Capítulo 3
—V e a Roma y disfruta con el papanatas ese —dijo Priscila.
—¡Ni loca! —exclamó Elena—. No sabes quién es ese tío. Puede que sea un perturbado.
—Creo que lo es. —Reí.
Mis amigas y yo habíamos quedado a desayunar a la mañana siguiente para debatir sobre el correo que recibí de Adán la noche anterior.
—Joder —bufó Pris—. Si te paga todo, ve. Si no vas tú, dile que me apunto yo.
—Puede que sea un machirulo de los que te acosa en redes y solo esté gastando una broma —apuntó Elena.
Tenía razón. En los últimos meses había recibido muchos mensajes de odio de hombres y mujeres que no compartían mi punto de vista. Sin embargo, ninguno me había propuesto irme con él a Roma.
—Puede ser —susurré.
—Naroa, eres una mujer fabulosa —señaló Pris—.
Eres alta, guapa, tienes una melena castaña que ya me gustaría tener a mí.
En serio, ¿usas mascarilla o un champú especifico para mantener el pelo tan sedoso?
Además, tienes treinta y ocho años y aparentas ocho menos.
Ese tío te ha escrito porque le gustas, sabe que tu pasado con los hombres es desastroso y quiere enseñarte que hay chicos que son muy guais.
—Bobadas —rechistó Elena—. Quiere reírse de ti.
—¿Hablas como amiga o como representante de Naroa? —preguntó Priscila a Elena.
—Como las dos cosas. No puedo separarlas —contestó Elena—. Como amiga, porque sé que todavía no está preparada para dar el paso de conocer a alguien. Y como representante, porque quedaría fatal que la enemiga del amor se fuese a pasar un finde a Roma con un hombre que no conoce.
—Decidido —aseguré—. Elena tiene razón. ¡Es una locura!
—La vida está hecha para cometer locuras —nos recomendó Pris.
—Priscila, cariño, tú tienes un novio ideal que aún no te ha engañado, que sepamos.
Tienes un trabajo de lujo en la clínica dental de tu padre y tu vida es perfecta —alegó Elena—.
Entiendo que seas tan optimista. Tienes dinero y amor.
Sin embargo, a nosotras nos han puteado los hombres y nuestro trabajo es advertir, a cuantas más mujeres mejor, que se anden con cuidado con los chicos porque pisotean nuestros sentimientos y nos utilizan.
—Voy a responderle al listo de las narices que se meta su propuesta por donde le quepa —susurré.
Entonces, al acceder a la app, comprobé que me había enviado otro e-mail.
Lo leí.
Buenos días, Naroa.
No sé si has leído mi anterior correo. Te he escrito a esta dirección porque es la que pone en tus redes. De todas formas, como no me has respondido, tal vez no lo has leído. Así que buscaré la forma de hacerte llegar mi propuesta.
Un abrazote.
—Me ha vuelto a escribir —dije a mis amigas.
—¿Otra vez? —preguntó Elena un tanto molesta.
—¡Jo!, ¡qué majo es! —resopló Pris—. Eso es que le interesas.
—Claro que le interesa, pero para fastidiarla —bufó Elena.
—Me parece que este tío va de listo —les comenté después de leerles el e-mail.
—Dime su nombre a ver si lo localizo en Instagram... —me pidió mi representante.
—Se llama Adán, pero no sé su apellido —contesté.
—Da igual, voy a ver si te sigue y averiguo quién es —dijo Elena.
—¿Sabéis qué? —suspiré—. Voy a responderle diciéndole que no estoy interesada y que se vaya a tomar por saco. Además, puede que sea un tipo insoportable, feo, egoísta, que solo sabe hablar de deporte y con cero sensibilidad. No me apetece conocerlo.
—¡Para! —exclamó Elena—. ¡No le respondas!
Mi amiga me miró mientras tragaba saliva. Tenía la cara blanca y sonrió levemente. ¡Mierda! ¡No! Cuando Elena sonreía así era porque había pasado algo terrible.
—¿Qué? —pregunté asustada.
—Haz las maletas, te vas a Roma.