La encuadernadora de Oxford Capítulo 46
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Capítulo 46

Mi viaje de vuelta a Oxford lo pasé en una nube de dolor y preocupación constante por si me encontraban y me detenían.

Mi aspecto hacía que la gente me mirara preocupada, o mal, aunque nadie me dijo nada ni me ofreció ayuda.

Crucé Londres tambaleándome hasta la estación de Paddington.

Tras cada esquina veía a Julia saltar sobre mí con la cara quemada.

Me agarraba por la garganta con los dedos calcinados, gritaba y gritaba y sus gritos resonaban en mi cabeza.

Era consciente de que seguiría oyéndolos el resto de mi vida y me resigné a ello.

No recuerdo si el tren estaba lleno o vacío, pero nadie se sentó a mi lado, posiblemente por la peste a fuego y la sangre de la cara.

Nadie se dirigió a mí, excepto el revisor, y ni siquiera él se detuvo mucho conmigo; el tiempo suficiente como para validar el billete que yo había dejado sobre el asiento de al lado.

No sabía qué hora ni qué día era mientras avanzaba dando tumbos por Oxford, con la bufanda enrollada alrededor de la mano quemada y llena de ampollas.

La mano se había hinchado hasta tal punto que resultaba irreconocible y la piel quemada estaba tan tensa que parecía que fuera a romperse en cualquier momento.

Nunca había sentido nada parecido. Las lágrimas me quemaban los ojos y no quería ni pensar qué sería de mi mano

Cada paso era una tortura. La calle Botley se abría por delante de mí y me parecía tan larga que me daba la impresión de que jamás fuera a llegar al final.

Sin embargo, mis piernas fueron llevándome a donde mi cabeza no podía llegar y acabé encontrándome delante de una puerta que me resultaba familiar.

Llamé con la mano buena y, cuando abrieron la puerta, vi una cara amable, la de la madre de Harry, y me desmayé.

Desperté en la cama de un hospital. Me costó un poco enfocar las formas de la estancia. Las paredes tenían paneles de madera, las ventanas eran altas, había plantas verdes en las esquinas y las enfermeras iban de un lado para otro, eficaces, vestidas de blanco. Era el Radcliffe.

Levanté la mano. Aún me dolía, pero no tanto. Estaba envuelta en un vendaje limpio del que asomaban los dedos.

–Hola, querida –dijo la mujer que tenía al lado. Era la madre de Harry. Estaba haciendo punto, pero dejó la prenda en el regazo y me sonrió.

Intenté devolverle la sonrisa, aunque todo lo que me había sucedido a lo largo de esos meses me cayó encima de golpe.

Afloraron las lágrimas, por mi padre, por mi casa, por Harry y por lo que le había hecho recientemente y hacía unos años, por todos los que habían sufrido por mi culpa, por Julia Chatton y por su terrible destino…

, y también por mí. Y todo por un libro quemado.

La madre de Harry me cogió la mano buena y me dejó llorar.

En un momento dado, volví a quedarme dormida, exhausta.

Cuando volví a despertar, el sol estaba bajo y unas enfermeras cerraban las cortinas mientras otras traían la cena. Harry echaba una cabezada a mi lado y las lágrimas quisieron volver a brotar en cuanto lo vi. Estaba sano y salvo.

En la mesita de noche había un periódico.

Un titular en la primera página, a la derecha, decía: «El fuego arrasa una mansión de Belgravia.

Un muerto». No me atrevía a leer la noticia porque ¿y si hablaba de mí?

No obstante, sabía que tenía que hacerlo.

Lo cogí –hasta ese esfuerzo me dolía– y leí el artículo.

No sabían a quién pertenecía el cadáver, si bien se sospechaba que se trataba de Julia Chatton, la dueña de la casa en la actualidad, una mansión que había heredado de su padre.

Al parecer, esta solía pasar por allí para mantener la propiedad en orden.

El incendio había arrasado la planta baja y el resto de la estructura se consideraba insegura y habría que derribarla.

El artículo acababa con una mención a su esposo y a su hijo.

Se me rompió el corazón por el señor Chand y por el niño…

y por lo que les había hecho a ambos. Me eché a llorar.

De pronto, Harry me cogió la mano. Se había despertado, me había visto llorar y se acomodó a mi lado al instante. Me moví hacia él y él me abrazó hasta que la sensación de culpa me abandonó, aunque sabía que nunca desaparecería del todo.

–Estás aquí –le dije con voz ronca. El fuego me había dejado sin voz.

–Por supuesto.

Lo miré a los ojos.

–Devlin, ¿vino a…?

–Lo intentó, pero los chicos de la prensa le dieron una buena tunda y lo persiguieron por la calle Banbury. Dudo mucho que vuelva.

Me quité un peso de encima y sentí que podía respirar de nuevo. Ahora que su jefa había muerto, ¿se arriesgaría Devlin a venir a por nosotros? Al fin y al cabo, era un matón a sueldo y dudaba mucho que su lealtad fuera a ir más allá del último pago recibido.

Harry no estaba cómodo sentado al borde de la cama, volvió a acomodarse en la silla y se acercó a mí con ella. Me miró y su sonrisa se desvaneció. En qué estado debía encontrarme, con el pelo chamuscado, los moretones, el corte de la mejilla… y aquella mano.

–El doctor dice que mañana deberías estar lo bastante bien para ir a casa. La quemadura está curando bien y no tienes la mano rota, solo magullada.

Cerré los ojos.

–Lo siento, Harry. Lo siento mucho.

Negó con la cabeza y me dio un beso en la mano buena.

–No hay nada que sentir. ¿Quieres que hablemos de lo sucedido?

Sí. No. Sabía que tenía que hacerlo. Tosí y me ardió el pecho.

Harry me acercó un vaso de agua. Le di un buen trago y, acto seguido, le conté a Harry todo lo que había sucedido.

Merecía saber la verdad, en especial, teniendo en cuenta lo cerca que había estado de perderlo.

No habría secretos entre nosotros, me lo prometí en aquel mismo instante, y, si aún quería estar conmigo una vez que lo supiera todo, me entregaría a él con todo mi corazón.

Harry me escuchó pacientemente. Cuando le hablé de Charlie y de la noche que pasamos juntos, se puso pálido y se recostó en la silla.

–No pienso ocultarte nada más –le dije–, te lo juro.

Nunca hablamos de lo que sucedió cuando éramos jóvenes. Sabía que él también pensaba en ello y que mis mentiras y secretos volvían a hacerle daño. Sin embargo, aquel era un patrón que estaba decidida a romper.

–Necesito algo de tiempo –me dijo con voz queda.

Era evidente que mis acciones habían vuelto a partirle el corazón.

Se puso de pie y se me llenaron los ojos de lágrimas.

–Harry, por favor…

Apartó la mano.

–Solo… solo algo de tiempo, Lily. Nada más.

Me mordí el labio y me quedé mirando cómo se marchaba, igual que había hecho hacía años.

Esta vez, sin embargo, era diferente, porque entonces yo también estaba enfadada, enfadada y asustada por lo que significaba amarlo, entregarme a él…

, y me daba lo mismo que volviera o que no.

Ahora, en cambio, me preocupaba que no lo hiciera.

Quería que volviera, que me perdonara. De repente sentí que se apoderaba de mí un nuevo miedo, el miedo a perderlo para siempre.

Me giré y me dolió todo el cuerpo. Me cogí la mano herida y cerré los ojos para no echarme a llorar.

Me dieron el alta al día siguiente junto con instrucciones sobre cómo cambiarme la venda de la mano y un bote de linimento de agua de lima y aceite de linaza para que me lo aplicara a diario. Regresé a casa despacio, sola. Nunca me había sentido así.

Me quedé frente a la librería y casi no la reconocí.

El cartel, con las letras doradas sobre madera pintada de verde, me parecía apagado y pequeño, y las ventanas, cubiertas de suciedad, no dejaban ver bien el interior.

Abrí la puerta. Apenas habían transcurrido unos días, pero ya había varias cartas en el suelo.

Al consultar los remites vi que un par de ellas venían del banco.

En ese momento no tenía energía para enfrentarme a lo que fuera que dijeran, así que las dejé allí mismo, fui a mi habitación y me tumbé en la cama.

Tenía la sensación de que bien podría dormir una semana entera, pero que, aun así, aquella fatiga nunca me abandonaría.

No obstante, poco a poco, a medida que avanzaba el día, fui recuperando las fuerzas.

Hasta cierto punto, cuando bajé las escaleras creía que Devlin estaría allí, dándole vueltas a su navaja, con esa mirada de depredador.

Sin embargo, la librería estaba vacía y en silencio.

Demasiado vacía, sin mi padre. A pesar de haber crecido allí, aquel era su espacio y, sin él, no sabía cómo vivir entre aquellas paredes. Cómo… o si sería capaz.

Fui hasta la puerta principal, recogí las cartas del suelo y las llevé a la oficina. Me senté en la silla de mi padre y oí ese crujido de la madera que tan familiar me resultaba. Me tomé un momento antes de abrir las cartas y dejar salir las malas noticias.

Tres misivas. De las del banco, una era para mi padre y otra para mí, lo que me resultó curioso. La tercera parecía una circular. Abrí la de mi padre en primer lugar. Con la mano como la tenía, vendada e hinchada, me costó un buen esfuerzo, pero acabé por conseguirlo.

Con fecha del día después del funeral, era otra demanda de pago.

En la carta aparecía una lista de los libros que yo les había dado a los agentes del banco –me pareció que de eso hacía toda una vida– y lo que habían obtenido por ellos en la subasta.

Era una suma irrisoria frente a la deuda, que seguía siendo enorme.

Me irritó que hubieran sacado tan poco por los libros, pero lo cierto es que ya sabía que no iban a cubrir la deuda ni en el mejor de los casos y, por lo que parecía, era hora de pagar las consecuencias…

y lo único que podía ofrecerle al banco era el techo que me cobijaba.

Abrí la otra carta del banco, la que iba dirigida a mí.

No podía creer lo que leía. Estaba fechada hacía dos días.