Capítulo 47 #2
Sentí una fuerte punzada de culpabilidad.
Haber venido a ver a esta mujer, que era evidente que seguía dolida, resultaba cruel.
Estaba siendo una egoísta por haberme presentado allí en busca de respuestas sin pararme a pensar en que podría abrir de par en par heridas que era muy probable que ni siquiera estuvieran curadas.
–Lo siento. Me marcho –le dije, y me levanté.
La mujer parpadeó, como si se hubiera dado cuenta de repente de que me encontraba allí.
–No, por favor, quédese. Son pocos los que conocen la existencia de mi William, e incluso menos los que saben que tuve un hijo.
Es doloroso, sí, pero no todo el dolor es malo.
Quédese. –Volvió a concentrarse en los documentos, en especial, en el certificado de nacimiento–.
¿Qué fue de Isaac? –me preguntó tímidamente, como si le diera miedo lo que pudiera responderle.
Volví a sentarme y sonreí, porque, al menos, esa historia no tenía un final tan triste.
–El doctor Ashburn padre y su esposa lo criaron. Por lo que me dijo el doctor Ashburn hijo, Isaac tuvo una infancia dichosa en la que no le faltó de nada y, hoy en día, él también es doctor.
Otra vez se le llenaron los ojos de lágrimas a la anciana y volvió a llevarse una mano a la boca mientras asentía.
–Qué bien. ¿Y…? ¿Lo conoce usted?
Negué con la cabeza.
–Vive en los Estados Unidos, en Nueva York. Sé el hospital en el que trabaja. Había pensado que quizá quisiera escribirle una carta, darle estos certificados para que reclamara su herencia.
–La herencia… Ese dinero no le ha proporcionado sino dolor a todo el que lo ha pretendido. A Silas y a Julia los volvió locos.
–Julia tuvo un hijo, y un heredero varón de su línea tiene derecho sobre la herencia. Ese chico podría arrebatarle lo que es suyo.
La mujer suspiró y volvió a mirar las pruebas que tenía en las manos.
–Puede que tenga usted razón. Supongo que es Isaac quien ha de decidir lo que quiere hacer.
Permanecimos sentadas en silencio durante un rato y solo se oía el chisporroteo y el siseo del fuego, así como el suave ruido del reloj de pie que había en una esquina.
No sabía qué hacer. Lo único que me salía era mirar a aquella mujer.
No se parecía mucho a la joven que me imaginaba con la lectura de aquellas páginas.
Parecía más bajita, no esa gran presencia en que se había convertido en mi vida.
Eso sí, era preciosa. Sus rasgos eran delicados y agradables.
Imaginé aquellos mismos rasgos llenos de juventud y del rubor que produce el amor.
La veía mirando desde la ventana de su dormitorio a su amante; en la calle, escabulléndose para encontrarse con él.
–Su historia –decidí romper el silencio– ha cambiado mi existencia.
La ha salvado, en realidad. Antes de que encontrara la carta, mi vida era un sendero estrecho, confinada entre un padre que hacía lo que podía pero que no sabía cómo mostrarme su cariño, que solo veía para mí una vida en concreto, y otro hombre que, hasta hace poco, no ha apreciado mi valía.
Ambos me hacían sentir pequeña, si bien no lo hacían con malicia.
Su historia, en cambio, ha agrandado mi mundo, mi corazón, y me ha enseñado la verdadera dimensión de ambos.
Había renunciado al amor, pero leer su historia con William…
Nunca se rindieron; usted incluso sigue esperándolo…
y yo quiero algo así. Quiero a alguien que me espere toda la vida…
, aunque bien sabe Dios que no me lo merezco.
Isabel me cogió la mano.
–Gracias. Aunque no conoció usted a William, que alguien que no seamos nosotros conozca nuestra historia implica que seguimos vivos. Que él sigue vivo. Y ya no solo en mi recuerdo, sino también en el suyo. Usted me ha hecho un estupendo regalo en el día de hoy y le estoy muy agradecida por ello.
Las lágrimas afloraron a mis ojos y, durante un rato, permanecimos cogidas de las manos.
–¿Podría…? –No tenía claro si debía continuar, pero la curiosidad me empujó a hacerlo–. Hay una parte de su historia que dejó usted fuera de la declaración.
Isabel asintió:
–El duelo.
–¿De verdad mató William a Julian?
–Sí, así fue. William se enfadó tanto cuando Julian se burló de mí y de nuestro enlace, que lo retó a un duelo.
Fue en una mañana fría, con mucha niebla, y Daisy y yo nos escapamos de casa antes del amanecer.
Hasta el más mínimo ruido que hacíamos me aterraba; pensaba que mi padre nos oiría y que, si me pillaba, me sometería a algo todavía peor que lo del confinamiento.
»Daisy encontró un cabriolé en una calle cercana y fuimos en dirección oeste hasta el parque de Osterley.
Con cada bache que pillaban las ruedas, mi bebé se retorcía, como si supiera que estaba a punto de ver a su padre.
–Hizo una pausa, sonrió–. Aún lo siento si cierro los ojos…
, esa sensación pesada y extraña dentro de mí, esa vida en mi interior.
Fue algo muy breve y aún hoy lo echo de menos.
El cielo estaba de color gris, se acercaba el alba y nos quedábamos sin tiempo.
Estaba preocupada, porque Osterley es muy grande y allí habría muchos sitios en los que llevar a cabo un duelo ilegal, pero los encontramos al borde de un estanque.
La niebla se aferraba a la hierba y el rocío, con la luz del nuevo día, parecía plata.
Entre la bruma vi la silueta de unos hombres: William, Julian, sus ayudantes y el testigo, aunque no sabía quién era quién, porque todos estaban como desdibujados.
»Aquellos que di por hecho que eran William y Julian se acercaron, se dieron la espalda y empezaron a alejarse paso a paso.
Eché a correr. Corrí tanto como me lo permitía mi estado, pero se hallaban muy lejos.
Quise gritarles, pero me costaba respirar y mis movimientos eran lentos y trabajosos.
Daisy iba a mi lado, con su brazo sujetándome por la cintura.
»Por fin pude gritar, pero en ese mismo momento oí los pistoletazos.
Los pájaros salieron volando de los árboles y, por un momento, el mundo dejó de girar.
Ambos permanecían de pie, como si los sujetara el hilo de Dios…
Entonces, fue como si el tiempo hubiera vuelto a ponerse en marcha y uno de ellos se tambaleó, luego el otro, y ambos cayeron al suelo.
»Eché a correr colina abajo, temiendo caerme en todo momento, resbalándome con la hierba mojada.
Los otros hombres me miraron horrorizados.
El testigo salió huyendo. Julian se retorcía a un lado, aullando como un oso atrapado.
Su ayudante, uno de los amigotes de mi primo, corrió a su lado.
El ayudante de William, un joven al que no había visto nunca, estaba junto a mi amado, pero tenía más miedo que yo.
William estaba boca arriba, mirando al cielo, y le costaba respirar.
El ayudante balbuceaba no sé qué de que William le había pagado para que fuera; estaba dando más problemas que soluciones.
Le grité que podía marcharse si quería y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Mi primo había alcanzado a William en el brazo, poco más que un rasguño.
En cambio…, William había acertado a Julian en el estómago y mi primo tenía una herida espantosa.
El ayudante de Julian estaba arrodillado a su lado, presionando la herida con ambas manos.
Mi primo gruñía y le gritaba y, además de la ira, se apoderaron de él fuertes sollozos. Tenía miedo.
»William puso la mano en mi tripa. Recuerdo su tacto como si lo estuviera haciendo ahora mismo…
Notó a nuestro hijo. Me besó sin que le importara nada más y me dijo que seríamos una familia.
Yo le dije que, primero, tenía que evitar que lo arrestaran.
Entonces mudó de expresión; creo que fue en ese momento cuando se dio cuenta de la magnitud de lo que había hecho.
»Julian apenas se movía y su ira había desaparecido.
Miró hacia donde estábamos nosotros, me vio y tendió su mano ensangrentada hacia mí…
Yo no me acerqué. De su boca salió un gorjeo aterrador y se quedó callado para siempre.
Su ayudante se sentó en el suelo, respirando con fuerza, cubierto de sangre.
Me miró, miró a William… y salió corriendo.
Cogí ambas pistolas y las lancé al lago.
»No nos quedamos más tiempo allí. Ayudé a William a llegar a nuestro cabriolé, aunque creo que, en realidad, era él quien me estaba ayudando a mí, porque la carrera y el pánico me estaban pasando factura y las piernas amenazaban con dejar de sostenerme.
Daisy me sujetó por el otro lado. Le dije a William que cogiera nuestro cabriolé y huyera, que buscara un sitio seguro y que me escribiera con un nombre que solo yo pudiera entender.
Otro de nuestros rompecabezas. Se mostró de acuerdo, me besó, me puso las manos en la tripa y le dijo a nuestro bebé cuánto lo quería y que siempre estaría a su lado.
Luego, se marchó. Daisy y yo volvimos en el otro cabriolé y llegamos a casa antes de que nadie se hubiera despertado.
Isabel miró la puerta. Daisy estaba de pie en el umbral. Yo no la había oído llegar. Me fijé en que miraba a su señora sin esconder el afecto que sentía por ella.
–Daisy y yo no volvimos a hablar de ello…
, hasta hoy. –Isabel me miró–. Y ya está, esa es toda la historia.
William no era perfecto. Era impetuoso y tenía carácter.
Cometió errores, pero le perdoné por ello…
y volvería a hacerlo. Eso es realmente el amor, ver el corazón que hay detrás del error y superarlo.
Pensé en Harry…, en el hombre al que amaba. Recé para que perdonara mis errores…, aunque sabía que eran muchos.
–¿Les apetece comer? –nos preguntó Daisy, e Isabel asintió.
No me quedé porque necesitaba ver a Harry.
Ya no era un anhelo, era una exigencia. Tenía que verlo y saber, que él me lo dijera, si iba a perdonarme.
No podía esperar tanto como esperó Isabel.
William y ella habían perdido su oportunidad y me dolía en el alma que así fuera, pero yo no iba a hacer lo mismo.
Amaba a Harry porque, por mucho que había intentado que ese sentimiento desapareciera a lo largo de los años…
, ni había desaparecido ni yo quería que lo hiciera.
Abracé a Isabel antes de irme. Ella me cogió la cara con las manos y sonrió.
–Gracias por venir –me dijo–, le ha devuelto usted la vida a William y, en cuanto a mi hijo…, creo que voy a escribirle. Isaac merece saber quién fue su padre y que, durante los breves instantes en los que coincidió con él…, lo quiso con todas sus fuerzas.
–También merece saber quién es su madre –le dije gentilmente a Isabel, y a esta se le llenaron los ojos de lágrimas.
Daisy me preparó un emparedado para el viaje –cuidando siempre de las personas aunque no las conociera–.
Me marché de la Granja Athlow sintiendo luz en mi interior por primera vez en meses.
Ahora conocía toda la historia y todas mis preguntas tenían respuesta, no había huecos que rellenar.
Noté que mis hombros se relajaban y aceleré el paso.
Miré hacia atrás, la casa pincelada de nieve, donde brillaba una luz cálida en cada ventana…
, y no pude por menos que sonreír. Esperaba que aquellas mujeres hubieran encontrado algo de felicidad en las décadas que habían pasado desde la muerte de William.
Yo, desde luego, les deseaba toda la del mundo.