Capítulo 46 #2
Le agradecemos el pago realizado para saldar la deuda. Desde el Banco de Londres y del Condado apreciamos su esfuerzo y, en caso de que necesite un préstamo en el futuro, será un placer ofrecerle un tipo de interés favorable.
¿Estaba saldada la deuda? ¿En un solo pago? Leí la carta tres veces porque no podía creerlo. ¿Quién habría hecho algo así? ¿A quién le sobraban casi dos mil libras para dármelas?
¿A Ambrose Fane? Pero apenas nos conocíamos y, por amable que hubiera sido conmigo, dudaba mucho que hubiera sido él. Había otra persona que podría haberlo hecho…
Cogí la chaqueta y me la eché por los hombros porque la mano no me cabía por la manga. Luego cogí la carta del banco y salí a la calle, al frío aire de finales de noviembre.
Fui al taller de encuadernación, pero la puerta estaba cerrada…
y hasta después de llamar en dos ocasiones no me di cuenta de que era domingo.
Últimamente, los días se habían convertido en pedazos de tiempo sin distinción que había pasado en diferentes camas y en diferentes rincones del país.
Había vivido en trenes, había huido de un hombre con una navaja y ahora, allí estaba…
Empezaron a sonar las campanas de San Giles.
Fui a casa del señor Caxton, que tan solo se hallaba a unas pocas calles, en la agradable plaza de Wellington.
Su casa era un viejo edificio típico de Oxford, una construcción de tres plantas de piedra clara y grandes ventanas que se alzaba en un jardín público lleno de árboles.
Incluso en invierno, aquel lugar estaba verde y bien cuidado.
Había ido allí unas pocas veces, aunque siempre por trabajo, y me sentí nerviosa mientras levantaba la aldaba.
Un hombre que no había visto nunca abrió la puerta.
Calculé que tendría más o menos la misma edad que el señor Caxton y que era un poco más alto.
Me recibió con una sonrisa amplia y cálida.
Enseguida me miró de arriba abajo y se fijó en la mano herida.
–Usted debe de ser Lilian.
Parpadeé y asentí.
–Lo siento –le dije–, pero creo que no nos han presentado.
El hombre se llevó la mano a la frente.
–¡Ay, pero qué modales! He oído hablar tanto de usted que es casi como si ya la conociera. Soy Robert.
Desde dentro, el señor Caxton preguntó:
–Bobby, ¿quién es?
–Tu saturada e infravalorada aprendiz –le respondió el hombre, y movió la cabeza de lado a lado sin dejar de mirarme y con aire cómplice.
–Por favor, pase.
Robert hizo un gesto para que entrara y enseguida me sorprendió la calidez de la casa y de mis anfitriones. Robert colgó mi chaqueta y me llevó hasta el salón, donde el señor Caxton estaba sentado en un sofá Chesterfield gastado. El hombre dejó a un lado el periódico que estaba leyendo y me miró.
–Siento molestar –le dije.
–¡No diga tonterías! –exclamó Robert con los brazos en el aire–. Voy a preparar café y, así, les dejo hablar.
El señor Caxton dio unas palmaditas en el sofá para que me sentara a su lado y Robert desapareció por la puerta más alejada y enseguida oí correr el agua y el tintineo de la porcelana.
–¡Menuda aventura ha debido de correr, señorita Delaney! –me dijo el señor Caxton mientras me miraba la mano–. ¿Está usted de una pieza?
–Conservo los dedos, pero no sé si estoy entera.
–¿Qué tal tiene la mano? –De pronto parecía muy preocupado.
–Quemada y dolorida, pero no está rota. El doctor no cree que vayan a quedarme secuelas.
Me pareció que el hombre se relajaba. Volvió a sonreír.
–No sé por dónde empezar –le dije.
–No tiene por qué explicarme nada.
–Claro que sí y, además, quiero hacerlo…, pero puede que hoy no sea el mejor día; aún no lo he superado y, además…, es otro asunto el que me ha traído aquí.
Le entregué la carta del banco y no fue necesario que la leyera para que su cara esbozara un gesto que me hizo pensar que algo sabía.
–¿Ha sido usted? –le pregunté.
–¿Cree usted que tengo dinero para malgastarlo en bancos y librerías? ¡Por Dios, señorita Delaney! ¡¿Pero por quién me toma?! –dijo con aire divertido y con la boca convertida en una sonrisa burlona. Yo, sin embargo, vi más allá–. Ahora bien, como usted comprenderá…, no ha sido pura filantropía.
–¿A qué se refiere?
–Había pensado en hablar con usted una vez se hubiera recuperado, pero la paciencia no es su fuerte.
–Suspiró y me devolvió la carta–. No ha sido un regalo ni caridad.
Es una inversión. Cuando decidió dejar el taller, me di cuenta de lo mucho que me gustaba tenerla cerca, aunque solo fuera para compartir con usted el pastel de la mañana.
Solté una risita que acabó en toses y en dolor en los pulmones.
–¿Cómo ha sobrevivido sin su danesa matutina? –le pregunté.
–Ha sido difícil, la verdad. Fue usted muy egoísta al abandonarme a mi suerte, así que ahora la tengo atrapada al haber pagado la deuda que su padre contrajo con la librería.
–Volvió a suspirar, como si estuviera haciendo un esfuerzo por evitar las bromas e ir al meollo del asunto–.
Tiene usted un talento excepcional, señorita Delaney, y la he mantenido de aprendiz demasiado tiempo.
Me daba miedo que fuera a marcharse…, pero lo hizo igualmente… ¡Ay, mire que soy tonto!
–¡Un tonto de campeonato! –lo pinchó Robert desde la cocina.
–¡Cállate, traidor! –le gritó el señor Caxton, y Robert se echó a reír.
Enseguida entendí su relación y recordé todas las veces en las que el señor Caxton había hablado de no casarse, de no tener hijos. No necesitaba esposa…, porque tenía un marido. Saber que mi mentor –mi amigo– tenía a alguien que lo amaba hizo que un profundo sentimiento de bienestar me embargara.
–Señor Caxton, ¿qué está intentando decir? –le pregunté.
–Quiero expandir el taller de encuadernación para incorporar Libros Antiguos Delaney.
No pude ocultar mi sorpresa.
–Y no solo eso, sino que quiero que sea mi socia, no mi aprendiz. Seremos Caxton y Delaney Encuadernadores y Vendedores de Tomos Raros y Valiosos. El nombre hay que pensarlo mejor, pero ya entiende usted por dónde voy.
Y, sí, lo entendía, pero aun así no podía creerlo. Abrí la boca para decir algo, aunque no me salían las palabras, dado que aquella oferta era tan magnífica… que temía que me viniera grande.
Robert apareció con una bandeja y se sentó en una silla, frente a nosotros. Nos miraba al señor Caxton y a mí emocionado.
–Así que se lo has dicho… –comentó con una sonrisa–. ¡Pues mira a la pobre chica; está horrorizada!
El señor Caxton le chistó y volvió a centrarse en mí.
–Lilian, si no le parece bien, no espero que me devuelva el dinero, qué duda cabe. Considérelo un pago de atrasos si no puede aceptarlo como un regalo. Entendería que quisiera empezar usted por su cuenta. Los jóvenes deben extender las alas y volar.
Siguió divagando, proponiendo diferentes escenarios para mi futuro, hablando de dinero, de su osadía, disculpándose. Parpadeaba y se frotaba las manos. He de confesar que disfruté de aquella incomodidad suya y que dejé que la sintiera más tiempo del necesario.
Entonces sonreí y le puse la mano buena en una de las suyas.
–Será un honor –le dije.
El hombre se quedó sin aire y me miró.
–Lo ha hecho a propósito, ¿verdad?
–No sé a qué se refiere.
Cogí una galleta de la bandeja y me la comí de un bocado.
Robert aplaudió y exclamó:
–¡Me gusta esta chica!
El señor Caxton se puso colorado.
–¡A ver si dices lo mismo cuando la conozcas mejor!
–De verdad, señor Caxton, no se me ocurre nada que quiera más que lo que me propone. Gracias. –Le apreté la mano–. Gracias.
Me puso tal sonrisa que sus ojillos se arrugaron.
–Pero sí, tiene razón, lo del nombre va a haber que pensarlo mejor. Además, Delaney y Caxton suena mejor.
–¡No ponga a prueba mi buen humor, señorita Delaney!
Los dos nos echamos a reír y Robert propuso un brindis.
Entrechocamos las tazas de té y pasé una tarde maravillosa en su compañía.
Hablamos de aquella nueva aventura, de ideas tanto para la librería como para el taller de encuadernación.
Incluso hablamos de coger un aprendiz. A punto estuve de echarme a llorar en varios momentos, después de la tensión que había vivido con la espada de Damocles sobre la cabeza durante tanto tiempo.
Regresé a la librería exhausta, pero sonriendo.
Me latían la cabeza y la mano. Notaba la costra de la herida de la mejilla y el moratón estaba empezando a ponerse de un color púrpura horripilante.
No me atrevía a quitarme la venda de la mano por miedo a lo que fuera a ver y por el dolor que pudiera sentir.
Inevitablemente, en la soledad de mi hogar, mientras intentaba ordenar el despacho de mi padre, volví a pensar en Isabel y en William.
Todo aquello había empezado con un libro quemado y había acabado con una mano quemada.
Según los diarios del doctor Ashburn padre, antes de morir, William sujetaba con fuerza el libro, recién sacado de la chimenea.
Su última palabra había sido «Isabel» o puede que «Bell».
Me pregunté qué habría sido de Isabel, si seguiría viva, si sabría cuál había sido el destino de su hijo…
Sentí una gran pena por su pérdida y por la de las páginas.
La declaración que durante tanto tiempo había consumido mi vida se había quemado…
, pero no la historia de los amantes. Yo la recordaba.
Recordaba cómo se habían enamorado, el enfado del padre de ella, el confinamiento, las comunicaciones secretas y el… el rompecabezas…
¡El rompecabezas! Se me aceleró el pulso.
Miré por el escritorio hasta que encontré un pedazo de papel y un lápiz.
En la última parte de la declaración, Isabel hablaba de un rompecabezas que había inventado para William.
«Algo que tiene que ver con campanas» había escrito ella para que él supiera la fuente del rompecabezas. ¡Claro, las campanas…, los Bell!
Acerqué la silla al escritorio y cogí el papel con la mano vendada, que por suerte era la izquierda, por lo que podía sujetar un lápiz. Escribí los títulos de todos los libros tal y como los recordaba.
Granuja canta en un show
A él con devoción tal
Jano en el ballet
Nana para el zarévich
Amor que en el olvido acaba
Rota está la cuerda del instrumento
¿De nuevo anagramas? O podían ser instrucciones, o un nombre, o una hora y una fecha, o un lugar.
Empecé intentando deconstruir el título del Granuja .
Probé con una decena de palabras, pero nada me llevaba a ningún lado.
Seguro que no podía ser tan difícil, que no podía dar tantos quebraderos de cabeza.
Isabel habría querido que William no tardara en resolverlo para que se encontrara con ella lo antes posible.
No podía haber lugar para equivocaciones o malinterpretaciones.
Tenía que ser sencillo para él, pero completamente desconocido para la inmensa mayoría.
Aunque me dolía la cabeza, rebusqué pistas en mi memoria. No se me ocurría nada. Sabía que habían resuelto juntos un acertijo, pero tenía la memoria como nublada.
Puede que no se tratase de un anagrama. Quizá fuera algo más evidente, algo más obvio.
Releí la lista de títulos y me di cuenta de que había un error: no estaban en el orden adecuado.
Los había escrito en el orden en el que había encontrado los libros, pero no en el orden en el que los había dispuesto Isabel. Volví a escribirlos:
Granuja canta en un show
Rota está la cuerda del instrumento
A él con devoción tal
Nana para el zarévich
Jano en el ballet
Amor que en el olvido acaba
Me quedé mirándolos lo que me pareció una eternidad, hasta que empezó a nublárseme la vista.
Tenía que estar ahí. La respuesta se hallaba justo delante.
¿Qué dijo Grieves sobre el nombre «Fahig Peal»?
, que tenía todo lo que necesitaba para resolver el problema…
, y ahora volvía a encontrarme en la misma situación, solo que no tenía a nadie que hablara alemán cerca, como en la cafetería.
Cerré los ojos y me dejé llevar por la historia de Isabel y William.
La infeliz vida hogareña de Isabel, su encuentro en el teatro y la chispa que habían surgido entre ellos.
La regata de Henley. Era allí donde Isabel había visto que William estaba resolviendo un rompecabezas. París. El Sena.
Un acróstico doble, lo había llamado él. Las primeras letras se leían de arriba abajo y las últimas, de abajo arriba y esa era la solución.
Me quedé sin aliento. Leí las primeras y las últimas letras de los títulos y las escribí con mano temblorosa:
GRANJA ATHLOW
Dejé caer el lápiz y me llevé la mano a la boca.
Estaba en lo cierto, lo del rompecabezas era real.
El sitio existía. Ella había ido allí hacía cincuenta años para esperarlo.
Una casa en el campo, por lo que parecía.
Tenía que hallarla. Puede que alguien del personal o alguien del pueblo supiera qué había sido de ella.
Aquel era el último cabo de la historia y no podía dejarlo sin atar.