La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Hemos hecho una lista.

La otra levantó un segundo cuaderno.

—Dos.

—¿De qué?

—Tejados, redes, ovejas y hombres necios.

—Los hombres ocupan casi todo el segundo cuaderno —aclaró su hermana.

Fiona preguntó a Morag por la tos del niño, a Donncha por su rodilla y a las Fraser por el tejado de su madre. Escuchó tres quejas al mismo tiempo, dio dos órdenes y prometió visitar las casas del extremo norte antes de que terminara la semana.

Solo entonces reparó en que los hombres del consejo no se habían acercado a ella.

Se habían acercado a Edward.

Gillean MacKinnon, el mayor de ellos, avanzó apoyado en un bastón rematado con la cabeza de un lobo. Tenía el cabello blanco recogido en la nuca, el rostro tallado por el viento y unos ojos oscuros que no habían aprendido a bajar ante nadie.

Ni siquiera ante la heredera.

Inclinó la cabeza ante Edward con una cortesía que jamás había considerado necesaria ante Fiona.

—Lord Edward. Sir Alasdair agradece que haya aceptado venir.

La humillación fue pequeña, pública y perfectamente deliberada.

Edward miró primero a Gillean.

Después a Fiona.

—Sir Alasdair pidió mi ayuda.

—Y el consejo decidirá esta noche en qué términos podrá ofrecerla —respondió Gillean—.

Revisaremos la situación de la isla, la incapacidad temporal del jefe y las condiciones bajo las que lady Fiona podrá volver a administrar.

También discutiremos la conveniencia de que escoja esposo antes de que Eilean Ròs quede sin un hombre que la gobierne.

Las voces del muelle se apagaron.

Fiona avanzó.

—Eilean Ròs no necesita marido.

Gillean apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Eilean Ròs necesita continuidad.

—La tiene.

—Tiene una heredera sin esposo, demasiados acreedores y cuatro hombres dispuestos a unir su casa a la nuestra.

—Cuatro hombres dispuestos a devorarla.

—Una alianza no es una derrota.

—Lo es cuando la firma una mujer a la que pretenden borrar del documento.

Los ojos de Gillean se estrecharon.

—Una mujer no conserva sola durante mucho tiempo unas tierras que tantos hombres desean.

—Entonces esos hombres deberían aprender a desear cosas que puedan obtener.

—No convierta esto en otra demostración de orgullo.

—Mi orgullo no ha vendido una sola piedra de esta isla.

—Todavía.

Fiona sintió el impulso de arrancarle el bastón y lanzarlo al agua.

No lo hizo.

Una líder no siempre podía permitirse las satisfacciones de una MacKinnon.

Edward habló a su espalda.

—Eilean Ròs ya tiene una heredera.

Todos lo miraron.

Gillean también.

—Heredar no es gobernar, lord Edward. La reunión será después de la cena. Por orden de sir Alasdair, lord Edward se alojará en la casa, tendrá acceso a los archivos y trabajará cada día en el despacho de administración.

La residencia MacKinnon estaba más fría de lo que Fiona recordaba y olía a turba, piedra húmeda y hogar.

Apenas cruzaron el vestíbulo, su abuela apareció con un manojo de llaves colgado de la cintura. Era una mujer pequeña, de espalda recta y cabello blanco recogido en una trenza tan severa como su expresión.

La abuela MacKinnon no caminaba.

Avanzaba como si cada piedra de la casa le debiera obediencia.

Miró primero a Fiona.

—Has tardado.

—Eso parece pensar todo el mundo.

Después examinó a Edward.

—El Hamilton, otra vez.

—Espero no ser una decepción —respondió él.

—La última vez fue usted una desgracia.

Edward inclinó la cabeza, aceptando el golpe.

—Intentaré mejorar.

La anciana soltó un sonido que podría haber sido una risa.

—La habitación azul está preparada para lord Edward.

Fiona se detuvo.

—La habitación azul está junto a la mía.

—Lo sé. No soy ciega.

—Hay otras habitaciones.

—Con goteras.

—A él le vendría bien una.

—No pienso explicarle a un duque que su hijo se ha ahogado en una cama.

Edward entregó el sombrero a un criado.

—Agradezco su preocupación.

La abuela MacKinnon lo miró con frialdad.

—No era preocupación. No quiero que los Hamilton reclamen la casa como compensación.

Tavish bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

—Abuela —advirtió Fiona.

—¿Qué? —La anciana volvió a mirar a Edward—. Es más ancho que la última vez.

Fiona cerró los ojos.

—Abuela.

—Vieja, no ciega.

Edward no se inmutó.

Eso la enfureció más que cualquier provocación, parecía que nada podía alterarlo.

—Parece que tendremos tiempo para resolver nuestros desacuerdos —dijo él.

Fiona se giró hacia Edward.

—No tenemos desacuerdos. Yo sé que me traicionó y usted todavía no ha aceptado que lo sé.

Edward se acercó.

No demasiado.

Lo suficiente para que su abuela encontrara de pronto gran interés en las llaves, Tavish mirara hacia la escalera y Fiona percibiera el calor de su cuerpo bajo el abrigo oscuro.

La voz de Edward descendió hasta quedar solo entre los dos.

—Entonces será mejor que se prepare para descubrir que ha odiado durante tres años al hombre equivocado.

Fiona lo miró fijamente a los ojos.

Había jurado convertir la estancia de Edward Hamilton en un infierno.

Lo que no había previsto era que el infierno tuviera el cabello rubio, modales ingleses y la habitación contigua a la suya.