La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Edward Hamilton se quitó la levita y la dejó sobre el respaldo de la única silla que no parecía amenazar con romperse. Después retiró los guantes, alisó el cuero con dos movimientos precisos y los colocó uno junto al otro sobre la mesa.

Al otro lado del muro, una puerta se cerró con violencia.

Edward no levantó la vista.

Había aprendido en Eton que la disciplina no consistía en ignorar una provocación, sino en no permitir que esta modificara un solo gesto. Abrió la carpeta que había llevado a la reunión, extendió las notas y ordenó los documentos por fecha.

Primero, los hechos.

Después, las contradicciones.

Por último, las sospechas.

Fiona MacKinnon no pertenecía a ninguna de aquellas categorías y, por tanto, no debía ocupar espacio alguno en sus pensamientos.

La pluma se detuvo sobre el papel. Todavía sentía su pulso bajo los dedos.

El recuerdo llegó con una precisión irritante: la muñeca de Fiona atrapada en su mano, su cuerpo pequeño y curvilíneo erguido ante él como si la diferencia de estatura fuera una ofensa personal, el aroma a brezo húmedo y rosas silvestres de su cabello.

Y aquel instante en que ella había dejado de forcejear.

Edward introdujo la pluma en el tintero.

Había estado a punto de besarla.

No porque sintiera afecto por ella. Ni porque aquella isla hostil hubiera despertado en él alguna inclinación romántica hacia la última heredera de un clan obsesionado con su propio pasado.

La deseaba.

Era un hecho físico y desagradablemente sencillo.

Los hombres podían desear a una mujer sin imaginarla convertida en esposa. De hecho, Fiona MacKinnon era exactamente la clase de mujer a la que un hombre sensato podía desear una noche y evitar durante el resto de su vida.

Era orgullosa, impulsiva y más propensa a llevar una navaja que a escuchar un argumento hasta el final. Hablaba gaélico cuando quería excluirlo, vestía tartán como si los colores de su clan fueran una armadura y consideraba cualquier muestra de moderación una debilidad inglesa.

No habría durado una semana en los salones donde Edward había crecido.

Probablemente tampoco habría querido hacerlo.

Si algún día se casaba, su esposa sería una mujer capaz de atravesar una cena sin amenazar a otro invitado, arrojar whisky sobre una propuesta o intentar abofetear a un hombre en un corredor.

Fiona era una fuerza que debía controlar. No una mujer con la que compartir una vida.

Aquella conclusión debería haberlo tranquilizado.

No lo hizo.

Edward volvió al documento falsificado y anotó en una hoja separada:

Firma imitada. Sello auténtico. Acceso interno. Beneficio probable: pérdida de autoridad de la heredera.

La punta de la pluma arañó el papel.

Al otro lado de la pared, Fiona habló en gaélico. Una voz femenina más joven respondió y después se oyó el golpe de un cajón.

Edward continuó escribiendo.

Había viajado a Eilean Ròs para descubrir quién falsificaba documentos, no para recordar cómo respiraba Fiona MacKinnon cuando un hombre la sujetaba demasiado cerca.

Abrió el cajón de la mesa para guardar una hoja limpia.

Dentro estaba el pañuelo. El mismo que Fiona había anudado alrededor de su mano en el barco. El lino conservaba una pequeña mancha oscura y el doblado apresurado que ella había hecho con los dedos.

Edward lo miró.

Después cerró el cajón.

La reunión regresó a su memoria con menos peligro, aunque no con menor irritación.

La quaich. El whisky derramado. Fergus MacKinnon interrumpiendo a Campbell como si una negociación matrimonial se pareciera a una disputa en una taberna. Los hombres hablando unos encima de otros. La anciana del clan afilando una navaja mientras decidían el futuro de su nieta.

Sir Alasdair lo había llamado para examinar documentos.

Nadie le había advertido que también tendría que presenciar cómo un grupo de hombres pelirrojos negociaba el destino de una mujer mediante una copa de madera, insultos y una cantidad innecesaria de alcohol.

Tener sangre escocesa no lo obligaba a considerar civilizada cada barbaridad que un clan antiguo decidiera llamar costumbre.

Su padre había nacido en Arran. Edward respetaba aquella sangre, su historia y el orgullo que llevaba aparejado.

Incluso había aceptado sin demasiada resistencia que sus hermanos mayores se casaran con escoceses; al fin y al cabo, los Sinclair eran una casa respetable, con título, tierras y cierta capacidad para distinguir una reunión familiar de una pelea de taberna.

Comparados con los MacKinnon, resultaban casi civilizados. Pero Edward había crecido en Inglaterra bajo la mirada serena de su madre. Había aprendido a distinguir el honor del espectáculo y la tradición de la brutalidad.

Los MacKinnon parecían haber confundido ambas cosas durante siglos.

Fiona, sin embargo, había comprendido perfectamente cómo utilizar aquella ceremonia.

No había gritado.

No había suplicado.

Había dejado que Duncan Campbell revelara, palabra por palabra, que deseaba la isla mucho más que a la mujer. Después había vuelto la copa sobre su nombre y lo había rechazado delante del clan sin permitir que nadie pudiera acusarla de haber quebrantado la tradición.

No había sido valentía.

Edward no estaba dispuesto a concederle una virtud tan cómoda.

Había sido inteligencia.

Y eso resultaba más intrigante.

Campbell pretendía los puertos, las rentas y el asiento principal del consejo. Su interés por Fiona no podía separarse de las tierras que recibiría al casarse con ella. Por tanto, la hostilidad que Edward sentía hacia él era lógica, profesional y completamente ajena a cualquier impulso personal.

Una puerta se abrió al otro lado del muro.

Edward oyó una voz anciana.

Se levantó de la silla y se apartó de la pared.

No quería escuchar. Los muros transmitían el sonido sin pedirlo, pero una conversación familiar continuaba siendo privada. Tomó la autorización falsificada y la acercó a la lámpara.

El papel no era igual al de las cartas firmadas por Fiona. Era de mejor calidad, más grueso. En uno de los bordes había una pequeña irregularidad.

No procedía del escritorio de Fiona. Edward deslizó el dedo por el corte.

Todavía no sabía de dónde había salido. Tampoco necesitaba saberlo aquella noche.

Empezaría antes del amanecer. Si Fiona decidía presentarse a la hora que le complaciera, descubriría que él ya habría terminado la primera parte del trabajo.

Fiona había despedido a su doncella antes de que la joven terminara de soltarle el cabello.

Iseabail MacLeod no era una doncella como las que acompañaban a las damas inglesas.

Era hija de un carpintero de ribera, sabía remendar una falda, trenzar cabellos y destripar un pescado con la misma habilidad.

Había empezado a ayudar a Fiona a vestirse cuando ambas tenían dieciséis años y ninguna de las dos fingía que aquello estableciera una diferencia de rango cuando estaban solas.

Aquella noche, sin embargo, Fiona no deseaba compañía.

—Puedo terminar —dijo, abriendo los botones de su chaqueta.

Iseabail observó el primer cajón torcido, la capa arrojada sobre una silla y el peine que Fiona acababa de dejar caer por segunda vez.

—Claro que puedes.

—No pongas esa cara —la regañó Fiona.

—No he puesto ninguna.

—Todo el mundo en esta isla ha decidido aprender a mentir esta noche —suspiró ella, cansada de todo.

Iseabail recogió el peine.

—¿Incluido el inglés?

Fiona la miró.

La muchacha tuvo el buen juicio de encaminarse hacia la puerta.

—Dormiré cerca. Grita si necesitas algo.

—No voy a gritar.

—Entonces golpea la pared. El inglés parece lo bastante alto para oírlo.

Fiona tomó un cojín y se lo lanzó.

Iseabail cerró la puerta antes de que la alcanzara.

La habitación quedó en silencio.

No por mucho tiempo.

Fiona terminó de quitarse la chaqueta y la dejó sobre una vieja silla de madera. Se soltó la trenza con movimientos bruscos. El cabello rojo cayó sobre sus hombros y su espalda, demasiado pesado para la paciencia que le quedaba.

Duncan Campbell había intentado comprarla delante de su familia.

El consejo había limitado su autoridad durante treinta días.

Su propio tío la había obligado a someter cada decisión importante a la revisión de Edward Hamilton, un inglés educado y formado para buscar fallos en cuentas y hacer de intermediario con la Corona.

Su tío solo buscaba no hundirse, ella lo veía como una afrenta.

Edward había dicho delante de todos que no confiaba en ella.

Aquella palabra era la que más le dolía.

No porque necesitara su confianza.

No porque le importara lo que él pensara.

Solo porque llevaba años soportando que los hombres de Eilean Ròs la miraran como si cada error demostrara que una mujer no debía gobernar.

Había aprendido las cuentas, los contratos, los nombres de los arrendatarios, las mareas, las rutas de los barcos y el estado de cada tejado de la isla.

Había hecho el trabajo de tres hombres para que le reconocieran la mitad de la autoridad de uno.

Y Edward había entrado en la sala, se había sentado con aquella frialdad inglesa y había pronunciado una sola palabra capaz de reducir años de esfuerzo a una duda.

«No».

No confiaba en ella.

Pero había sido el único en impedir que utilizaran su antiguo informe para llamarla ladrona.

Fiona odiaba que ambas cosas fueran ciertas.

Se acercó a la ventana. El mar se distinguía más allá del cristal, una oscuridad viva bajo la luna.

En el alféizar descansaban varias conchas que había recogido de niña.

Su padre le había enseñado a distinguirlas, o eso le habían contado.

Fiona solo conservaba un recuerdo incierto de una mano masculina cerrándose alrededor de la suya.

Junto a la cama había una vieja manta MacKinnon, áspera y pesada. Sobre la cómoda descansaba la navaja de su padre, guardada en una funda oscura. Y, al lado, un pequeño retrato de sus padres.

Su madre tenía los ojos verdes.

Su padre sonreía.

Fiona no recordaba ninguno de los dos gestos en movimiento.

La puerta se abrió sin llamar.

La abuela MacKinnon entró con una vela en una mano, una taza humeante en la otra y otra manta doblada sobre el brazo.