La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3) Capítulo 1
1%
La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3)

La enemiga del Highlander (Los Duques de Escocia 3)

Por Maria Isabel Salsench Olle

© inepub.com

Capítulo 1

Fiona MacKinnon había adelantado la partida para no viajar con Edward Hamilton.

Edward Hamilton ya estaba en el barco.

Permanecía junto a la borda con una mano enguantada sobre la madera húmeda, el abrigo oscuro cerrado hasta el cuello y el cabello rubio corto tan bien peinado que ni el viento del mar parecía atreverse a desordenarlo.

A su alrededor, los pescadores arrastraban redes mojadas, los marineros cargaban sacos de avena y las lámparas apenas abrían círculos amarillos en la oscuridad anterior al alba.

Edward parecía haberse equivocado de mundo.

O, peor aún, parecía convencido de que el mundo terminaría corrigiéndose para acomodarlo.

Fiona se detuvo al final del muelle.

El viento tiró de su capa, levantó el borde de su falda de tartán verde y azul y llevó hasta ella el olor a sal, brea y algas.

El frío le encendía las pecas sobre la nariz y afilaba el verde de sus ojos.

Tavish, que caminaba a su lado con dos bolsas al hombro, soltó un suspiro demasiado parecido a una risa.

—No digas nada —lo amenazó.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando con mucha insolencia.

—Es una desgracia tener pensamientos tan fáciles de leer.

Edward levantó la vista.

La vio.

No sonrió. Por supuesto que no. Los hombres educados en Eton debían de considerar las sonrisas una pérdida de disciplina.

—Llega tarde —dijo con absoluta tranquilidad.

Fiona pensó que todavía estaban lo bastante cerca de la costa para arrojarlo al agua.

—El barco continúa amarrado.

—No hablaba del barco.

Aquello era lo que detestaba de él. Colocaba las palabras en su sitio con la seguridad de quien esperaba que todos terminaran aceptando que tenía razón.

Tres años atrás había sido un muchacho alto, delgado y demasiado serio. El tiempo no había corregido su arrogancia. Solo le había ensanchado los hombros, endurecido la mandíbula y convertido aquella serenidad irritante en algo mucho más peligroso.

El abrigo inglés no lograba ocultarlo.

Edward Hamilton ya no tenía el cuerpo de un estudiante.

Había fuerza en la anchura de su espalda, en la firmeza de sus piernas y en el modo en que permanecía inmóvil mientras el resto del muelle se agitaba a su alrededor.

Ni siquiera necesitaba alzar la voz para hacerse notar.

Bastaba con que mirara a un hombre como si esperara que recordara sus obligaciones.

Fiona apartó el pensamiento antes de que se convirtiera en otro peor.

—Tavish —dijo, sin mirar a su primo—, dile al capitán que ese hombre no viaja con nosotros.

—El capitán ya sabe que viajo —respondió Edward.

—No estaba hablando con usted.

—Lo sé. Pero Tavish parece cansado de responder preguntas cuya contestación ya conoce.

Tavish dejó las bolsas sobre el muelle.

—En defensa del inglés, llegó antes que los marineros.

Edward giró la cabeza hacia él.

—No soy inglés.

—Su abrigo discrepa —comentó Fiona.

La mirada de Edward descendió un instante hacia la lana oscura, perfectamente cortada.

—Mi abrigo sigue sin opinar de política.

Era la misma respuesta que le había dado tres años atrás.

Fiona la recordó con una nitidez que la irritó. También recordó una tarde junto a los establos, un labio partido, la sangre sobre un pañuelo blanco y la primera vez que comprendió que bajo aquella educación inglesa un Hamilton podía tener dientes.

—Ha estudiado en Eton, viste como un caballero de Londres y habla como si cada palabra necesitara permiso para abandonar su boca —dijo—. Eso lo convierte en inglés.

—Mi padre nació en Arran.

—Y usted se crio en Inglaterra.

—Eton me enseñó latín, esgrima y una cantidad considerable de hipocresía. No consiguió cambiar mi sangre.

—Qué decepción para Eton.

Algo parecido a una sonrisa rozó la boca de Edward.

Fue tan breve que Fiona pudo fingir que no lo había visto.

Y tan familiar que le dolió.

—Baje del barco —ordenó.

—No.

—No es una petición, milord.

—Pero sí lo era la carta de sir Alasdair.

—Mi tío está herido y bajo los efectos del láudano. No se encuentra en condiciones de invitar ingleses a mi isla.

—Tavish presenció la conversación.

Fiona miró a su primo.

—Estaba bastante lúcido —admitió él—. Sobre todo cuando te llamó terca.

—Mi tío lleva llamándome terca desde que aprendí a andar.

—Esta vez añadió otras palabras.

—No las repitas.

Tavish tomó las bolsas de nuevo.

—Pensaba guardármelas para una ocasión especial.

Fiona subió por la pasarela sin aceptar la mano que le ofreció uno de los marineros. Dejó la capa sobre un barril, ayudó a desplazar un saco que bloqueaba el paso y dio en gaélico una orden al joven encargado de la cuerda de proa.

El muchacho obedeció de inmediato.

Edward la observaba.

Fiona sintió la mirada sobre ella como un roce entre los omóplatos. Detestó ser consciente de él. Detestó más todavía que su cuerpo lo hubiera reconocido antes que su orgullo.

Los MacKinnon habían gobernado Eilean Ròs durante siglos. Eran uno de los clanes más antiguos de Escocia, una estirpe que había sobrevivido a guerras, hambre, ingleses y matrimonios mal elegidos.

Fiona no pensaba convertirse en la MacKinnon que permitiera a un Hamilton educado en Eton cruzar el mar para enseñarle cómo conservar su propia herencia.

—Eilean Ròs es mía —dijo—. Usted no pondrá un pie en la isla.

Edward bajó la vista hacia sus botas.

—Como le he dicho, llega tarde para impedirlo. Ya he puesto los dos en el barco.

Tavish tosió detrás de ella.

Fiona se volvió.

—¿Te hace gracia?

—Estoy pensando en lo largo que será el viaje.

Los marineros soltaron amarras y la vela subió con un crujido. El cielo empezaba a aclararse sobre la costa. Fiona sintió el tirón familiar cuando el barco se separó del muelle.

Demasiado tarde para arrojar a Edward a tierra.

No demasiado tarde para arrojarlo al mar.

—Sir Alasdair me ha pedido que vaya —dijo Edward cuando Tavish se alejó hacia la popa—. No necesito su permiso.

—Nunca lo ha necesitado, por eso entró en mis archivos sin él.

La expresión de Edward no cambió, pero apretó la mandíbula.

—Encontré algo que usted intentaba ocultar.

—Y poco después, los secretos de mi clan llegaron a manos inglesas.

—Yo no los entregué.

—Entonces dígame quién lo hizo.

Edward guardó silencio.

Un latido.

Dos.

Fue suficiente.

Fiona soltó una risa sin alegría.

—Eso creía.

—Tengo una sospecha.

—Qué reconfortante.

—No voy a acusar a nadie sin pruebas.

—No mostró tantos escrúpulos cuando escribió sobre mí.

Por primera vez, algo oscuro apareció detrás de sus ojos claros.

—Escribí lo que encontré.

—Y destruyó lo que yo llevaba años intentando construir.

—No la traicioné, Fiona.

Su nombre en aquella voz fue peor que una negación.

Durante tres años había intentado recordar a Edward como al hombre que la había despojado de las llaves de Eilean Ròs.

No como al joven que había discutido con ella hasta la madrugada, que le había enseñado a montar a la inglesa solo para que pudiera demostrarle que la silla escocesa era mejor, o que una noche se había inclinado hacia ella junto a la puerta de los archivos hasta que ambos olvidaron por qué estaban enfadados.

No llegaron a besarse.

A veces Fiona odiaba que su memoria siguiera comportándose como si lo hubieran hecho.

—Para usted sigo siendo señorita MacKinnon —aclaró.

Edward la contempló durante un instante demasiado largo.

Su mirada se detuvo en la fina cicatriz que atravesaba la sien de Fiona. No preguntó por ella.

Fiona odió que una parte de sí hubiera deseado que lo hiciera.

—No siempre fue tan estricta con las formalidades —replicó él.

—No siempre supe de lo que era capaz.

—Ni yo.

Aquella respuesta contenía algo que Fiona no quiso comprender.

El viento empujó la trenza roja sobre su hombro. Edward la miró un segundo antes de apartar los ojos.

Tavish regresó con un papel doblado y sellado con cera verde.

—Tengo algo que enseñarte.

—Por tu expresión, habría preferido que fuera una serpiente.

—También yo.

Fiona reconoció la marca del consejo.

—¿Cuándo llegó?

—Anoche.

—¿Y por qué no me lo diste?

—Porque deseaba conservar una última cena tranquila. La señora MacNair había preparado cordero y no quería que lo arrojaras contra una pared.

Fiona rompió el sello.

La carta no era larga. No necesitaba serlo.

El consejo se reuniría aquella misma noche para discutir la situación de la isla, las condiciones bajo las que Fiona recuperaría su autoridad y las propuestas matrimoniales recibidas durante su ausencia.

Cuatro.

Dos lairds viudos. Un heredero Campbell. Un primo lejano de su madre que no había pisado Eilean Ròs desde los doce años, pero recordaba con extraordinaria precisión la extensión de sus pastos y el valor de su puerto.

El papel crujió entre sus dedos.

—Cobardes.

—Fiona —murmuró Tavish.

—Mi tío se rompe una pierna y ellos sacan a los pretendientes del armario antes de que el médico termine de vendarlo.

Edward extendió la mano.

—Déjeme verla.

Fiona dobló la carta.

—No.

—¿Quiénes son?

Ella alzó una ceja.

—Creía que nada relacionado con mi vida le interesaba más allá de los archivos.

—No he dicho eso.

—Ha preguntado con bastante rapidez para no importarle.

Edward retiró la mano.

—Quiero saber qué pretende el consejo.

—El consejo pretende deshacerse de mí sin tener que expulsarme.

—Casándola.

—Entregándome.

Tavish se apoyó contra la borda.

—Gillean lleva meses diciendo que la isla necesita una alianza.

—Gillean lleva años confundiendo su miedo con sabiduría —replicó Fiona.

Edward miró otra vez la carta.

—¿Cuál de los cuatro ha elegido?

La pregunta fue tranquila.

Demasiado tranquila.

Fiona observó la tensión en su boca y experimentó una satisfacción pequeña y poco digna.

—Quizás el Campbell.

—No.

La respuesta fue tan inmediata que hasta Tavish levantó la cabeza.

Fiona sonrió.

—¿No?

Edward pareció darse cuenta de lo que había dicho.

—Los Campbell ya poseen suficientes tierras.

—Qué consideración tan patriótica.

—No era eso lo que quería decir.

—Entonces exprésese mejor. Eton debió de servir para algo.

Tavish miró al cielo, como si pidiera paciencia a Dios.

Edward volvió a extender la mano.

—Fiona.

—Señorita MacKinnon.