamente vestido.

Por supuesto.

Llevaba el documento falsificado bajo el brazo y ni una sola señal de haber pasado parte de la noche despierto.

Fiona se apoyó contra la mesa.

—Llega tarde.

Edward sacó el reloj del bolsillo.

—Todavía no ha amanecido.

—Los hombres que quieren decidir mi futuro ya están trabajando. Eso significa que la investigación ha comenzado sin usted.

—Aprende con rapidez.

—Solo cuando el maestro resulta insoportable.

Dejó el sombrero sobre una silla y se acercó al cofre.

No pidió permiso.

—La llave.

Fiona la sostuvo entre dos dedos.

—Podría decir por favor.

—Podría hacerlo.

—¿Y?

—No alteraría su obligación de entregármela.

Fiona dejó la llave sobre la mesa, lejos de su mano.

Edward la recogió sin comentar el gesto.

Examinó la cerradura, abrió el cofre y pasó un dedo enguantado por el borde interior.

—No fue forzada.

—Eso ya lo sabía.

—Entonces la abrió una llave.

—Solo existe esta.

—Eso es lo que todos creen.

—¿Me acusa de mentir?

Edward levantó los ojos.

—Le recuerdo que una llave puede copiarse y una cerradura abrirse sin romperse. No convierta cada observación en una ofensa personal.

—Usted convierte cada frase en una.

—Es una habilidad adquirida.

Fiona tomó una de sus cartas.

Edward extendió la mano al mismo tiempo.

Sus dedos se rozaron.

El contacto fue breve.

Él retiró la mano primero, con una corrección que la irritó más que si hubiera insistido.

Fiona le entregó el papel.

—Mi firma.

Edward colocó la carta junto a la autorización falsa. No necesitó más que unos segundos.

Después levantó ambas hojas hacia la lámpara.

—El documento no procede de su escritorio.

—¿Cómo lo sabe?

Le mostró el borde superior.

—Esta hoja no salió de su escritorio —dijo Edward—. Fue cortada del mismo pliego de papel que utiliza sir Alasdair. Mire el borde: tiene la misma marca irregular.

Fiona se acercó.

Demasiado.

El hombro de Edward rozó el suyo. Él olía a jabón limpio y a esa absurda corrección inglesa que parecía sobrevivir incluso antes del amanecer.

—Mi tío corta así su correspondencia —dijo ella.

Fue hasta un armario y sacó un paquete de cartas privadas de sir Alasdair. Edward comparó los bordes.

Encajaban.

No de forma perfecta, pero lo suficiente.

—El papel salió de su despacho —concluyó Fiona.

—O de su habitación.

—Para conseguirlo, alguien tuvo que entrar allí, venir después a la mía, abrir el cofre, copiar mi firma y saber que yo estaba fuera.

Edward dejó los papeles sobre la mesa.

—No buscamos a un extraño.

—¿A un criado?

—A alguien que puede entrar en las habitaciones del jefe y de la heredera sin que nadie considere necesario detenerlo.

Fiona sintió un frío distinto al de la madrugada.

La casa estaba llena de MacKinnon.

Primos. Consejeros. Personas que habían entrado en su habitación desde que era niña. Hombres que la habían visto crecer y mujeres que conocían cada llave de la casa.

—¿Cree que fue alguien de mi clan?

—La sangre no impide la traición. A veces solo facilita el acceso.

La frase abrió de nuevo una herida que Fiona no había permitido cerrar.

—Usted sabrá mucho de eso.

El rostro de Edward no cambió. Solo inclinó un poco la cabeza; la luz fría de la lámpara endureció la perfección inglesa de sus facciones.

—Guarde el sello. Dentro de una hora hablaré con quienes tuvieron acceso a ambas habitaciones.

—No dará órdenes en mi casa.

—Entonces considérelo una sugerencia que sería imprudente rechazar.

Fiona avanzó.

—Sigue creyendo que puede gobernarlo todo con una frase.

Edward bajó la mirada hacia ella.

Fiona apenas le llegaba al hombro, pero alzó el mentón. La respiración elevó la curva generosa de sus pechos bajo la lana ajustada. Edward mantuvo los ojos en su rostro con una firmeza demasiado deliberada.

—No necesito gobernarlo todo, señorita MacKinnon. Solo aquello que usted convierte innecesariamente en una batalla.

—¿Y yo soy quien convierte esto en una batalla?

—Desde el primer momento.

—Fue usted quien entró en mi isla.

—Por invitación de su jefe.

—Mi tío.

—Por el momento, también su jefe.

La frase encontró el punto exacto.

Fiona sintió el golpe, pero no retrocedió.

—Y usted continúa siendo un invitado al que nadie desea.

—La diferencia es que yo no necesito que me deseen para hacer mi trabajo.

Un puño golpeó la puerta.

Fiona se apartó antes de que Edward pudiera advertir cuánto la había afectado.

Fergus MacKinnon entró sin esperar respuesta. Su barba roja parecía aún más encendida bajo la primera luz gris que empezaba a filtrarse por la ventana. Llevaba hollín en una manga y un trozo de papel quemado entre dos dedos.

—Alguien ha prendido fuego a documentos en el patio de la torre.

Fiona fue hacia él.

—¿Qué documentos?

—No lo sé. La lluvia apagó parte del fuego antes de que terminara el trabajo.

Edward extendió la mano.