Capítulo 10
E staba esperando a Adán en el hall del hotel cuando recibí un mensaje de Elena.
Lo leí.
Elena
Buenas tardes, Naroa.
Siento si antes he sido un poco
brusca, pero, a veces, eres muy cabezona.
Naroa
Si eso es una disculpa, suena muy cutre.
Elena
¿Por qué siempre tengo que disculparme yo?
¿Acaso tú haces todo bien?
Creo que las dos nos hemos excedido, ¿no?
Naroa
Sí. A las dos se nos ha ido la pinza.
Y, en parte, comprendo lo que
querías decirme.
Quizá, si me relajo un poco
con los hombres, puedo ser más feliz.
Elena
Exacto, cariño.
Pero creo que es un asunto muy importante
como para hablarlo por mensaje.
¿Te llamo?
Naroa
No puedo hablar ahora. He quedado con Adán
y no creo que sea de buena educación hablar
contigo mientras él espera.
Elena
¡Uy! ¿Pasas de mí por un hombre?
¿Dónde está la verdadera Naroa?
Ja, ja, ja. Es broma. Lo entiendo, cariño.
¿Todo bien entre nosotras?
Naroa
Sí. Tenemos que hablar, pero todo bien.
Te quiero.
Elena
¿Hablamos a la vuelta?
Yo también te quiero.
Naroa
Perfecto.
Besitos.
Elena
Besitos.
¡Y que vaya muy bien la cita!
Sonreí al solucionar el malentendido con mi amiga.
Aunque aún nos quedaban cosas por hablar, ya volvíamos a tener relación.
Si hubiésemos estado enfadadas más tiempo, lo habría pasado realmente mal.
Con ellas, con Pris y Elena, siempre solucionaba los problemas y remábamos para construir una relación saludable de amistad.
Entonces levanté la vista porque escuché a alguien venir hacia mí y, ¡boom!, casi caigo fulminada por la belleza de Adán. ¡Caray! Estaba guapísimo con un pantalón de traje negro, la americana a juego y una camisa blanca. Ese hombre era muy atractivo.
—Buenas tardes, Naroa —saludó—. ¡Guau! Estás deslumbrante con ese vestido rojo.
Me dio un beso en la mejilla, que me ruborizó. ¿Por qué? No entendía por qué me intimidaba que me diese un inocente besito de nada cuando habíamos desatado nuestra pasión hacía una hora.
—Buenas tardes, Adán —contesté—. Tú también estás muy guapo.
—¡Genial! —exclamó feliz—. Me has dicho un cumplido, ¡eso hay que celebrarlo!
—¿Me estás vacilando? —solté a la defensiva.
¿Ya estaba echándome en cara que antes era arisca y ahora le había dicho que estaba guapo?
Adán rio.
—No. Quítate la coraza y no te sientas atacada —me recomendó—. Yo soy así. Me alegro por todo. Y me gusta celebrar los pequeños detalles de la vida. Aunque que me hayas piropeado, ¡es algo brutal! Ven. Acompáñame.
Me cogió de la mano para sacarme a la calle.
—¿Dónde vamos? —Quise saber.
—A dar un paseo en moto.
—¿En moto? —pregunté.
—Sí. Y tomaremos un helado —añadió.
Caminamos unos metros hasta que llegamos a una scooter preciosa azul marino.
—¿Te dan miedo las motos? —soltó.
—No. A mí no me da miedo nada. —Me hice la chula.
—¡Perfecto! Conduzco yo porque tú no sabes a dónde vamos —comentó.
—Me parece bien. —Reí.
Me hizo gracia que intentó que su iniciativa de conducir él la moto no sonara a una machirulada. Fue muy empático.
Montamos en la moto y dimos un paseo muy agradable por las preciosas calles de Roma. Preciosas y estresantes, porque el tráfico era intenso. Sin embargo, abrazada a la espalda de Adán me sentí muy cómoda. ¡Joder! Ya era la segunda vez que me sentía genial a su lado.
En menos de veinte minutos llegamos a una cafetería preciosa y decidimos tomarnos un helado en su terraza.
Yo lo pedí de nata y menta; y Adán, de chocolate.
—Aquí los helados son deliciosos —señaló Adán ilusionado.
Me encantaba su carácter enérgico y que se entusiasmaba con todo.
—¿Vienes mucho a Roma? —disparé.
—Se nota, ¿no?
—Claro. Te conoces las calles de maravilla y sabes dónde tomar un buen helado —contesté.
—Mis padres viven aquí. Son italianos —me contó—.
Cuando tenía siete años nos mudamos a Madrid por motivos laborales de mi padre.
Con el tiempo, ellos regresaron porque añoraban a su tierra y a sus familiares.
Sin embargo, yo me enamoré de Madrid y me quedé en España.
Pero vengo a verlos con mucha frecuencia.
—Interesante —solté sin pensar.
—¿Ah, sí? —Sonrió—. ¿Te resulto interesante, Naroa?
—Me caes bien —confesé—. Y eso ya es mucho.
—Me alegro —respondió—. ¿Sabes qué? Cuando pruebes el helado, te voy a caer mejor.
Solté una risotada espontánea. Adán sabía hacerme reír.
El camarero vino y nos trajo los helados.
—Pruébalo —dijo Adán.
Cogí un poco con la cucharita y me lo metí a la boca. ¡Joder! ¡Qué pasada! Era el helado más bueno que había probado nunca.
—¡Ostras, Adán! Está realmente exquisito —señalé.
—Lo sabía. —Rio.
Entonces, lo miré y una pregunta vino a mi cabeza. Una pregunta que decidí no callarme.
—Adán, pareces un tipo simpático, agradable y sano mentalmente...
—¿Tengo que darte las gracias por ese comentario? —bromeó.
—No. —Reí de nuevo—. Quiero decir que pareces alguien normal. Así que me gustaría saber por qué me has hecho esta propuesta.
Adán sonrió antes de reclinarse en su silla.
—Lo de «normal» es muy complicado de calificar, ¿no crees? Hoy en día, ¿quién es normal? —reflexionó.
—Es una forma de hablar. —Hice un ademán con la mano—. Responde a mi pregunta.
—Antes me gustaría que supieses que hace dos años comencé a salir con una chica guapísima, divertida y con la que me lo pasaba de maravilla.
Ella también vivía en Madrid y pensé que sería el amor de mi vida —confesó un poco nervioso—.
Nos veíamos todos los días. Y durante un año, fuimos inseparables.
Hasta nos fuimos a vivir juntos. Me enamoré de ella sin remedio.
Un día me armé de valor y decidí pedirle matrimonio.
—¡No me jodas, Adán! —exclamé escandalizada—. ¿Estás casado?
—Déjame que acabe mi historia —me pidió. A continuación, levantó la mano—. ¿Ves alguna alianza?
No. No llevaba anillo. Entonces supe que la historia no iba a tener un final feliz.
Negué con la cabeza.
—Ese día, cuando regresaba a casa dispuesto a pedirle que se casara conmigo...
—¡La encontraste con otro en la cama! —chillé horrorizada—. ¡Qué cerda! Ese cliché es una mierda.
—No. —Rio—. Eres muy impaciente. Déjame acabar.
—Vale. Vale. Disculpa.
Es que estaba tan metida en su historia que la vivía con intensidad.
—Cuando regresé a casa, no estaba. Ni ella ni sus cosas. Se había ido. Al cabo de unas horas, después de llamarla sin parar, me envió un mensaje diciéndome que se había enamorado de otro y que me dejaba.
¡Caray! Sentí mucha pena por él. Quise abrazarlo para reconfortarlo. Y eso hice. Mandé a mis prejuicios a tomar por saco para mostrarle mi afecto.
—Lo siento, Adán —susurré.
En cuanto nos separamos del abrazo, me miró con ternura.
—Gracias —contestó—. Estoy bien. Lo he superado. Sin embargo, quiero que sepas que después de esa experiencia traumática no he perdido la fe en el amor. Ni creo que todas las mujeres sean unas cabronas sin corazón. ¿Me sigues? ¿Ves a dónde quiero llegar?
Le comprendí perfectamente. Y su vivencia me abrió los ojos, pero yo sí que estaba dolida aún con mi ex. Y la fe en el amor, no estaba segura de si un día la recuperaría.
—Mi ex me engañó con mi hermana —sollocé—. ¿Sabes el cliché que te he comentado ahora, el de pillarlos en la cama? Ese me pasó a mí. Desde ese instante, me prometí que ningún hombre me lastimaría jamás. Y me cerré las puertas al amor.
—Pero no todos los hombres somos como el capullo de tu ex —comentó Adán mientras me cogía de la mano.
—Si le insultas me caes mejor —bromeé—. Tu propuesta me desagradó al principio porque pensaba que eras un machirulo que solo quería reírse de mí y de las mujeres empoderadas. Sin embargo, estoy empezando a pensar que eres un hombre interesante y que me apetece conocer.
—¿En serio? —se ilusionó—. Eso me encantaría porque tengo unas cuantas ideas para que me conozcas mejor.
—¿Sí? ¿Cuáles?
—Poco a poco, Naroa. Quiero sorprenderte. Quiero que te lo pases de maravilla —susurró con su voz grave, que era muy sexy—. Y, sobre todo, quiero que sea el mejor fin de semana de tu vida.