La enemiga del amor Capítulo 4
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Capítulo 4

—¡¿C ómo?! —pregunté escandalizada—. ¿Por qué dices eso?

—¿Hace cuánto que has recibido el correo de Adán? —contestó Elena con otra pregunta.

Lo comprobé antes de responder.

—Una hora —señalé.

—Pues el muy listo, como no le contestabas, ha subido un vídeo con la propuesta a redes y te ha etiquetado.

Acabo de verlo en silencio mientras hablabas y he leído los subtítulos.

Y eso no es lo peor de todo —resopló Elena—.

La gente, tus seguidores, lo han visto y ya hay más de dos mil comentarios.

—¡¿Qué?! —exclamé.

Elena activó el sonido de su teléfono y reprodujo el vídeo. Salía un hombre de unos cuarenta años. Tenía el pelo castaño y era bastante atractivo, y decía:

—Hola, soy Adán. Quiero hacer una propuesta a Naroa García, la enemiga del amor.

Quiero demostrarle que no todos los hombres somos unos capullos, tal y como ella asegura.

Así que le propongo pasar conmigo un finde en Roma para que compruebe que soy un tipo legal, generoso y bueno.

No busco fama ni dinero al lanzar estar propuesta.

Soy entrenador personal de personajes populares y tengo muy buena reputación.

Además, estoy bien posicionado económicamente.

Solo quiero demostrarle a Naroa que se equivoca. ¿Qué me dices, Naroa? ¿Aceptas?

Quise desaparecer en ese instante. ¿Cómo había sido capaz de grabar semejante vídeo, subirlo a las redes y etiquetarme? ¿Estaba loco?

—Será cabrón —espetó Elena.

—Oigan, chicas, es muy mono. Y, además, es entrenador personal. Seguro que está buenísimo. Nere, cariño, esta oferta no la puedes rechazar —apuntó Priscila.

Fulminé a mi amiga con la mirada.

—¡Pues la rechazo! —exclamé—. Paso de ese capullo.

—Pero no puedes pasar de tus seguidores, que están comentando el vídeo de Adán —señaló mi repre—. ¡Joder! En menos de una hora ya lleva más de medio millón de reproducciones.

—¿Qué dicen mis seguidores? —pregunté con cautela.

—Que vayas y le demuestres a Adán que se equivoca —contestó Elena—. Todo el mundo te recomienda que no seas aguafiestas y aceptes la propuesta de Adán.

—No me jodas —susurré.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —soltó Elena.

—No. ¿En serio? —protesté—. ¿Tengo que ir?

—Te debes a tus seguidores, cariño. Ellos quieren que vayas —insistió.

—¡Qué guay, Naroa! —celebró Pris mientras levantaba los brazos por pura felicidad—. ¡Te vas a Roma!

—¿Vienes conmigo? —le pregunté a mi representante.

Elena suspiró agobiada.

—Eso ahora no importa —comentó de mala gana—. Tenemos que pensar en cómo respondemos.

Muy bien. Era inevitable. Por culpa de la presión social, tenía que aceptar la puta propuesta del pirado que me había escrito por e-mail. Iría. Claro que iría, pero con mis condiciones. Así que, en ese mismo instante, decidir coger yo la batuta.

—Perfecto, chicas. Ya sé qué voy a hacer. —Sonreí con picardía—. Voy a responderle a Adán. Y os aseguro que lamentará haber ido de listo conmigo.