La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Ofrezco tres embarcaciones, hombres suficientes para proteger el puerto y acceso a las rutas comerciales de mi familia. Pagaré las reparaciones del embarcadero y asumiré las obligaciones que los MacKinnon no puedan cubrir antes del invierno.

Fiona permaneció inmóvil.

—Qué generoso.

—No es generosidad. Es una alianza.

—¿Y qué obtiene usted?

Duncan sonrió.

—Su mano.

—No le he preguntado qué palabra utilizará para ocultarlo.

La sonrisa se debilitó.

—Obtendría una esposa, herederos y una unión entre dos casas antiguas. Usted conservaría su hogar y la posición que le corresponde.

Fiona se acercó a la mesa.

—¿Quién firmaría los contratos del puerto?

—Yo, naturalmente —contestó Campbell como si hubiera recibido un insulto a su hombría.

—¿Quién hablaría en nombre de Eilean Ròs ante los comerciantes y los bancos?

—La costumbre exige que lo haga el esposo.

—¿Quién ocuparía el asiento principal del consejo cuando mi tío muriera?

—Fiona —advirtió sir Alasdair.

Ella no lo miró.

Duncan dejó la quaich sobre la mesa.

—Yo lo ocuparía.

—¿Y qué haría yo?

—Sería la señora de esta casa y la madre de mis herederos.

El silencio se volvió incómodo para todos los MacKinnon.

Edward no alteró la expresión.

Aquella ceremonia era absurda. Una reliquia propia de hombres que preferían confiar el destino de una heredera a una copa de whisky antes que a un contrato redactado con sensatez.

La abuela MacKinnon empujó la quaich hacia Fiona.

—Si bebes, comienzan las negociaciones. Si dejas la copa, terminan. Si la vuelves boca abajo, Campbell no podrá presentar de nuevo su nombre ante este consejo.

Duncan miró a Fiona con seguridad.

Edward mantuvo las manos sobre la mesa.

No le importaba si bebía.

No tenía ningún derecho a importarle.

Fiona tomó la quaich.

Durante un instante la sostuvo entre ambas manos. El whisky tembló bajo la luz de la lámpara.

Edward descubrió que había dejado de respirar, a pesar de no importarle.

Fiona volvió la copa boca abajo sobre la propuesta escrita de Campbell.

Una sola gota descendió por la madera y cayó sobre su nombre.

—No desea mi mano, Campbell. Desea que Eilean Ròs abra sus puertas y cierre mi boca.

La abuela recogió su navaja.

—La copa ha hablado.

Duncan no perdió el control. Era demasiado inteligente para eso. Sin embargo, el color le subió lentamente por el cuello.

Su mirada encontró la de Edward.

Había una acusación en ella.

Edward la recibió sin interés aparente.

—La insolencia no reparará el puerto —dijo el viejo Gillean MacKinnon.

Fiona se sentó por fin.

—Tampoco lo hará venderme.

—Nadie te está vendiendo —replicó sir Alasdair—. Pero esta isla no sobrevivirá solo con orgullo.

—Mi orgullo no ha vaciado nuestras arcas.

—No —intervino uno de los consejeros—. Pero su administración sí.

Tavish dejó de apoyarse contra la pared.

El cambio fue pequeño, pero Edward lo percibió. El joven que había bromeado en el barco desapareció. En su lugar quedó un MacKinnon dispuesto a defender a su sangre.

—Tenga cuidado —dijo Tavish.

Gillean MacKinnon permanecía a la derecha de sir Alasdair.

Era un hombre alto y seco, con el cabello blanco recogido en la nuca y un rostro afilado por el viento de la isla.

Una cicatriz le cruzaba la mandíbula y sus ojos oscuros tenían la dureza de quien había enterrado demasiados hombres para dejarse impresionar por uno más.

El bastón con cabeza de lobo descansaba entre sus manos, no como apoyo, sino como recordatorio de su rango. Gillean levantó una mano.

—Existen nuevas irregularidades. Algunos comerciantes se niegan a reconocer documentos firmados únicamente por Fiona. Mientras no sepamos qué ha ocurrido, el consejo no devolverá toda la administración a una mujer cuya gestión ya fue cuestionada una vez.

—Un matrimonio no solucionaría el problema —respondió Fiona—. Solo lo escondería debajo del nombre de mi marido.

El consejero volvió la mirada hacia Edward.

—El propio informe de lord Edward demostró que ocultó documentos.

Edward permaneció sentado.

—No utilice mi nombre para defender una conclusión que yo no he alcanzado.

—Su informe hablaba de libros contradictorios.

—Demostré que existían documentos contradictorios. No demostré que la señorita MacKinnon robara una sola moneda. Aprenda la diferencia antes de volver a citarme.

Fiona lo miró.

Edward no le devolvió la mirada.

Gillean se inclinó sobre la mesa.

—¿Confía en ella, lord Edward?

—No.

La palabra cayó limpia y dura.

Edward vio cómo Fiona levantaba la barbilla. El golpe había llegado, aunque su rostro se negara a admitirlo.

—Tampoco confío en usted —continuó—, ni en Campbell ni en ninguno de los hombres sentados en esta sala. Alguien obtiene un beneficio de la caída de la heredera. Hasta que descubra quién, todos son sospechosos.

—Esta es una cuestión entre escoceses —dijo Duncan Campbell—. ¿Qué pinta aquí un inglés salido de Eton? ¿Ha venido a observarnos, tomar notas y regresar a Londres para explicar cómo viven los salvajes?

Edward giró la cabeza hacia él con una frialdad calculada.

—He venido porque sir Alasdair solicitó que revisara sus documentos.

—Ya nos estudió una vez —replicó Duncan—. Como si esta isla fuera una jaula y sus habitantes animales que debieran ser clasificados.

Edward sostuvo su mirada como si Duncan fuera un parásito.

—Si no quieren sentirse observados, deberían dejar de ofrecerme motivos para hacerlo.

Duncan apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No necesitamos al hijo de un duque juzgando nuestras costumbres.

—Entonces deje de utilizar una costumbre antigua para ocultar una compra.

El rostro de Duncan se endureció y se puso de pie.

—Cuide sus palabras, Hamilton.

Edward permaneció sentado unos segundos más, obligándolo a esperar. Después se puso en pie con absoluta tranquilidad.

—Siempre lo hago. Por eso suelen doler más.

Al levantarse, superó a Duncan en varios centímetros. Campbell era ancho y compacto, con el cuerpo sólido de un hombre acostumbrado a imponerse mediante la fuerza. Edward, en cambio, era alto y delgado, de hombros rectos y extremidades largas, más parecido a una espada que a un martillo.

No poseía la corpulencia de Douglas ni la rudeza masculina de su padre.

La sangre Hamilton se reconocía en la firmeza de su mandíbula, en su estatura y en aquella forma natural de ocupar el espacio sin pedir permiso.

Pero el cabello rubio, los ojos celestes y la perfección casi fría de sus facciones pertenecían a su madre inglesa.

Era una belleza distinta a la de su hermano mayor. Menos salvaje. Más refinada. Y no por ello menos peligrosa.

Duncan parecía un hombre preparado para iniciar una pelea.

Edward parecía uno que ya conocía el resultado.

Durante un instante no hubo Eton, ni levita inglesa, ni pronunciación refinada.

Solo sangre Hamilton.

Fiona lo observaba.

Aquello debería haberle resultado indiferente.

No lo fue.

—Siéntense los dos —ordenó sir Alasdair—. No convertiré mi sala del consejo en un establo por una mujer que no desea a ninguno.

La abuela MacKinnon soltó una risa seca.

Duncan regresó a su sitio.

Edward hizo lo mismo.

Gillean sacó entonces un documento de una carpeta de cuero y lo colocó sobre la mesa.

—Esto llegó hace tres días.

Era una autorización para extraer madera del bosque de Cnoc Dubh y venderla a una firma de Glasgow. Llevaba el sello MacKinnon y la firma de Fiona.

Ella tomó el papel.

Su rostro perdió el color.

—Yo no firmé esto.

—El sello estaba bajo su custodia —dijo Gillean.

—Yo estaba en Glenmuir en esta fecha.

—Eso no impide que dejara la autorización preparada.

Duncan apoyó una mano sobre la mesa.

—Si reconsiderara mi propuesta, podría impedir que este asunto llegara más lejos. Mis abogados...

—Prefiero que me acusen de ladrona antes que convertirme en su esposa —lo cortó Fiona.

Edward extendió la mano.

—El documento.

Ella no se lo entregó inmediatamente.

—¿Para que escriba otro informe?

—Entréguemelo. Mi responsabilidad es establecer quién lo firmó, no convencerla de nada.

Fiona dejó el papel frente a él.

Edward estudió la firma. Era casi perfecta. Casi.

La última curva de la ene descendía en dirección contraria a la que Fiona utilizaba. La impresión del sello era demasiado profunda en el borde izquierdo, como si quien lo había presionado hubiera intentado compensar una mano insegura.

—Esto no lo firmó ella.

Las voces estallaron alrededor de la mesa.

Gillean exigió silencio. Uno de los consejeros acusó a los criados. Tavish preguntó quién había entrado en la habitación de Fiona. Duncan empezó a hablar de un hombre comprado desde el continente.

Fergus MacKinnon golpeó la mesa con una mano enorme.

—Basta de buscar extranjeros debajo de cada piedra. Para usar ese sello, alguien tuvo que entrar en esta casa, conocer las habitaciones y saber cuándo Fiona estaba fuera.

Duncan volvió el rostro hacia él.

—Un hombre puede comprar esa información.

—Y un Campbell puede inventarla cuando le conviene —replicó Fergus.

Varias voces se alzaron al mismo tiempo.

Fergus señaló el documento con un dedo grueso.

—La muchacha nació entre estos muros. Si alguien ha copiado su firma y tocado el sello de los MacKinnon, quiero saber qué rata de nuestra propia casa le abrió la puerta.

Edward no participó en el alboroto.

Dejó el documento sobre la mesa con cuidado, alineó sus bordes con la carpeta de cuero y esperó.

No levantó la voz. No pidió silencio.

Se limitó a observarlos con aquella quietud fría y educada que resultaba más incómoda que cualquier golpe.

Uno tras otro, los hombres fueron callando.

Solo entonces Edward habló.

—Ahora que todos han terminado de acusar sin pruebas, quizás podamos ocuparnos del documento. ¿Quién podía acceder al sello?

—Estaba en mi dormitorio —respondió Fiona.

—¿Bajo llave?

—Sí.

—¿Quién tenía una copia?

—Nadie.

La abuela MacKinnon dejó de afilar la navaja.