Capítulo 8
E ntramos en la habitación del hotel mientras nos devorábamos a besos. Adán me tumbó sobre la cama para colocarse encima de mí.
Suspiré al notar su cuerpo tan cerca del mío y su peso.
—Un momento, ¿dónde estamos? —pregunté.
—En el hotel. —Frunció el ceño—. Acabamos de hacer el check in .
—Eso ya lo sé —bufé—. Me refiero a si estamos en tu habitación o en la mía.
—¡Qué más da! —contestó.
—¡No! —exclamé—. Para mí es importante porque no quiero que se quede aquí tu olor, no tener el recuerdo de nuestro encuentro sexual si esta es mi habitación.
Adán soltó una gran carcajada.
—Me parece que te autoimpones muchas normas, ¿no?
—Son las que me mantienen a flote —gruñí—. ¿Es tu habitación o la mía?
—¡Joder! —protestó—. La tuya.
—Por esta vez lo pasaré —comenté. El morbo me nubló.
Volví a besarlo con pasión. A continuación, le desabroché la camisa. Adán se puso de pie y se quitó los zapatos, el pantalón y el bóxer.
¡Caray! Su miembro viril era potente. Solté un suspiro. Hacía más de un año que no tenía contacto con un hombre y, aunque me costase admitirlo, estaba impaciente.
Después me quité el vestido y la ropa interior.
Adán se tumbó de nuevo sobre mí. ¡Uf! Me estremecí al notar su pene sobre mi sexo.
—Ponte un condón y fóllame —le ordené.
—Tranquila, Naroa. —Rio—. Esto está yendo demasiado deprisa, ¿no crees? Vamos a disfrutarlo con calma.
Entonces me entró el sentido común, y al escuchar las palabras «demasiado deprisa», quise frenar. En realidad no quería parar, pero estaba dudosa: ¿me entregaba al placer o me hacía la dura?
—No debería hacerlo —susurré.
—¿Seguro? —preguntó él antes de hacer nada más—. Si no quieres seguir, lo dejamos aquí.
Me sorprendió gratamente que fuese tan atento y compresivo. Entonces, pensé que ya estaba harta de hacerme la dura y que necesitaba dejarme llevar. Yo quería abandonarme al placer.
Abrí las piernas para que Adán hiciese su trabajo.
—¿Seguro? —insistió él.
Asentí con picardía.
Otra vez volvió a sorprenderme. En lugar de ponerse un preservativo y penetrarme, me regaló un escandaloso sexo oral. ¡Aquel hombre era maravilloso con la lengua! Agarré las sábanas con los puños al retorcerme de placer.
—¿Te gusta? —preguntó.
—¡Joder! ¡Me encanta! —exclamé.
—¿Subimos el nivel? —propuso.
«Llévame a donde quieras», pensé. Sin embargo, me limité a asentir de nuevo.
Adán se piso de pie, sacó un condón del bolsillo de su pantalón y se lo puso. Acto seguido, se tumbó sobre mí para comerme los pechos y lamer mis pezones. ¡Joder! Adán sabía dar placer a una mujer. Suspiré de puro gusto.
—Quiero que disfrutes, Naroa —susurró.
Aquella frase me sonó a gloria. Así que le comí la boca mientras lo masturbaba con la mano. Él gimió de gusto.
—Me gusta que te dejes llevar —murmuró.
Aquella frase me hizo sentir culpable. ¡No! Me estaba dejando llevar y los remordimientos y la culpa amenazaban con sabotear aquel momento de disfrute.
—Fóllame ya —le pedí para no abortar la relación.
—Como quieras, preciosa —contestó.
¡Joder! Sentí un placer inmenso cuando me penetró. A continuación, repitió el movimiento y dejé libre un gemido de placer.
Adán continuó con sus embestidas sin parar.
—Dame más, por favor —le pedí superexcitada.
Adán intensificó sus sacudidas. Cada vez eran más intensas y placenteras.
Entonces, miré a un lado y vi nuestro reflejo en el espejo que estaba ubicado en la pared. La escena era de lo más erótica. Adán, un hombre guapísimo y deportista, follándome con pasión y ganas.
El placer era cada vez más complicado de controlar, sentí que estaba a punto de llegar al clímax cuando él chilló:
—¡Joder! Me corro.
Aquella confesión me excitó mucho más y yo también llegué al orgasmo mientras exclamaba de puro disfrute.
A los pocos segundos, Adán cayó rendido a mi lado. A continuación, me miró y sonrió.
—¿Has disfrutado? —Quiso saber.
Había disfrutado como nunca. Jamás un hombre había sido tan generoso en la cama. Mis anteriores amantes se habían limitado a satisfacerse a ellos mismos. Sin embargo, Adán se preocupó en colmarme de placer.
—Mucho —contesté.
¡Zas! Y entonces vino la culpa a mí otra vez. «¿Cómo has podido acostarte con él? Seguro que te ha utilizado. No te dejes seducir, él es como los demás: solo busca manipularte a su antojo». Me agobié. Me agobié muchísimo. Así que quise poner paz a todo mi alboroto interior.
—Ya puedes irte —solté.
—¿Perdona? —preguntó confuso—. ¿Quieres que me vaya?
—Sí. Acabo de llegar a Roma. Estoy agotada del viaje y quiero ducharme y estar sola —mentí.
—Si quieres nos duchamos juntos —propuso antes de abrazarme.
Me zafé con rapidez porque me notaba admitir que en sus brazos me sentía extrañamente cómoda.
—No. —Me mantuve en mis trece—. Quiero estar sola.
—Vale. Lo entiendo —dijo él mientras se levantaba para vestirse—. Te dejo espacio. ¿Nos vemos en una hora y damos un paseo?
—¿Es obligatorio? —pregunté con ironía.
—El plan es que te demuestre que los hombres somos agradables, ¿no? —Se encogió de hombros—. Tenemos que pasar tiempo juntos. Aunque creo que ahora te he demostrado que somos generosos y podemos satisfaceros.
¡Uy! Aquella frase me sonó tan arrogante que solo me quedó una opción para pararle los pies.
—En una hora estaré en el hall del hotel —apunté—. Sin embargo, quiero que sepas que lo que acaba de pasar no tiene relevancia para mí. Solo ha sido un momento de calentón y haré como si no hubiese pasado.
Todo era mentira. Aquel momento de sexo con él fue mucho más que sexo. Me sentí libre por primera vez en la cama con un hombre, disfruté como nunca y supe que jamás sería capaz de borrarlo de mi mente.
Adán era distinto a los demás y eso me aterraba.