Capítulo 13
E s curioso cómo somos las personas, que no recordamos lo maravillosas que somos hasta que no viene otra persona y nos los dice. Entonces, volvemos a ser conscientes de lo fabulosas que somos.
Adán, durante esos días, no paraba de decirme cosas preciosas. Lo más fuerte era que no sonaba falso ni para conseguir llevarme al huerto. Básicamente porque ya me había llevado. Se le notaba que lo decía con el corazón, y eso era brutal.
Aquel día lo pasamos en grande. Al despertar, hicimos el amor.
Después de ducharnos, salimos a tomar café y unas tostadas a una terracita cercana al hotel.
Regresamos para entregarnos al placer de nuevo.
A continuación, comimos pescado en un restaurante ideal.
Y, ahora, ¡no te lo vas a creer! Adán me había llevado a una celebración familiar.
¡A mí! No llevábamos ni dos días conociéndonos y él me había metido en su círculo más íntimo. Aquel gesto me encantó.
Estábamos en la fiesta de compromiso de su prima. Habíamos ido a una finca preciosa, apartada de la ciudad. Había como unos cincuenta invitados. Conocí a sus padres, que fueron encantadores. También a su hermano, que era más joven y fue con su novio. El resto de la familia era divertidísima.
Todos lo estábamos pasando de maravilla.
La fiesta era al aire libre. Había comida y bebidas en distintas mesas para que cada uno se sirviese la que se le antojase.
Sonaba música para bailar. Y yo, lejos de sentirme desubicada, lo estaba pasando genial.
Todos eran muy agradables y consiguieron que me sintiese integrada al momento.
—Tu familia es muy guay —le dije a Adán.
—Lo sé —contestó mirándome a los ojos mientras sonreía—. Gracias.
—Te agradezco que me hayas traído a aquí. Le hice saber—. Lo estoy pasando muy bien.
—¿Ah, sí? —Jugó mientras me rodaba con sus brazos y me pegaba a él—. ¿Bailamos?
—Me encanta bailar —respondí entre risas—. Pero...
—Hace mucho tiempo que no lo haces con un hombre, ¿no? —terminó la frase por mí.
—Exacto —asentí.
—No pasa nada —susurró. Entonces, pegó su boca a mi oído—. Yo también hace mucho tiempo que no bailo con una mujer. Sin embargo, a juzgar de lo bien que nos hemos compenetrado en la cama, creo que lo haremos bien.
Solté una carcajada.
Me encantaba que fuese tan picante, que me hiciese cómplice de sus juegos y que me provocase una sonrisa en cualquier momento.
—Adán, estoy un poco asustada —dije medio en serio, medio en broma.
—¿Por qué?
—Porque me estás gustando mucho —suspiré—. Y no sé cómo manejar la situación.
—Creo que esa es la magia, ¿no? —contestó—. Cuando sientes algo por alguien no hay que manejar la situación, hay que dejarse llevar.
Nos fundimos en un beso que cada vez sabía más a verdad.
—Voy a dejarme llevar —confesé.
—Perfecto, cariño. Me encanta oír eso, porque yo también lo estoy haciendo —aseguró. Deslizó su mano hasta mi cintura—. ¡Venga, preciosa! ¡Vamos a bailar!
Nos acercamos hasta donde estaba bailando todo el mundo y nos dejamos llevar por el ritmo de una balada de Laura Pausini. ¡Joder! Aquel instante fue único. Los dos moviéndonos despacio, acompasando nuestro latidos, respirando el mismo aire. Yendo al mismo ritmo.
Entonces, se nos acercó uno de sus primos y exclamó:
—¡Joder, Adán! Ha venido. No me lo puedo creer.
Adán me miró extrañado, como intentando tranquilizarme con la mirada.
—¿Quién ha venido? —pregunté.
—Mi ex —aclaró él.