La enemiga del amor Capítulo 1
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La enemiga del amor

La enemiga del amor

Por Daniel De la Pena

© inepub.com

Capítulo 1

—¡¿Q ué somos?! —grité.

—¡Mujeres fuertes y empoderadas! —chillaron todas al unísono.

—¡¿A quién odiamos?! —pregunté con rabia.

—¡A los hombres! —berrearon ellas.

—¡¿A todos?! —insistí.

—¡Sí! ¡A todos!

—¡¿Por qué?! —Volví a la carga.

—¡Porque son unos cabrones que solo piensan en ellos mismos y son desleales! —concluyeron mis alumnas.

Aplaudí feliz.

Estaba contenta y muy satisfecha. Mis chicas habían aprendido todo. El cursillo exprés de fin de semana de «Cómo ser una mujer fuerte e independiente» había ido de maravilla.

—¡Chicas! —suspiré pletórica—. Estoy muy muy orgullosa de vosotras. Ahora, después de estos dos días intensos de empoderamiento, ¡estáis preparadas para vivir vuestra vida con plenitud!

Mis treinta alumnas aplaudieron con energía y me vitorearon.

—¡Eres la mejor! —gritó una de ellas.

—¡Siempre nos inspiras! —exclamó otra.

—Yo me apuntaría mil veces más a este curso —señaló una mujer.

—¡Os quiero! ¡Sois fabulosas! —las felicité—. Me pasaría horas y horas con vosotras, pero el curso acaba ya. Y tengo que dejaros partir hacia vuestra propia felicidad.

Volvieron a aplaudir con emoción.

El curso había sido un gran éxito, como los veinticinco que había impartido.

Todas estaban satisfechas, se sentían más empoderadas y con el control de sus propias vidas.

Y, sobre todo, sin tener que depender de un hombre.

Ese era el objetivo principal del curso.

¡Sacar a los machirulos de nuestras vidas!

Después de concluir el curso, bajé del escenario para hacerme fotos con las alumnas y despedirme. Fue maravilloso comprobar cómo todas estaban eufóricas y encantadas con mis enseñanzas. Todas me felicitaron y me dieron las gracias por ser un referente en sus vidas.

Yo no podía estar más orgullosa de mí misma.

Desde hacía un año que decidí montarme un TikTok con mensajes feministas, de superación y antichicos, todo me iba de maravilla.

Contaba con más de un millón de seguidoras fieles que apoyaban mi mensaje de cero hombres en nuestras vidas y no depender jamás de ellos.

Además compraban los productos que anunciaba en mis redes sociales y asistían a mis cursos de independencia y empoderamiento.

Cuando todas se habían ido y estaba recogiendo la sala donde había celebrado el curso, una de las alumnas regresó.

—Hola, Naroa —me saludó—. ¿Puedo comentarte algo?

—Hola, cariño. Claro, ¿cómo te llamabas? —contesté.

—Fabiola.

—Hola, Fabiola. —Sonreí—. Dime.

—No sé si te va a molestar —susurró.

«¡Uy!, ¡mal empezamos!», pensé.

—No pasa nada. —Ahora forcé mi sonrisa.

—Creo que tu mensaje es un poquito exagerado, ¿no? —Divagó.

—¿A qué te refieres? —Fruncí el ceño.

—No me siento cómoda odiando a todos los hombres ni sacándolos de mi vida —confesó—. No todos los hombres son malos, ¿no?

—No. Desde luego que no —contesté—. Los gays son maravillosos.

Ella resopló.

—Y hay muchos hombres heterosexuales que son supermajos —apuntó—. Creo que tus cursos son demasiado generalistas. E incitan a odiar al sexo masculino por rencor o porque es más fácil culparlos de nuestras desgracias que enfrentarnos a nuestros errores.

Joder. Lo que dijo Fabiola me tocó las narices de forma exagerada. Así que una a frenarle los pies.

—¿Sabes cuántos años hemos estado relegadas a ellos?

¡Muchos! De hecho, en demasiados sectores seguimos estándolo —respondí con contundencia—.

Ellos cobran más por el mismo puesto, ellos tienen más cargos de relevancia, ellos tienen más visibilidad en los negocios, ellos tienen más credibilidad.

¡Tenemos que pararles los pies y ser nosotras las que ocupemos su lugar!

—Naroa, ¿no crees que si algo está mal, como todo lo que has comentado y en lo que coincido contigo, es un gran error repetirlo?

—soltó dejándome sin palabras—. Intentar hacer lo que ellos han hecho durante tanto tiempo y que es superinjusto es una estupidez.

Es mucho más sensato intentar hacer las cosas mejor, sin discriminar ni poner a nadie por encima ni por debajo.

¡La leche! Fabiola llevaba razón, pero yo tenía otro motivo de peso, y mucho más importante, para odiar al sexo masculino: que un hombre en el pasado me rompió el corazón.

—Ellos nos manipulan, nos hacen creer que siempre podremos contar con ellos, confiar en ellos y cuando nos descuidamos: ¡zas!

, ¡se follan a nuestra hermana! —espeté con los ojos vidriosos—.

¡Así son los hombres! Mentirosos, ruines, cerdos, primitivos e incapaces de pensar con otra cosa que no sea la polla.

—No todos son así —replicó.

—¡Genia, Fabiola! Yo ya te he advertido —solté rabiosa—.

¡Haz lo que te dé la gana! Si quieres fiarte de un hombre, enamorarte e ilusionarte para que después te destroce el corazón en mil pedazos: ¡adelante!

¡Bienvenida al club de las mujeres que hemos sido despreciadas por los hombres!

A mí no vuelve a pasarme nunca más. Por eso hago estos cursos.

Para que todas aprendamos que las mujeres somos capaces de vivir felices sin contar con ningún tío.

—Pero somos seres sociales, necesitamos relacionarnos —insistió ella.

¡Joder!, ¡qué pesadita era la tipa! Ella seguía erre que erre.

—Puedes relacionarte con más chicas —respondí.

—¿Y el sexo? —apuntó.

—Hay juguetes sexuales que te dan mucho más placer que cualquier hombre —argumenté.

—No sé... —murmuró—. No me convences.

—Lo siento, cariño —me lamenté—. Eso significa que tú misma te darás cuenta de tu error cuando un chico te...

—Ya, ya lo sé —me interrumpió—. Cuando un chico me destroce el corazón.

—Exacto —bufé de mala gana.

—¿Y qué pasa si soy yo la que le rompe el corazón a él? —disparó.

—Entonces harás justicia, nena. —Reí.

—Entonces si somos nosotras las que herimos a los chicos, ¿no somos malas? ¿Somos justicieras? Sin embargo, si ellos nos lastiman, ¿ellos son malos? —reflexionó desafiante.

Aquella chica estaba rebosando mi paciencia con sus impertinencias.

—Mira, mujer, esto no es un curso de filosofía —resoplé—. Aquí se viene a aprender a sobrevivir a las putadas que nos hacen los hombres, no a reflexionar sobre quién es malo o bueno.

—Vale —suspiró—. Solo respóndeme a una cosa más.

—¿Qué?

—¿Y si te cuelgas de un hombre y descubres que no es capullo, tal y como aseguras que lo son todos? —preguntó.

Solté una carcajada enorme.

—Eso es imposible, nena.

—¿Por qué? —Quiso saber.

—Porque todos los hombres son unos cretinos y, aún más importante, porque ni harta de vino me vuelvo a enamorar de un tío.

Eso era lo que creía en ese instante. Sin embargo, lo que estaba a punto de pasar era muy diferente.