Capítulo 47
Escribí a Ambrose Fane, que, de todos mis conocidos, era quien con más probabilidades conocería la Granja Athlow o, al menos, el que más probabilidades tenía de encontrarla.
No le costó mucho. Dos días después recibí una carta suya y la promesa de venir a verme pronto para que le explicara cómo había sobrevivido a la muerte y para que le contara el final de esa historia que –como él mismo decía– tan enganchado lo tenía.
La Granja Athlow era una mansión de campo que estaba en Gloucestershire, cerca de Fairford, más o menos a una hora de Oxford en tren.
También escribí al doctor Ashburn y le pedí que me enviara los certificados, el del matrimonio entre Isabel y William y el del nacimiento de Isaac. Quería tenerlos yo por si acaso descubría algo sobre Isabel.
Cogí una nueva cartera, porque la otra la había perdido en el incendio, y me dirigí a la estación. Mi mano seguía vendada, pero ya no estaba hinchada, lo que me permitía ponerme la chaqueta. Eso sí, la muñeca aún me dolía a poco que la moviera.
Harry no había venido a verme y, aunque yo había pasado a visitarlo en una ocasión, había sido su madre la que me recibió y me dio una palmada en el brazo mientras me miraba con cariño.
«Necesita algo de tiempo, ¿lo comprendes?», me dijo.
Y no solo lo comprendía, sino que no podía culparlo por ello. Eso sí, me alejé de su casa desanimada y temerosa. Mis mentiras y errores me estaban pasando factura. No obstante, le daría a Harry el tiempo que necesitase. Ojalá me perdonara… otra vez.
Me sequé una lágrima mientras subía las escaleras de la estación de tren.
Había uno a Fairford y una vez allí tendría que coger un cabriolé.
Crucé el país en ferrocarril y, si en su día me habían puesto nerviosa aquellas grandes máquinas y sus indescifrables horarios, ahora era capaz de leer dichos horarios con facilidad y ya no les tenía miedo a las locomotoras.
El olor del vapor me resultaba revitalizante y ni siquiera recordar, de repente, haber tenido que subir corriendo a un tren en Swanage para escapar de Devlin consiguió que sintiera rechazo por aquellas máquinas.
Mientras me dirigía al oeste, me preguntaba qué habría sido de él, dado que en la última semana no había vuelto a molestarme ni a mí ni a mi familia –pues eso era lo que consideraba a Harry y al señor Caxton, en especial, ahora que no me quedaba verdadera familia–.
Me alegraba. El hombre había desaparecido y ya no le tenía miedo.
También pensé en las Bell, Agnes y Deidre, y tomé la decisión de que, una vez que acabara mi viaje y hubiera puesto mi vida en orden, las visitaría para contarles el final de aquella historia tan dramática.
Había cogido el tren de la mañana y las densas nieblas aún se aferraban a los campos.
Ya estábamos en diciembre y el frío había aumentado.
Allí donde el viento revolvía la niebla, quedaban al descubierto praderas revestidas de escarcha y árboles desnudos y plateados.
Siempre me había encantado el invierno, eso de ver un paisaje tan cambiado al tiempo que estas calentito en casa.
Porque aquella era la temporada de la chimenea y de la lectura, de leer junto a la vela mientras la luz vence a la oscuridad.
Aunque los días cada vez eran más cortos, me sentía como si emergiera a la primavera.
Después de meses de infierno, igual que había hecho Dante, salía de aquel agujero y volvía a tener las estrellas ante mí.
La Granja Athlow era una mansión de estilo Tudor situada en la loma de una gentil colina y rodeada de árboles.
En algún momento de la mañana había empezado a nevar y los árboles, desnudos, estaban cubiertos de una fina y brillante capa de lo que parecían diamantes.
Los setos, bien recortados, se encontraban delineados de blanco y la propia casa, cubierta con un manto de marfil.
Me quedé al principio del largo camino de entrada.
La verja estaba cerrada, pero no con llave.
La casa era una preciosidad, hecha con la piedra amarilla típica de los Cotswolds, y relucía dorada entre tanto blanco.
Era un lugar oculto, ni grandioso ni imponente.
Encajaba con el entorno hasta tal punto que casi desaparecía en él.
Me sentía nerviosa a medida que me acercaba a la puerta principal y en más de una ocasión me planteé dar media vuelta, marcharme y no molestar a quienquiera que viviera allí.
En realidad, había pocas posibilidades de que Isabel siguiera en aquel lugar cincuenta años después.
Podría ser cualquiera quien me abriera la puerta… , pero tenía que intentarlo.
Llamé, y, aunque tardaron un tiempo, acabaron por abrir. Lo hizo una anciana con uniforme de criada.
La mujer frunció el ceño al verme.
–¿Puedo ayudarla en algo? –me preguntó.
–Eso espero –le respondí, y mi aliento se convirtió en vaho entre nosotras. Guardé las manos en los bolsillos para mantenerlas calientes–. Estoy buscando a una persona que puede que viviera aquí, la señora Isabel Chatton.
La criada frunció el ceño con fuerza y se le oscurecieron los ojos.
–No hay nadie aquí con ese nombre –me dijo mientras empezaba a cerrar la puerta.
Puse la mano en ella para evitar que la cerrara.
–¿Y la señora de William Heathfield?
La criada hizo una pausa y me miró de arriba abajo. Del interior llegó una voz débil.
–Daisy, deja que pase.
–Daisy… –Me quedé mirando a la criada boquiabierta. Me pareció que a la anciana la incomodaba mi expresión de sorpresa, pero me dejó entrar. Cogió mi chaqueta y me pidió que la siguiera a un salón que, gracias a Dios, estaba muy cálido.
Sentada en un sillón, junto al fuego, había una dama delgada y elegante que andaría por los sesenta o los setenta años.
Llevaba un vestido gris y su largo y blanco pelo le caía sobre la espalda en una sencilla trenza.
La mujer era tan blanca que su piel casi parecía traslúcida, como si ni siquiera estuviera allí.
–¿Es usted…? –empecé a preguntar, pero no pude acabar, me parecía imposible.
–¿Que si soy…? –me animó.
La mujer no sonreía y no me parecía que estuviera muy feliz de que la interrumpieran una mañana de entre semana. El problema era que yo no podía dejar de mirarla.
Por fin recuperé la voz y mis modales:
–Le pido disculpas, pero es que me siento superada por… Es que… es usted Isabel, ¿verdad?
La anciana miró a Daisy. ¡A Daisy! La criada que desde un primer momento los había ayudado a William y a ella. La criada –que, sin duda, a estas alturas era más una amiga y una compañera que una empleada– asintió y se marchó del salón.
–¿Y quién es usted? –me preguntó Isabel, que enseguida arrugó el ceño–. ¡Dios bendito, siéntese! ¡Deje ya de dar botecitos!
Me obligué a sonreír, pero es que estaba perpleja. Verla era como ver un fantasma… o al personaje de una novela que hubiera cobrado vida. Me senté en una silla que había frente a ella.
–¿Qué hace usted aquí, señorita…? –me preguntó mientras se cogía las manos sobre el regazo.
Intenté calmarme.
–Me llamo Lilian Delaney y soy encuadernadora.
La anciana arqueó las cejas.
–Encontré… encontré su… historia. Su historia y la de William. Los libros que usted pidió que reencuadernaran para él.
Al oír aquello, la actitud de la mujer cambió por completo y su voz, que había sido fuerte, se volvió carente de aliento:
–¿Los encontró?
–Sé lo que fue de William y el destino de Isaac, el hijo de ambos.
Se llevó una mano a la boca y, de inmediato, se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Isaac… –Sacudió la cabeza como si estuviera intentando evitar una marea alta, pero no pudo–. Por favor, cuénteme lo que sabe y no se deje nada.
–Todo empezó con un libro quemado, Granuja canta en un show , y la carta que contenía bajo la guarda de la encuadernación.
El libro me lo dio el doctor Ashburn hijo –añadí al ver que abría los ojos como platos–.
Que me lo diera fue toda una coincidencia, porque es un ávido coleccionista y el hombre no tenía ni idea de lo que contenía aquel ejemplar.
A partir de ahí…, su historia me consumió.
Le conté todo lo que había sucedido, que había encontrado todos los libros y, por lo tanto, su declaración palabra por palabra, y que me habían perseguido porque había quien quería quedársela.
Le hablé de Julia y le conté lo que les había sucedido a la pobre mujer y a las páginas.
De Devlin y de su navaja, de mi padre, de todo lo que había perdido por el camino.
De Deidre y de Agnes, las autoras, así como de mi viaje final a casa del doctor Ashburn.
Isabel escuchó con atención cuanto le contaba, cambiando su expresión de la pena a la incredulidad, a la ira y de nuevo a la pena.
Era evidente que lamentaba lo que había sucedido, que le dolía incluso ahora, cincuenta años después, lo que había pasado con su familia y el futuro que había perdido, y se me partió el corazón al darme cuenta.
–El doctor Ashburn padre llevaba un diario y relató en uno de los volúmenes que lo componían los días después del nacimiento de Isaac y…
y la muerte de William. Resolví el rompecabezas que le dejó usted a William, el acróstico doble, que es la razón por la que he venido y, para ser francos, me sorprende muchísimo que siga usted aquí.
–Le dije que lo esperaría.
La mujer estaba perdida en sus recuerdos y se agarraba el pecho con la mano como si intentara que no se le descompusiera el corazón.
Busqué en la cartera y saqué los documentos, las pruebas de su amor y de lo que este había producido. Los sujetaba como si los papeles fueran a quebrarse…, pero acabé por dárselos.
–Esto le pertenece.
Los cogió con mano temblorosa y los miró como si no pudiera creer que volviera a tenerlos en las manos. Me pareció tan frágil en ese momento, con su pálida piel más fantasmal si cabe…