La encuadernadora de Oxford Capítulo 48
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Capítulo 48

Regresé a Oxford, a la librería, y me puse manos a la obra.

El suelo y las estanterías estaban polvorientos y el olor a libro viejo se había vuelto muy potente después de que la librería hubiera pasado tanto tiempo cerrada.

Aireé las estancias, lavé el suelo y, al día siguiente, catalogué los libros de valor que quedaban.

No eran muchos y la mayoría de ellos eran volúmenes sosos, básicos en una colección.

Decidí modernizarme, pero no distanciarme mucho de los métodos de mi padre.

La tradición tenía que ocupar su lugar en todo lo que se emprendiera, si bien es cierto que sin cambio, sin luz y sin aire, uno no puede crecer.

El señor Caxton por fin se había dado cuenta, aunque le había costado un tiempo.

Cuando llegué al taller de encuadernación, tenía una sensación nueva y rara en el pecho… Éramos iguales trabajando juntos, no maestro y aprendiz.

En el taller hacía una muy buena temperatura porque el fuego llevaba ardiendo desde primera hora y porque el sol entraba brillante por las ventanas. El señor Caxton me sonrió en cuanto me vio.

–Llega usted tarde, señorita Delaney.

–Ahora soy socia, así que puedo llegar cuando quiera.

El hombre sopesó mis palabras y resopló.

–Solo si me ha traído…

Saqué una bolsita de papel y la dejé en su mesa de trabajo. Se echó a reír.

–Bien, bien, veo que, por una vez, llega usted a tiempo.

Hablamos de nuestra nueva situación y de cómo íbamos a hacer para que funcionara.

Me resultó emocionante, un nuevo capítulo…

, pero seguía habiendo una nube negra sobre mi cabeza y no quería irse.

Harry no había venido a verme. Me había pedido tiempo y se lo estaba dando, pero ¿en qué momento se convertiría ese tiempo en un «para siempre»?

Cuando dejé el taller de encuadernación, al final del día, las satisfacciones del trabajo fueron desapareciendo y volví a sentir pesar en el corazón.

Recorrí el corto camino que había hasta mi casa con el cuello de la chaqueta bien subido para resguardarme del frío.

Giré en la calle Victor sin dejar de mirar el pavimento y no vi la figura que había en la puerta de la librería hasta que la tuve casi encima.

Al levantar la vista y verla pegué un respingo, porque, a oscuras, habría jurado que se trataba de Devlin, con el bombín marrón oscureciéndole el rostro y con el brillo de la navaja en la mano.

Pero fue Harry quien salió de entre las sombras.

Vio el miedo dibujado en mi rostro y vino a toda prisa a confortarme.

¡Era Harry!

–Lo siento, Lily, no pretendía asustarte.

No podía creer que estuviera allí, después de tanto tiempo pensando que se había olvidado de mí.

–No… no pasa nada. ¡Has venido!

Me cogió la mano.

–Sí, he venido.

Me lancé a sus brazos y él me rodeó con los suyos, me sujetó con fuerza, con más fuerza unos instantes después, y ya no necesité que dijera nada más. Era mío. Nuestro amor era más fuerte que mis errores y a él también se lo parecía.

–Lo siento…, lo siento… –empecé a decirle, pero me calló con un beso.

El nubarrón que sentía encima de la cabeza desapareció por completo y ya solo veía sol y estrellas y un camino iluminado para nosotros.

Entramos en la librería y fue entonces cuando me di cuenta de que Harry llevaba una cartera. Aquello no era habitual en él, pero ¿qué más daba? Estaba demasiado contenta para preocuparme por aquello o para preguntarle qué contenía.

–Encontré a Isabel, la mujer que escribió la declaración –le expliqué, porque no quería que hubiera nunca más nada que yo supiera y él no.

Se merecía conocer el final de la historia tanto como yo–.

Ha estado esperando a William estos cincuenta años…

, a pesar de saber que nunca llegaría. Yo también he estado esperándote.

Me apretó la mano.

–Siento haber tardado tanto, pero es que me cayó todo como una losa, lo de los libros, lo de ese hombre con el que te…

Aquellas últimas palabras hicieron que me sonrojara.

–Lo siento mucho, Harry, de verdad.

–No eres tú la que tiene que disculparse, Lily, sino yo.

No te escuché cuando éramos jóvenes. Me dijiste que no querías familia, que no querías la vida de una madre, pero yo intenté forzarte para que fuera justo en eso en lo que te convirtieras, y luego te odié porque tomaste el control de tu vida…

de una manera con la que… –se le quebró la voz y comprendí que la pena que Harry sentía por lo sucedido en aquel entonces aún estaba presente en su vida– con la que no estaba de acuerdo…

, pero lo hecho hecho está y quiero que empecemos de cero.

Me llevé la mano a la boca. No podía hablar, solo asentir. Me dolía tanto el pecho que no sabía si me iba a dar algo. Volví a lanzarme a sus brazos y lo sujeté…, toda una eternidad.

Al final, acabamos por separarnos, me secó las lágrimas con el pulgar y me dijo:

–La historia de esa mujer, de esos libros…, se ha acabado, ¿no?

Asentí y me sentí triste por la pérdida.

–Se acabaron las búsquedas obsesivas por todo el país.

–¿Estás segura? –me preguntó con un brillo en los ojos que pocas veces había visto. Se sentía emocionado por algo y pretendía compartirlo conmigo.

–¿A qué te refieres?

–He encontrado una cosa. –Echó mano a la cartera, sacó un paquete envuelto en cuero marrón y me lo tendió–. Estaba en la prensa, debajo de unas tablas del suelo. Había oído rumores acerca de un libro escondido por antiguos impresores y, cuando lo encontré, enseguida supe que tenía que enseñártelo.

Desenvolví el paquete y vi un libro muy curioso, uno como no había visto otro en la vida.

La cubierta estaba hecha de plata martillada, era fina como el papel y estaba deslustrada por el paso del tiempo.

La curiosidad fue más fuerte que las preocupaciones que pudiera seguir albergando a raíz de lo que había vivido los meses anteriores porque…

porque seguro que ningún libro podía dar tantos problemas como los falsos Bell.

Mis dedos fueron por instinto a las guardas, a la cubierta de plata, a las bandas del lomo.

Miré a Harry, le sonreí y le dije:

–A ver, cuéntame.