Capítulo 2
—¿Q ué hago, Naroa? —preguntó Celia al otro lado de la línea—. ¿Qué hago? Soy lo peor. ¡Me he confundido!
—No pasa nada, cariño —intenté tranquilizarla—. Lo primero, respira, ¿vale? Relájate. Todo el mundo se equivoca. Te has acostado con tu ex. No pasa nada.
—¡Cuatro veces este fin de semana! —espetó arrepentida.
—Vale. Te has acostado cuatro veces con tu ex —recapitulé—. Todo el mundo tiene tropiezos y momentos de debilidad. Los hombres son gilipollas, pero hay algunos que están muy buenos. Son así para que caigamos en sus garras y nos dominen.
—Eso me ha pasado a mí —señaló—. Mi ex me ha dominado, pero bien. ¿Qué hago ahora? Soy lo peor, lo sé.
—Celia, por favor, deja de fustigarte —le pedí agobiada por sus continuos ataques hacia ella misma—. ¿Ves? Eso es lo que consiguen los hombres: que nos tratemos mal. Ahora vas a hacer lo que yo te diga, ¿entendido? Lo primero que tienes que hacer es relajarte, ¿vale?
—¿Me fumo un porro? —propuso.
—¡No! Joder, no —espeté—. Sal a correr o ve al gym.
—Muy bien —susurró avergonzada. No podía verla porque estábamos hablando por teléfono, pero seguro que estaba roja—. Olvido lo del porro.
—Y después deja de castigarte a ti misma. No pasa nada, ¿entiendes? Has tenido un momento de debilidad. Ya está. Es algo normal cuando te estás desintoxicando de los hombres. A veces, cedes a los errores del pasado.
—Ese error ha estado genial, Naroa —comentó—. Me he corrido más de diez veces en dos días.
—A ver, Celia, aclárate —suspiré—. ¿Te arrepientes o estás satisfecha?
—Me arrepiento, me arrepiento —aseguró.
—Pues olvídate de los orgasmos y del capullo de tu ex —le ordené con firmeza—. Y si te apetece correrte, usas el consolador, ¿entendido?
—¡Entendido! —exclamó—. Muchas gracias, Naroa. No sé qué haría sin ti.
—Ser una marioneta para cientos de machirulos —resoplé—. Ahora refuerza y recupera tu independencia como mujer.
—Gracias.
—A ti —contesté—. El pago de la consulta házmelo por Bizum. Son cien euros, pero como eres alumna prémium, gracias a tus recaídas semanales, te hago un pequeño descuento.
—¿Ah, sí?
—Sí. Hazme el pago de noventa y cinco euros —añadí.
—Ah... —murmuró—. Gracias, Naroa.
—De nada, nena —respondí—. Sé fuerte, sal a correr y mastúrbate con un buen consolador.
—Vale. ¡Gracias! Ya me siento mejor —comentó risueña.
—Me alegro mucho, guapa. Buenas noches —me despedí.
Al colgar, miré la hora en la pantalla del teléfono.
¡Joder! Eran las once de la noche. Llevaba hablando con Celia casi dos horas.
¡Poco le había cobrado! Celia era una alumna que llevaba medio año asistiendo a mis cursos y también hacía asesorías personalizadas por videollamada o por teléfono.
Ella dudaba mucho de sí misma porque su ex le había hecho creer que sin él no valía nada.
Celia estaba intentando desengancharse del anormal de su expareja, pero le costaba muchísimo.
Así que casi todas las semanas quedaba con él, se acostaban y después me llamaba arrepentida.
Por más que le diese pautas y normas a seguir para olvidarse de él, ella se las saltaba y siempre acababa entre sus brazos.
A mí me daba pena por ella. Sin embargo, estaba comenzado a pensar que le gustaba que su ex la puteara.
Ya sabes: «Sarna con gusto no pica». Pero yo seguía empeñada en que se deshiciese de él y le diese la patada.
Le recomendé el bloqueo absoluto. Sin embargo, Celia era incapaz. Tenía que trabajar más el apego y la dependencia hacia él.
Caí rendida sobre el sofá mientras dejaba libre un suspiro.
Era lunes. El finde había sido intenso con el curso y el primer día de la semana lo había reservado para mí.
Ir a darme un masaje, ir de compras, comer con mis amigas...
, pero durante todo el día me llamaban distintas clientas para pedirme consultas por teléfono y no podía rechazarlas.
La lucha contra el machismo no tenía vacaciones.
Así que recordé mi lema y saqué el teléfono para ver la agenda del siguiente día. Entonces, recibí un correo muy sorprendente.
Lo leí.
Buenas noches, Naroa.
¿Qué tal estás? Soy Adán. Te sigo desde hace unos días en tus redes sociales y tu papel de enemiga del amor me tiene intrigado. ¿Por qué odias tanto a los hombres? Y, ¿en serio piensas que todos somos unos arrogantes, egoístas y narcisistas?
Me gustaría ayudarte a cambiar de opinión y demostrarte que aún quedamos hombres maravillosos: románticos, sensibles, elegantes, generosos y ardientes en la cama.
Te invito el siguiente fin de semana a Roma. Nos vamos dos días a Italia y te demuestro que estás equivocada. ¿Te atreves?
Espero con expectación e ilusión tu respuesta.
Un abrazote muy grande.
Adán
Solté una pequeña carcajada al leer el e-mail.
¿Quién era ese tipo? ¿Se estaba quedando conmigo? Y, ¿por qué estaba tan seguro de que podría hacerme cambiar de opinión?
Me tentó responderle al momento para mandarle a la mierda y pedirle que se dejase de gilipolleces. ¿Cómo me iba a ir un fin de semana a Roma con un desconocido? ¡No! ¿Para qué? Ese tipo no tenía nada que demostrarme. Yo ya sabía que el género masculino apestaba a toxicidad.
Sin embargo, no le respondí ni borré el mail.
Antes de decidir qué hacía, tenía que comentarlo con las chicas.
¿Qué pensarían ellas?