La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 2 #3
9%

Capítulo 2 #3

—En esta casa, «nadie» suele significar media familia.

Edward miró a sir Alasdair.

—Nadie abandona Eilean Ròs hasta que sepamos quién utilizó este sello.

Gillean golpeó la mesa con el puño.

—Usted no gobierna esta isla.

—No. Pero mientras mi nombre figure en esta investigación, tampoco permitiré que la gobierne un ladrón.

—No tiene autoridad para encerrar a mi gente —dijo Fiona.

Edward advirtió que no había dicho  a mí . Ni una sola vez. La estaban acusando, humillando y despojando de su autoridad, pero ella seguía preocupada antes por Eilean Ròs que por sí misma.

Sir Alasdair golpeó el suelo con el bastón.

—Basta —La sala guardó silencio—. Durante los próximos treinta días, Fiona recuperará la administración diaria.

Las decisiones sobre el puerto, las tierras y las rentas deberán llevar también la firma de lord Edward.

Ambos investigarán la falsificación. Nadie sacará documentos ni abandonará la isla sin informar al consejo.

Fiona volvió el rostro hacia su tío.

—No trabajaré con él.

—Entonces entrega las llaves esta misma noche —El fuego crujió.

Fiona no respondió. No podía. Sir Alasdair continuó: —Las propuestas matrimoniales quedan suspendidas, no anuladas.

Si dentro de treinta días no has demostrado que alguien pretende incriminarte, el consejo nombrará un esposo para ti y otro administrador.

La mano de Fiona se cerró sobre el respaldo de la silla.

Edward no sintió satisfacción.

Solo una certeza incómoda: alguien había previsto exactamente aquella situación.

—Comenzaremos al amanecer —dijo.

Fiona lo miró con un odio perfectamente limpio.

—Yo comienzo cuando me place.

—Por eso siempre llego antes que usted.

Tavish cerró los ojos, mientras la abuela MacKinnon esbozaba una sonrisa sin alegría. La reunión terminó poco después, pero la tensión no se disolvió con ella.

Edward avanzaba por el pasillo hacia la habitación azul, erguido y distante, cuando reconoció los pasos de Fiona a su espalda.

No se detuvo. Ella aceleró, le aferró el brazo y lo obligó a girarse.

Edward bajó la mirada hacia los dedos que lo sujetaban antes de alzarla despacio hasta su rostro, con una frialdad tan impecable que solo hizo más evidente la cercanía entre ambos.

Fiona no lo soltó. Y durante un instante ninguno pareció recordar que se detestaban.

Después levantó los ojos.

—¿Ha disfrutado humillándome, milord?

—Si hubiera querido humillarla, señorita MacKinnon, no tendría dudas al respecto.

—Ha dicho delante de todos que no confía en mí.

—No confío en usted.

—Entonces ¿por qué corrigió al consejo?

—Porque estaban equivocados. No confunda exactitud con lealtad.

Fiona lo soltó como si tocarlo le resultara ofensivo.

—Ha regresado para terminar lo que empezó hace tres años.

Edward avanzó un paso.

Ella no retrocedió. Era baja junto a él, de curvas generosas y pechos abundantes que la chaqueta de tartán apenas conseguía contener, pero levantó el mentón con una seguridad capaz de borrar la diferencia de estatura.

Edward mantuvo la mirada en sus ojos. Descenderla habría significado admitir que aquella cercanía lo afectaba.

—Hace tres años cometí muchos errores.

—Y ahora ha vuelto a repetirlos.

—No. Ahora sé exactamente a quién puedo herir.

Algo cambió en los ojos de Fiona. Por primera vez, no pareció saber si acababa de escuchar una amenaza o una confesión.

—¿Por qué le importó que Campbell me ofreciera matrimonio?

Edward sintió la pregunta en un lugar que no estaba dispuesto a examinar.

La mandíbula se le tensó un poco mientras inclinaba la cabeza, un gesto frío que volvía aún más atractivas sus facciones inglesas, su rostro pálido y su pelo rubio.

—No me importa con quién se case —La mentira fue impecable. Fiona la creyó—. Me importa quién gobernará Eilean Ròs cuando usted lo haga —añadió.

La bofetada llegó deprisa.

Edward le sujetó la muñeca antes de que su palma alcanzara su rostro.

No apretó. No necesitaba hacerlo.

Fiona quedó frente a él, con la respiración agitada y los ojos verdes encendidos.

—Suélteme.

—Cuando deje de intentar pegarme.

—Entonces tendrá que sostenerme toda la noche.

Edward miró su boca.

Fue un error.

La distancia entre ambos se redujo hasta convertirse en algo que ya no pertenecía a una discusión. Edward notó el pulso de Fiona bajo sus dedos, el aroma a brezo húmedo y rosas silvestres de su cabello, y la curva cálida de su cuerpo apenas separada del suyo.

—No me tiente —dijo él, en un susurro grave.

El pasillo quedó en silencio.

Fiona dejó de forcejear.

Edward la soltó de inmediato.

Retrocedió un paso y recuperó la expresión fría que lo caracterizaba.

—Al amanecer, señorita MacKinnon.

Entró en la habitación azul y cerró la puerta.

Un instante después, la puerta contigua se cerró con un golpe brusco.

Edward permaneció inmóvil junto a la pared, escuchando los pasos de Fiona al otro lado.

Duncan Campbell deseaba Eilean Ròs.

Edward se dijo que aquello era lo único que le molestaba como investigador inglés.

La mujer que respiraba al otro lado de la pared no tenía nada que ver con ello.