Capítulo 1 #2
—¿Por qué piensa el consejo que su matrimonio solucionará algo?
Fiona lo miró fijamente.
Durante unos instantes sintió el impulso de no responder. De dejar que siguiera creyendo que casarse era una elección privada, un asunto de afecto, deseo y promesas pronunciadas bajo la luz de las velas.
Los hombres podían permitirse pensar así.
—Porque el hombre que se case conmigo gobernará Eilean Ròs.
La quietud de Edward cambió.
Fue mínimo. Un endurecimiento de la boca. Un brillo más frío en los ojos.
—Usted es la heredera.
—Precisamente.
—Las tierras deberían continuar siendo suyas.
—En el papel, quizás. En la práctica, mi esposo administraría los puertos, firmaría los contratos y hablaría en nombre del clan.
El consejo le entregaría las llaves antes de que se secara la tinta del registro matrimonial.
Yo conservaría el apellido si él fuese generoso.
Tal vez hasta me permitiría opinar durante la cena.
—No pueden obligarla.
Fiona sonrió sin alegría.
—No buscan una esposa. Buscan una firma, un vientre y una isla.
Edward volvió la vista hacia el mar. El viento movió un mechón rubio sobre su frente, el primero que había logrado escapar de su disciplina inglesa.
—Entonces no se case.
—Qué sencillo resulta conservar la libertad cuando se nace hombre.
La frase lo hizo reflexionar.
Fiona lo supo porque Edward dejó de contestar. Bajó la vista hacia el guante que sostenía y lo dobló una sola vez entre los dedos.
—No he dicho que sea sencillo —respondió al fin.
—Lo ha dicho con la tranquilidad de quien jamás ha tenido que defender una herencia de un anillo.
Edward levantó la mirada.
Durante un instante dejó de parecer el aristócrata inglés que ella recordaba. Había algo más antiguo en su expresión. Más cercano a las montañas, a la sangre de su padre y al orgullo de los Hamilton.
—Ningún hombre debería poder arrebatarle lo que es suyo.
—Por fin dice algo sensato.
—No se acostumbre.
El barco dejó atrás la protección de la costa y entró en aguas abiertas.
El cambio fue inmediato. El viento llegó más frío desde el oeste y la embarcación empezó a subir y bajar sobre olas cortas. Los marineros ajustaron la vela. Tavish guardó la carta y se alejó para hablar con el capitán.
Fiona conocía aquel mar. Conocía el tono oscuro que adquiría antes de que una ráfaga golpeara desde el norte, el modo en que descendían las gaviotas y el gemido particular de una cuerda sometida a demasiada tensión.
Lo oyó un instante antes de que se rompiera.
—¡Abajo! —gritó en gaélico.
La cuerda cruzó la cubierta como un látigo.
Eòin, el muchacho de proa, se quedó paralizado con la cuerda enredada alrededor de una bota. Fiona llegó hasta él, lo empujó contra la cubierta y sacó la navaja que llevaba en la cintura. La vela golpeó sobre sus cabezas.
El barco se inclinó.
Fiona cortó la cuerda que aprisionaba al joven, pero el siguiente balanceo los lanzó hacia la borda. Alcanzó a sujetar a Eòin por la chaqueta.
Una mano fuerte cerró el puño sobre el cuerpo del muchacho al mismo tiempo que un brazo rodeaba la cintura de Fiona.
Edward.
Clavó una bota contra la base del mástil y soportó el peso de ambos mientras Tavish y otro marinero reducían la vela. La cubierta volvió a enderezarse con un estremecimiento.
Eòin quedó de rodillas, pálido y respirando con dificultad.
Fiona no cayó.
Edward la mantenía pegada a su cuerpo.
Por un instante, el mar y las voces se alejaron.
Fiona sintió el antebrazo firme alrededor de su cintura, el pecho de Edward contra su espalda y el calor de su mano bajo la lana del tartán. Olía a jabón limpio y a un refinamiento demasiado inglés que no tenía ningún derecho a resultar tan masculino.
Giró la cabeza.
El rostro de Edward estaba demasiado cerca. El viento le había desordenado el cabello. Sus ojos descendieron hacia la boca de Fiona y regresaron a los suyos con una lentitud que la enfureció porque ella había hecho exactamente lo mismo.
El brazo que la rodeaba se tensó.
Fiona recordó de pronto la puerta de los archivos, la oscuridad del pasillo y aquel momento de tres años atrás en que Edward se había inclinado hacia ella.
Recordó su respiración. El silencio. El modo en que la había mirado antes de que Tavish apareciera al final del corredor y destruyera algo que ninguno de los dos habría sabido nombrar.
—Suélteme —dijo.
—En cuanto deje de intentar arrojarse al mar para demostrar que no me necesita.
—No intentaba demostrarle nada.
—Eso sería una novedad.
Fiona se liberó de su brazo y se agachó junto a Eòin antes de que Edward pudiera ver el calor que le había subido al rostro.
—Mírame —ordenó al muchacho—. ¿Te has golpeado la cabeza?
Eòin negó con fuerza.
—No, señorita.
—Mueve el pie.
El joven obedeció. No había lesión, solo una marca roja alrededor del tobillo y suficiente vergüenza para mantenerlo prudente durante varias semanas.
—La próxima vez que una cuerda te atrape, no intentes vencerla por orgullo —dijo Fiona.
—Eso mismo podría decírsele a usted —observó Edward.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Nadie le ha pedido su opinión.
—Y, sin embargo, continúa recibiéndola.
Fiona reparó entonces en la línea roja que atravesaba su palma.
—Está sangrando.
Edward cerró la mano.
—No es nada.
—Está manchando mi cubierta.
—Su compasión resulta conmovedora.
Fiona le arrebató el pañuelo limpio que asomaba de su bolsillo.
—Deme la mano.
—Puedo hacerlo solo.
—No me obligue a pedirlo dos veces delante de mis hombres.
Edward la miró.
Después extendió la mano.
La mano de Edward estaba bien cuidada, como correspondía a un caballero inglés, aunque no era tan delicada como Fiona esperaba. Una ligera aspereza en los dedos revelaba años sujetando riendas y practicando esgrima, las únicas imperfecciones permitidas en aquel hombre siempre impecable.
Enrolló el pañuelo alrededor del corte.
—No sabía que en Eton enseñaran a manejar las cuerdas de un barco.
—En Eton enseñaban pocas cosas útiles. Mi padre se ocupó del resto.
Fiona anudó la tela con más fuerza de la necesaria.
Edward no se quejó.
Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella antes de que pudiera apartarse. Solo durante un instante.
El suficiente para que el pulso de Fiona se desordenara.
—Gracias —dijo él.
—No se acostumbre.
—Empieza a apropiarse de mis frases, señorita MacKinnon.
La travesía continuó bajo un cielo gris.
Eòin evitó mirar a Fiona.
Tavish sonrió cada vez que pasaba cerca de ellos.
Y Edward evitó mirarla demasiado, lo cual resultó bastante peor que si no hubiera dejado de hacerlo.
Poco después del mediodía, Eilean Ròs apareció entre la bruma.
Primero fue una línea oscura. Después surgieron los acantilados verdes y negros, las laderas cubiertas de brezo y las casas de piedra aferradas a la tierra.
Más arriba, la residencia MacKinnon dominaba la costa con sus muros antiguos y sus tejados inclinados, levantada para resistir un viento indomable.
Fiona sintió que algo dentro de ella volvía a su sitio.
Enderezó la espalda.
Ya no era una huésped en Glenmuir. Ni una sobrina obligada a aceptar la decisión de un hombre herido. Ni la mujer a la que Edward Hamilton podía mirar como si todavía quedara algún secreto por descubrir.
Era la heredera de Eilean Ròs.
Antes de que el barco tocara el muelle, empezó a dar órdenes. Indicó qué cajas debían bajar primero, hizo separar las medicinas de sir Alasdair de los sacos de harina y señaló una de las vigas del embarcadero.
—La unión de esas vigas está abierta. Si no la reforzáis hoy, la próxima marea arrancará medio muelle.
Tavish sonrió.
—Ni siquiera has puesto un pie en casa.
—Eilean Ròs me necesita.
Varias personas los esperaban.
Morag MacKinnon ocupaba el centro del muelle con un chal rojo cruzado sobre los hombros y una mano firme sobre la cabeza de su hijo.
Era una mujer ancha de espaldas, con algunos mechones grises entre el cabello oscuro y la expresión de quien podía recibir una mala noticia, preparar un funeral y discutir el precio del pescado sin cambiar de tono.
A su lado se encontraba el viejo Donncha, apoyado en un bastón de avellano, con dos dedos menos en la mano izquierda y más opiniones de las que cualquier isla necesitaba.
Las hermanas Fraser aguardaban detrás, vestidas ambas de negro: una sonreía; la otra llevaba bajo el brazo una libreta que prometía problemas.
Fiona bajó sin ayuda.
Morag la abrazó con tanta fuerza que casi le hizo perder el equilibrio.
—Te has tomado tu tiempo, muchacha.
—He estado fuera menos de dos semanas.
—En menos de dos semanas Gillean ha convocado tres reuniones. Nos ha parecido un año.
Donncha golpeó el muelle con su bastón.
—La isla empezaba a ponerse demasiado tranquila.
—Eso se debe a que no oye bien —replicó Fiona.
—Oigo lo suficiente para saber que has vuelto con un inglés.
Edward bajó detrás de ella.
Donncha lo examinó desde las botas hasta el cabello.
—Demasiado limpio.
—El viaje acaba de empezar —respondió Edward.
El viejo mostró los pocos dientes que conservaba.
—Quizás sobreviva.
Una de las hermanas Fraser ofreció a Fiona la libreta.