La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Edward Hamilton había pasado tres años sin escuchar la voz de Fiona MacKinnon.

Una pared de piedra demasiado delgada estaba a punto de demostrarle que la distancia no había servido de nada.

La habitación azul ocupaba el extremo oriental de la residencia, donde el viento golpeaba los cristales con una insistencia capaz de volver loco a un hombre menos disciplinado.

El papel de las paredes, descolorido y levantado en algunos bordes por la humedad, debía de haber sido azul en otro tiempo.

La alfombra estaba gastada cerca de la chimenea, las cortinas olían vagamente a humo de turba y el dosel de la cama se inclinaba hacia la izquierda como si también él se hubiera cansado de resistir el clima de Eilean Ròs.

Edward había dormido en habitaciones peores.

La diferencia era que nunca había tenido a Fiona al otro lado de la pared.

Una criada le había dejado una bandeja con pan oscuro, carne fría y una copa de whisky sin preocuparse por preguntar si prefería vino. Edward apenas había tocado la comida. Permanecía sentado junto a una mesa pequeña, retirando el vendaje improvisado de su mano.

El pañuelo de lino conservaba una mancha rojiza en el centro y el nudo demasiado apretado que Fiona había hecho a bordo.

Habría sido sencillo dejarlo sobre la bandeja para que una criada se encargara de lavarlo. Un gesto razonable. Limpio. Sin significado.

Edward lo dobló.

Lo dejó sobre la mesa.

Volvió a cogerlo y lo guardó en el primer cajón que encontró.

Después cerró el cajón con más fuerza de la necesaria.

Aquello no era sentimentalismo. Era un pañuelo de buena calidad y no tenía sentido desperdiciarlo. Su madre habría desaprobado semejante negligencia doméstica.

Al otro lado de la pared, algo cayó con estrépito.

Una voz femenina respondió en gaélico. Rápida, furiosa y lo bastante clara para que Edward no necesitara conocer cada palabra. Una criada murmuró algo. Fiona contestó con una frase más breve.

Luego comenzaron los pasos.

De un lado a otro.

Edward envolvió su palma con una tira limpia. Podía imaginarla caminando por la habitación con la mandíbula tensa, preparándose para enfrentarse a un consejo que pretendía administrar su futuro como si ella fuera una parcela más de Eilean Ròs.

No era asunto suyo.

Ni Fiona.

Ni el consejo.

Ni el hombre con quien decidieran casarla.

Edward apretó el vendaje con los dientes y recordó, contra su voluntad, la cintura de Fiona bajo su brazo en el barco.

El peso firme de su cuerpo contra el suyo.

El calor que había atravesado la lana del tartán.

La manera en que sus ojos verdes habían descendido hacia su boca durante un segundo que ninguno de los dos había tenido la honestidad de reconocer.

Tres años atrás tampoco se habían besado.

A veces, la memoria poseía una desagradable inclinación a convertir lo que no había ocurrido en algo mucho más difícil de olvidar.

Una campana resonó en la casa.

Los pasos al otro lado de la pared se detuvieron.

Edward se puso en pie, se colocó la levita y comprobó que el vendaje quedara oculto bajo el guante. Cuando salió al corredor, la puerta contigua se abrió al mismo tiempo.

Fiona apareció vestida para la guerra.

Llevaba una falda del tartán verde y azul de los MacKinnon, botas oscuras y una chaqueta ajustada sin más adorno que un broche de plata en forma de lobo. Se había recogido el cabello rojo en una trenza que le caía por la espalda y una pequeña navaja colgaba de su cinturón.

No parecía una dama que acudiera a discutir una propuesta matrimonial.

Parecía una heredera que iba a recuperar una fortaleza.

La mirada de Fiona descendió hasta el guante de Edward.

—¿Sigue teniendo la mano?

—Por el momento.

—Qué alivio. Habría sido incómodo explicar al duque de Hamilton que su hijo no sobrevivió a una cuerda.

—Mi padre estaría más preocupado por la cuerda.

Fiona cerró la puerta de su habitación.

—La reunión todavía no ha empezado.

—Los hombres que quieren decidir su futuro ya están sentados. Eso significa que ha empezado sin usted.

—No necesito consejos de un inglés.

—No. Necesita llegar antes que sus enemigos.

Los ojos de Fiona se estrecharon.

Edward empezó a andar.

Ella lo alcanzó dos pasos después.

El pasillo era demasiado estrecho para que caminaran uno junto al otro sin rozarse. Sus hombros se tocaron al doblar una esquina. Fiona no se apartó.

Edward tampoco.

La casa MacKinnon no se parecía a ninguna residencia aristocrática que hubiera conocido en Inglaterra.

No había mármol ni cuadros elegidos para impresionar a los visitantes.

Las piedras permanecían desnudas en muchos tramos; viejos escudos se alineaban sobre las puertas y las espadas de hombres muertos colgaban junto a tapices oscurecidos por generaciones de humo.

Dos perros salieron de una escalera lateral y pasaron entre ellos sin que nadie intentara impedirlo. Cerca de la cocina, varias capas de tartán húmedo se secaban frente a un fuego. En algún lugar de la planta baja, dos hombres discutían en gaélico y un tercero golpeó una mesa para hacerse oír.

Fiona no había exagerado.

Eilean Ròs no era una casa levantada en Escocia.

Era Escocia antes de que Inglaterra intentara enseñarle modales.

La sala del consejo ocupaba la parte más antigua de la residencia.

Una gran chimenea dominaba uno de los muros y el fuego proyectaba sombras sobre lanzas, escudos y un estandarte MacKinnon cuyo lobo plateado se había vuelto casi negro con los años.

La mesa central estaba marcada por cuchillos, vasos y discusiones que debían de haber comenzado mucho antes del nacimiento de cualquiera de los presentes.

Sir Alasdair ocupaba una silla de madera junto al fuego, con la pierna inmovilizada sobre un taburete y el bastón apoyado contra el brazo. La herida no había debilitado su autoridad. Si acaso, lo había vuelto más impaciente.

Gillean se encontraba a su derecha. Donncha permanecía en un banco, con ambas manos cruzadas sobre su bastón de avellano. Tavish esperaba detrás de una silla vacía.

La abuela de Fiona estaba sentada junto a la chimenea, afilando una navaja pequeña sobre una piedra.

Nadie parecía considerar extraño que estuviera allí.

Edward tampoco preguntó.

El último hombre de la sala no era un MacKinnon.

Tendría algo más de treinta años, cabello oscuro, hombros sólidos y un tartán Campbell de lana costosa.

Era atractivo del modo deliberado de los hombres que habían aprendido pronto que una sonrisa podía abrir puertas.

Permanecía sentado como si no fuera un invitado, sino alguien que ya evaluaba qué muebles conservaría cuando aquella casa le perteneciera.

Fiona se detuvo.

—¿Qué hace él aquí?

El desconocido se levantó.

—Señorita MacKinnon.

—Campbell.

No había título ni bienvenida en su voz.

Duncan Campbell inclinó la cabeza.

—Me alegra comprobar que el viaje no ha alterado su temperamento.

—Y a mí que la viudez no haya mejorado el suyo.

Tavish no ocultó su risa.

Edward ocupó el asiento que le habían reservado sin apartar los ojos de Campbell. El hombre había mirado a Fiona con familiaridad, pero no con afecto. Había posesión en aquella mirada.

Una valoración.

Como la que dedicaría a un caballo antes de una compra importante.

—Siéntate —ordenó sir Alasdair a su sobrina—. Llevamos demasiado tiempo esperándote.

—No sabía que también esperábamos a Campbell.

—El señor Campbell ha pedido presentar una propuesta ante la Maid of Eilean Ròs —explicó Gillean.

—Ya he rechazado su propuesta.

—Rechazó una carta —replicó Duncan Campbell—. No me había escuchado.

—No necesitaba oír su voz para comprender sus intenciones.

La anciana MacKinnon dejó la navaja sobre su regazo.

Después se inclinó hacia un pequeño arcón y sacó una copa baja de madera oscura, ceñida por dos bandas de plata. Tenía dos asas y el lobo del clan grabado en una de ellas. La madera estaba arañada, oscurecida por el uso y pulida en los bordes por manos que llevaban siglos muertas.

La abuela la colocó en el centro de la mesa.

—Antes de hablar de matrimonio, se cumple la costumbre.

Fiona no se sentó.

—No he permitido que se hable de matrimonio.

La anciana levantó los ojos.

—Precisamente por eso existe la copa.

Fergus MacKinnon se levantó de uno de los bancos.

Era un hombre enorme, de barba roja y espesa, hombros demasiado anchos para la chaqueta de tartán verde y azul y manos que parecían más acostumbradas a cerrar un puño que a sostener una pluma.

Edward había contado al menos seis MacKinnon pelirrojos desde que entró en la sala y empezaba a sospechar que la isla los producía en la misma cantidad que el viento y la turba.

Fergus tomó la botella de whisky y llenó la quaich hasta el borde, derramando parte del licor sobre la mesa.

—Bebe de una vez, Campbell —gruñó—. No hemos venido a contemplar cómo admiras la copa.

Duncan le dirigió una mirada tensa.

—Conozco la costumbre.

—Entonces tardas demasiado.

Varias risas ásperas recorrieron los bancos. Uno de los hombres golpeó la madera con los nudillos; otro soltó una frase en gaélico que hizo sonreír a Tavish y fruncir el ceño a Gillean.

Edward permaneció inmóvil.

Sir Alasdair lo había llamado para examinar unos documentos. Nadie le había advertido que, además de revisar cuentas, tendría que presenciar cómo una docena de MacKinnon pelirrojos decidía un matrimonio entre whisky derramado, insultos y una copa que parecía haber sobrevivido a varias guerras.

En cualquier salón inglés, aquello habría sido considerado una representación salvaje.

En Eilean Ròs, era evidente que se trataba de una ceremonia solemne.

Fergus empujó la quaich hacia Duncan con dos dedos.

—Bebe y di qué ofreces. Y procura que sea mejor que tu cara.

Edward conocía las quaich. Había visto algunas encerradas en vitrinas de coleccionistas ingleses, tratadas como objetos curiosos de un país antiguo.

Aquella no era una curiosidad.

Era una sentencia que todavía no había sido pronunciada.

Duncan tomó la copa por ambas asas y bebió. Después la sostuvo frente a sí.