Capítulo 11
P asamos la tarde entera conociéndonos mejor mientras paseábamos por las impresionantes calles de Roma.
Él me contó que adoraba el deporte. que le encantaba mejorar la vida de los demás a través del ejercicio físico.
Además, me reveló que entrenaba a muchos celebrities , cantantes y actores.
Me gustaba su espíritu de superación y, sobre todo, que le gustaba mucho ayudar a los demás.
Yo le conté que había dejado mi anterior trabajo para empoderar a mujeres. Que eso me hacía feliz y que mi anterior relación fue la que me dejó herida.
Adán y yo nos llevábamos muy bien. Estaba disfrutando de nuestra velada. Y, de vez en cuando, me venían a mi mente escenas de nuestro apasionado polvo en el hotel y me encendía. Pero evitaba recrearme en ellas para no meter la pata y proponerle repetir.
Ahora estábamos en una terraza muy mona, que estaba ubicada cerca del Coliseo. Así que imagínate: ¡las vistas eran inmejorables!
Pedimos pasta para cenar y tenía que reconocer que estaba deliciosa.
—Adán, me va a costar mucho decir lo que voy a pronunciar a continuación —solté.
—Sorpréndeme. —Rio.
¡Uf! Su sonrisa era arrebatadora, irresistible y adictiva. Podía acostumbrarme a contemplarla toda mi vida.
—Lo estoy pasando genial —admití—. Y, no sé cómo, pero consigues que no esté a la defensiva contigo. A tu lado me siento bien, muy bien.
—¡Me alegro mucho, Naroa! —exclamó risueño—. Sin embargo, el mérito es tuyo. Tú has superado los prejuicios que tenías contra los hombres y estás disfrutando de nuestra quedada.
Me sorprendió que se quitara el mérito y me lo diese a mí.
—Los dos somos culpables, entonces. —Reí—. Yo por superarme y tú por ser tan agradable. Aunque espero que no sea una táctica para seducirme, ganar puntos y luego convertirte en un cretino integral.
Adán soltó una gran carcajada.
—¿Naroa, solo has estado con ese tipo de chicos? —preguntó preocupado—. No todos somos así. A ver —suspiró—. Yo no soy perfecto y cometo errores. No obstante, intento no lastimar a nadie y hacer el mundo un poquito mejor.
¡Uf! Ese comentario me gustó sobremanera. Adán era adorable.
—Estoy empezando a sospechar que mi currículum sentimental es una auténtica porquería —lamenté antes de dar un trago a la copa de vino—.
Mi ex fue lo peor. No solo por engañarme con mi hermana.
También era manipulador, egoísta y narcisista.
Sin embargo, mis dos anteriores novios eran unos capullos de mucho cuidado.
Creo que siempre repito el mismo patrón al echarme pareja.
Por eso decidí no volver a tener contacto con los hombres.
—Hasta que te escribí yo —susurró mientras me cogía de la mano.
No sonó prepotente, sino rebosante de cariño. Adán era especial. Sencillo, sensible y le importaban mis sentimientos.
—Dudé mucho en aceptar —contesté.
—Lo sé, lo sé. —Rio—. Me lo has contado. Naroa, ¿puedo hacerte una pregunta personal? Quizá sea muy íntimo o te duela, no respondas si no quieres, ¿vale? Pero, ¿tu ex y tu hermana siguen juntos?
—No. Jugó con ella y la dejó tirada. Sin embargo, yo no me hablo con ninguno de los dos. Ambos me traicionaron —me lamenté.
—¿Extrañas a tu hermana? —insistió.
—No —negué con la cabeza—. Ella nunca me trató bien. Me envidiaba, no me ayudaba en nada y me traicionó muchas veces. Lo de acostarse con mi novio fue la gota que colmó el vaso. Ya no sé nada de ella.
—Pero es tu familia, ¿no quieres perdonarla?
—La he perdonado muchas veces y siempre me lo paga volviéndome a lastimar.
¿Sabes qué creo, Adán? Que no hay que consentir según qué actitudes a nadie.
Puedes marcar límites, hablar con esa persona y explicarle que te duele cómo te trata, pero si vuelve a repetir su patrón lo más inteligente es sacarla de tu vida —aseguré—.
Da igual que sea tu mejor amiga, tu pareja o tu hermana.
Si alguien te daña intencionadamente una y otra vez, esa persona no te quiere y no pinta nada en tu vida.
Duele darse cuenta y cuesta más dar el paso de echarla de tu lado, pero considero que es importante.
—¡Guau! —exclamó—. En mi casa somos muy familiares, pero con tu explicación me has hecho entender que llevas razón. No hay que perdonar lo imperdonable.
—Quizá perdonar, sí. De esa forma no sigues atada a esa persona que te ha hecho daño —señalé—. Sin embargo, una vez que la has perdonado, hay que sacarla de tu vida.
—Es duro, pero es cierto —susurró.
Me puse nerviosa de repente porque quise preguntarle algo a él.
—Oye, ahora me toca preguntar a mí. —Reí.
—Claro —contestó risueño—. Dispara.
—¿Lo estás pasando bien o sigues pensando que soy la bruja que odia hombres?
Mi pulso se aceleró mientras esperaba su respuesta, que se me hizo eterna.
—Jamás he pensado que seas la bruja que odia a los hombres. Ni, tampoco, la enemiga del amor —señaló.
—¿Ah , no?
—No. De lo contrario, no te habría escrito.
—Entonces ¿por qué lo hiciste? —Quise saber.
—Vi tus vídeos en redes y pensé que eras una mujer increíble a la que habían tratado mal en el amor. Alguien que estaba deseando amar, pero que le daba miedo porque aún le escocían sus cicatrices.
¡Joder! Adán parecía conocerme mejor que mucha gente de mi alrededor. Me estaba leyendo a la perfección sin apenas conocerme. Me sentí reconfortada y entendida.
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
—Gracias, Adán —susurré.
Él volvió a cogerme de la mano.
—Me sentí unido a ti porque sabía que a los dos nos habían herido nuestros antiguos amores y pensé que juntos podíamos cambiar nuestra historia —aseguró.
—¿Cómo?
—Dejándonos llevar. Abandonándonos al amor —contestó.
Tragué saliva. Aquello estaba siendo precioso. Entonces, mi lado menos confiado salió a relucir.
—Como todo esto sea una estrategia para seducirme y, después, dejarme tirada, te mataré —aclaré.
Adán rio divertido.
—Naroa, por favor, deja de ser tan desconfiada —me recomendó—.
¿Acaso no te das cuenta de lo mucho que vales?
Eres una mujer preciosa, guapa, sexy, divertida, con carácter y las ideas claras.
Puedes volver loco a cualquier hombre de lo sensual que eres.
Lo admito: quiero seducirte. Me gustas. Sin embargo, no pienso dejarte tirada después.
Quiero hacerte el amor todos los días de mi vida.
¡Joder! Me excité sobremanera con su confesión. Adán también me atraía de una forma incontrolable. Era guapo, erótico, listo, irónico y no podía dejar de pensar en lo intenso que había sido nuestro encuentro sexual.
—Me muero de ganas por probar tus labios otra vez —dije en voz baja.
El deslizó sus grandes manos por mi cara antes de besarme con pasión. ¡Aquel beso me dejó sin respiración! Fue salvaje, sensual y tierno al mismo tiempo.
—Quiero entregarme a ti, cariño —confesó con picardía.
—¡Hazlo! —le pedí—. Vamos al hotel y hazme tuya.