Capítulo 3 #2
—Podrías llamar —dijo Fiona.
—Podría hacerlo —respondió la anciana, cerrando la puerta con el pie—. Pero entonces correríamos el riesgo de que no me dejaras entrar.
—Tal vez deseo estar sola.
—Llevas toda la vida deseándolo cada vez que necesitas que alguien se siente contigo.
Dejó la taza sobre la mesa y examinó la habitación.
—Has intentado romper dos cajones.
—Solo uno. El otro ya estaba torcido. No cuenta.
La abuela se instaló junto al fuego sin pedir permiso. Era la madre del difunto padre de Fiona, madre también de sir Alasdair y viuda del antiguo jefe del clan. Consideraba que pedir permiso dentro de aquella casa habría sido una forma de reconocer que ya no le pertenecía.
Fiona tomó la taza.
Whisky caliente con miel.
—¿Quieres emborracharme?
—Quiero que duermas. Si ambas cosas coinciden, no me quejaré.
La anciana miró el tartán abandonado sobre la silla.
—¿Cómo está la señora MacNair?
Fiona parpadeó ante el cambio.
—Sigue gobernando Glenmuir como si Malcolm fuera un mozo especialmente torpe.
—Entonces está sana. ¿Y Morna?
—Continúa llamando niña a Mairi y desconfiando de cualquier caldo que no haya preparado ella.
—Una mujer prudente.
Fiona bebió un sorbo.
—¿Has venido a hablar de las ancianas Sinclair?
—He venido a recordar que aún existen mujeres que han sobrevivido a hombres más tercos que los de esta isla.
—Eso no es difícil.
—No. Pero exige resistencia.
La mirada de la abuela se dirigió al retrato.
—Tu padre tenía esa misma expresión cuando estaba furioso.
Fiona apoyó la taza.
—No estoy furiosa.
—Has pisado durante diez minutos la misma tabla. Esa tabla crujía cuando tu padre era niño. Sé reconocer cuándo alguien la castiga.
Fiona bajó la vista hacia el suelo.
—El consejo me ha tratado como si fuera una inútil.
—El consejo lleva tratándote así desde que comprendió que crecerías.
—Mi tío lo ha permitido.
—Tu tío ha impedido que te apartaran por completo.
—Trayendo a Edward Hamilton.
La abuela juntó las manos sobre el regazo.
—Alasdair sabe que alguien intenta quitarte la isla.
Si encarga la investigación a un MacKinnon, antes del amanecer tendremos diez culpables y ninguna prueba.
El Hamilton es ajeno al clan, sabe leer algo más complicado que una carta y es hijo de un duque.
Cuando firme sus conclusiones, los bancos, los comerciantes y hasta esos necios del consejo tendrán que escucharlo. Por eso está aquí.
—Edward ya me traicionó una vez.
—Quizás.
Fiona la miró.
—¿Quizás?
—No estaba allí.
—Yo sí.
—Estabas herida y furiosa.
—Los documentos que encontró terminaron en manos inglesas.
—Eso no demuestra quién los llevó.
—Hablas como él.
—Dios me libre.
La respuesta fue tan rápida que Fiona estuvo a punto de sonreír.
No lo hizo.
La abuela inclinó la cabeza.
—No me preocupa que odies al Hamilton. Me preocupa que te importe tanto lo que piensa de ti.
—No me importa.
La anciana dirigió los ojos hacia la pared que separaba ambas habitaciones.
—Entonces tendremos que culpar al frío por el color de tus mejillas.
—Abuela.
—No confundas que me divierta verte perder la paciencia con que quiera entregarte a un inglés —dijo su abuela—. Si dependiera de mí, te casarías con un escocés que comprendiera lo que significa llevar la sangre MacKinnon. Pero tampoco soy ciega. Ese Hamilton te altera.
Fiona se quedó inmóvil.
—Lo detesto.
—Una cosa no impide la otra. A tu abuelo quise estrangularlo durante los primeros seis meses —La respuesta dolió de una forma absurda.
La abuela continuó: —Los Sinclair pueden hacer lo que quieran con su casa.
Malcolm se ha casado con una inglesa y solo tiene una hija.
Mairi ha elegido a otro Hamilton, y los médicos dicen que Harriet será su única criatura.
Les queda Ewan para conservar lo que aún quede de las antiguas costumbres, y ese muchacho tiene el juicio de un caballo asustado.
—Audrey ha hecho más por Glenmuir que muchos Sinclair.
—No he dicho lo contrario.
—Y Mairi no es menos escocesa por amar a Douglas.
—Tampoco he dicho eso. He dicho que los clanes cambian cuando dejan entrar otra sangre. A veces sobreviven gracias a ello. Otras veces olvidan quiénes eran.
La abuela tomó la manta y la extendió sobre sus propias rodillas.
—Los MacKinnon somos uno de los pocos clanes puros y auténticos que quedan. Tú no eres una muchacha cualquiera que pueda elegir sin pensar en lo que vendrá después.
—Entonces no soy libre.
—Nunca he conocido a nadie completamente libre.
Fiona desvió la mirada hacia el retrato de sus padres.
—Todos hablan de proteger la isla. Ninguno comprende que pretenden protegerla de mí porque soy una mujer. Si fuera un hombre, nada de esto estaría pasando.
La voz le salió más baja de lo que deseaba.
—Lo sé —respondió la abuela.
La luz del fuego marcó las arrugas profundas de su rostro.
Era una mujer pequeña, casi menuda, pero conservaba la espalda tan recta como cuando había sido la señora de Eilean Ròs.
Llevaba el cabello completamente blanco recogido en una trenza estrecha sobre la nuca, y sus manos, nudosas por la edad, descansaban firmes sobre el bastón.
Fiona había heredado de ella los pómulos altos, la obstinación de la boca y aquella mirada verde oscura que no necesitaba elevarse para intimidar a nadie.
—Me casé con tu abuelo cuando tenía diecisiete años.
Las tierras que mi padre llevó al contrato continuaron bajo mi nombre, pero tu abuelo cobró las rentas, firmó los acuerdos y decidió cuándo podían venderse.
Era un buen hombre. Lo amé durante más de cuarenta años —Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del bastón—.
Eso no impidió que la ley le entregara mi voz.
—¿Te has arrepentido?
—Algunos días.
La honestidad la sorprendió.
—Lo amabas.
—Mucho. Amar a un hombre no convierte en justo todo cuanto ese hombre hace.
Fiona cerró los dedos alrededor de la taza.
—No permitiré que Duncan Campbell se siente en el lugar de mi padre.
—No.
—Ni ningún otro.
—Eso ya lo veremos —Fiona se tensó. La abuela levantó una mano—. No necesitas marido para ser MacKinnon. Pero tampoco conviertas la soledad en una prueba de valor.
—No estoy sola.
—Actúas como si lo estuvieras —La anciana miró otra vez el retrato—.
Tu madre murió antes de que hubieras aprendido a reconocer su voz.
Tu padre la siguió antes de tu quinto invierno.
Te quedaste con Alasdair, mi hijo menor, que hasta entonces solo había criado caballos y hombres armados. Y conmigo.
La garganta de Fiona se cerró.
—Nunca he olvidado lo que hicisteis por mí. Y nunca lo olvidaré.
—Sí lo olvidas, Fiona... sobre todo cuando actúas como si no tuvieras a nadie a tu lado.
—No puedo pedir a mi tío que pelee mis batallas, debo defenderme.
—Alasdair te enseñó a montar antes de que tus pies alcanzaran los estribos.
Lleva esperando esa batalla desde que naciste, aunque tú ahora no lo veas —La anciana señaló la puerta—.
Tavish también está aquí. Su abuela era mi hermana.
Cuando ella murió, ese muchacho llegó a esta casa con seis años, una rodilla ensangrentada y la convicción de que podía vencer a cualquiera que te hiciera llorar.
No es tu hermano, pero intenta serlo desde entonces.
Fiona tragó saliva.
—Todos moriréis algún día.
La frase quedó entre ambas.
La abuela no fingió escandalizarse, sabía que Fiona era una mujer dura.
—Sí.
Fiona levantó los ojos.
—Tú. Mi tío. Tavish. Todos. Y yo me quedaré con una isla que cada hombre del oeste querrá arrancarme de las manos.
—Tú también morirás algún día —replicó la anciana—. Esa no es una razón para vivir como si ya hubiera ocurrido —Se levantó con más lentitud de la que le habría gustado admitir y tomó la manta—. El Hamilton no ha venido a salvarte.
—No. Ha venido a juzgarme.
—Exacto. Es una persona neutral, aprovéchalo.
Fiona recordó la voz fría de Edward ante el consejo.
«No confío en ella».
—Es arrogante.
—Sí.
—Se cree superior a todos los hombres de esta isla.
—Probablemente.
—Considera nuestras costumbres propias de salvajes.
—En ese punto tal vez no esté completamente equivocado. Fergus derramó medio vaso de whisky sobre la mesa.
Fiona frunció el ceño.
—¿De qué lado estás?
—Del mío. A mi edad es el único que merece confianza.
La abuela le colocó la manta alrededor de los hombros. Después apartó de su mejilla un mechón rojo con el mismo gesto que utilizaba cuando Fiona era niña.
—No confíes en Edward Hamilton —Fiona se quedó quieta—. Pero tampoco te vuelvas ciega por el odio.
La anciana se encaminó hacia la puerta.
—¿Por qué pusiste su habitación junto a la mía?
—Porque las demás tienen goteras —Abrió la puerta. Se detuvo—. Y porque quería saber cuál de los dos derribaría primero la pared.
Fiona tomó el cojín que quedaba sobre la cama.
Su abuela ya había desaparecido.
Durante un rato no hizo nada.
Después se sentó ante el retrato de sus padres.
Intentó recordar la voz de su padre y descubrió que solo podía imaginarla a partir de la de sir Alasdair. De su madre conocía el color del cabello, la fragancia que había usado y la historia de las tres noches que sobrevivió después de dar a luz.
Eilean Ròs era lo único que ambos le habían dejado.
No luchaba por sus rentas.
Ni por los bosques.
Ni por la casa de piedra con sus goteras y sus perros entrando en las salas.
Luchaba porque cada rincón de la isla demostraba que había pertenecido a alguien antes de quedarse sola.
Al otro lado de la pared se oyó el roce de una silla.
Edward tampoco dormía.
Fiona miró el muro.
«No me importa con quién se case».
La frase le dolía más de lo razonable.
Luego recordó la forma en que él había bajado los ojos hacia su boca.
«No me tiente».
Aquellas palabras habían significado otra cosa.
O quizás ella necesitaba creerlo para no sentirse como una necia.
Se levantó.
No iba a quedarse allí interpretando silencios ingleses. Edward había anunciado que comenzarían al amanecer.
Fiona llegaría antes esta vez.
Aunque tuviera que esperar dos horas en la oscuridad.