Capítulo 14
A ntes de continuar, tengo que explicarte que pude comunicarme de maravilla con todo el mundo porque yo hablaba italiano.
En realidad, hablaba español, inglés, francés e italiano.
Me había formado en Idiomas y Turismo, y hasta hacía un año, cuando decidí dedicarme a empoderar mujeres, trabajaba en Madrid como guía turística.
Muy bien. Aclarado este punto, ¡prepárate porque vienen curvas!
—¿Qué hace tu exnovia aquí? —pregunté confusa.
—Está saliendo con uno de mis primos —contestó.
—Pues sí —bufé—. Tenemos mucho en común. Ahora comprendo por qué me entiendes tan bien.
—Hay una cosa de ella que no te he contado —comentó algo nervioso.
—¿Qué?
—Es un poquito tóxica y, aunque fue ella la que me dejó y se lio con mi primo, sigue un pelín obsesionada conmigo —alegó.
—¿Cómo?
—No pensaba que fuese a venir —confesó.
—¿Quién es?
Me agobié un poco. Yo pasaba de esas movidas: de celos, de relaciones tóxicas.
—La que viene a toda pastilla hacia nosotros —señaló.
Entonces vi a una chica alta, rubia, con los pechos superoperados y enfundada en un vestido rojo, como de látex, muy ajustado, que venía a toda velocidad.
—¡Adán, eres un cabrón! —chilló ella.
¡Joder! Se iba a liar. Sin embargo, yo ignoraba cuánto.
—¡Ginevra, tranquilízate! —le pidió él.
—¡No me da la gana! —espetó ella—. ¿Te has propuesto joderme la vida, desgraciado? —dijo su ex.
La chica cogió un plato con pasteles antes de continuar su trayecto hacia nosotros.
—¿Qué haces con eso? —preguntó Adán—. ¡Para!
Ginevra se plantó delante de él y le estampó un pastel en la cara.
—¿Estás mal de la cabeza? —bramó él.
—¡No! —gritó ella—. ¡Tú estás mal de la cabeza! ¿Cómo se te ocurre traer a esa guarra a la fiesta?
—¡¿Perdona?! —exclamé ofendida—. No soy ninguna guarra, ¿entendido? Además, Adán puede hacer lo que le dé la gana. No tiene que darle explicaciones a nadie y menos a ti.
La rubia se colocó justo delante de mí con chulería.
Yo no me achiqué.
—¿Por qué a mí no? —disparó.
—Porque tú le pusiste los cuernos y lo manipulaste a tu antojo —contesté.
—Serás zorra —espetó ella.
Entonces, cogió uno de los pasteles y me lo aplastó en la cara.
—¡Cómetelo! —berreó—. ¡Por guarra!
Yo no me vine abajo y decidí jugar a su juego. Le arrebaté uno de los pasteles y se lo puse de sombrero.
Ella enloqueció cuando le cayó el dulce por el pelo y la cara.
—¡Te voy a matar, pedazo de puta! —chilló desquiciada.
Adán la sujetó antes de que hiciese nada más.
—Ginevra, eres muy injusta —le dijo serio—. Me rompiste el corazón y te perdoné. Comenzaste a salir con Alejandro y os felicité. Ahora, conozco a una mujer maravillosa que me hace feliz, ¿y te comportas así?
Me sorprendió su firmeza y serenidad. Yo la habría estrangulado. Sin embargo, Adán optó por la diplomacia.
De repente, sin venir a cuento, Ginevra se puso a llorar.
—Lo siento, Adán. ¡Tienes razón! Perdóname —sollozó.
¡Joder! A aquella mujer le falta un cocido... o dos.
Entonces, clavó sus ojos en los míos.
—Discúlpame. No sé cómo he actuado de esa forma tan irracional —dijo ella.
«Porque estás mal de la cabeza, cabrona», quise responder, pero me callé para no agitar más el ambiente.
Sin decir nada más se dio la vuelta y salió corriendo.
¡Caray! ¿Qué había pasado?
—¿Estás bien? —me preguntó Adán.
—Estoy en shock —contesté—. Intentando asimilar lo que acaba de suceder.
—Ginevra es una niñata mimada que no sabe lo que quiere en la vida —comentó el primo de Adán que nos había avisado de su llegada—.
Es terca, indisciplinada, irritable y egoísta.
Seguro que Alejandro, nuestro primo, le ha dicho que has venido acompañado y se ha vuelto loca. Su temperamento es incorregible.
—¿Y por qué se lo consentís? —Quise saber.
—Por Alejandro —contestó el primo mientras observaba cómo corría la desquiciada de Ginevra—. Por la familia se hacen cosas sorprendentes.
—Hasta que comprendes que no van a parar de hacerte daño ni de tratarte mal y tienes que sacarlos de tu vida —añadió Adán.
Me sorprendió al escuchar su comentario. Los ojos se me volvieron vidriosos. Estaba haciendo referencia a lo que le conté de mi hermana e iba a seguir mi consejo.
—No sería mala idea —señaló el primo—. Yo no la trago. ¡Que la aguante Alejandro!
Cogí a Adán de la mano para hacer lo mismo que hacía él, lo que mejor se le daba: preocuparse por los demás.
—Adán, cariño, ¿estás bien?