La encuadernadora de Oxford Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

Levanté la chifla a la altura de su cuello. La mujer tenía la punta a centímetros, pero era como si no le importara.

–Qué joven es usted –dijo como con cierta nostalgia en su tono de voz.

Su humor cambiaba como las dunas del desierto, feroz ahora, dulce después. Empezó a hacer una bola con las páginas.

–¡¿Pero qué está haciendo?!

–Muy joven. –Y suspiró.

Con un movimiento de muñeca prácticamente imperceptible, tiró las páginas al fuego.

–¡No! –grité, y corrí por instinto a salvarlas.

Apenas el fuego tocó aquel papel tan fino, este ardió de inmediato.

Me puse de rodillas delante de la chimenea, pero no quedaba ya nada que rescatar.

Meses de búsqueda, de obsesión con aquellas páginas…

y habían desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.

La historia de Isabel y de William se había convertido en ceniza…

Me sentí como si me hubieran desgarrado las entrañas.

Levanté la vista y vi a Julia de pie a mi lado. Me golpeó en la mejilla y caí al suelo. De repente veía puntitos blancos y la mejilla me ardía. Sentí una sangre cálida en la cara. Parpadeé y vi que la mujer llevaba en la mano una pistola plateada. El cañón estaba manchado de sangre.

Me apuntó a la cabeza.

–Los documentos, señorita Delaney. Es su última oportunidad.

Empecé a ponerme de pie, poco a poco, furiosa. Aquella mujer no iba a vencerme con tanta facilidad. Cogí la chifla mientras me levantaba, hice un movimiento rápido hacia arriba y alcancé a Julia en el brazo.

La mujer gritó y se le cayó la pistola.

Acabé de ponerme de pie, pero ella estuvo presta, me soltó un bofetón en la mejilla, en el mismo sitio en el que me había herido con la pistola, y me tiró de nuevo al suelo.

Una de mis manos cayó en la chimenea y sentí un gran dolor.

Julia me pisó la muñeca con fuerza sobre el metal caliente.

Yo aullaba, pero no conseguía liberarme.

–¿¡Dónde están los documentos!? –me gritó.

Aunque le caía la sangre por el brazo, siguió pisando el mío con la bota. Me daba la impresión de que fuera a romperme los huesos y de que la piel de la mano empezaba a llenárseme de ampollas.

–¡En la cartera!

Me soltó y me dio la espalda apenas un instante, pero fue suficiente. La agarré por la pierna e hice que tropezara y cayera al suelo. Intentando evitarlo, uno de sus pies acabó en el fuego y salieron tizones por todos lados.

Durante la caída, Julia se golpeó la cabeza con una mesa. Su cuerpo hizo un ruido sordo al desplomarse sobre el suelo y se quedó allí, inmóvil.

Respiré con fuerza. Me dolían la cabeza y la mano; de hecho, me dolía tanto la mano que no me atrevía a moverla. La piel de la palma estaba negra y de un rojo brillante.

Entonces vi las llamas. Uno de los tizones había prendido la alfombra y un montón de papeles. El fuego se extendió a toda prisa y llegó a una pila de libros, a una silla después. En unos momentos, estaba fuera de control y cubría la parte más alejada de la biblioteca.

Me puse de rodillas como pude, con la visión borrosa y la cabeza dándome vueltas, y gateé hasta donde estaba Julia. La mujer gemía y movía la cabeza de lado a lado. Había un charco de sangre en la alfombra.

–¡Despierte! –La sacudí, abrió los ojos de golpe y me vio.

Me echó las manos a la garganta.

–¡Dame los documentos! –aulló mientras se retorcía. Se había vuelto loca e iba a conseguir que ambas muriéramos.

El fuego llegó a las estanterías y, desde allí, a las cortinas.

Tiré de sus manos, se las arañé, le apreté el corte del brazo…, pero no me soltaba, solo me gritaba con ojos de loca.

Me costaba respirar. El humo empezaba a llenar la estancia. Las llamas alcanzaron el escritorio. Los papeles empezaron a arder; saltaban chispas por todos lados. Una de ellas me cayó en el brazo, me quemó y pegué un grito. A Julia le cayeron varias en el pelo.

En ese momento fue ella la que gritó, me soltó y se llevó las manos a la cabeza como para quitarse algo.

Yo me eché hacia atrás, con la chifla por delante, pero Julia ni me veía.

Se le había prendido el pelo y se golpeaba la cabeza sin sentido; se tropezó con una pila de libros en llamas y cayó al fuego.

–¡Julia!

La biblioteca estaba llena de llamas y humo. Ya no la veía, pero la oía gritar como una loca en medio del fuego. El incendio alcanzó otra de las paredes y empezó a devorar los libros a bocados; en un momento llegaría a la puerta.

–¡Julia! –Tosí, me tapé la boca y la nariz con la manga y entrecerré los ojos para verla.

El rugido del fuego acalló sus gritos y, en cuestión de segundos, a mí también me acallaría. No podía quedarme allí. No podía salvarla.

Fui a la puerta, la abrí de golpe y me precipité al pasillo tosiendo sin parar. Me alejé de las llamas a gatas, pero el fuego salía ya de la biblioteca, como si me persiguiera, como si pretendiera llevarme al infierno.

Me puse de pie, no sin dificultad, y tropecé y caí en un par de ocasiones camino de la puerta principal; me resbalaba con el polvo.

Por fin conseguí salir y respirar aire fresco, limpio.

Enseguida sentí la mordida del frío. Me dolía el pecho, sentía la boca terriblemente seca y todo me sabía a ceniza y me olía a pelo quemado.

Oí como un estallido –sin duda, los cristales de las ventanas de la biblioteca– y, de pronto, las llamas lamían el exterior de la casa.

Me tumbé sobre la alta hierba, que estaba mojada por la lluvia.

El dolor de la mano volvió a hacerse presente debido al aire frío.

El incendio iluminó las ventanas de la planta baja y se extendía tan rápidamente que dudaba mucho que Julia fuera a sobrevivir.

Sabía que tenía que irme de allí, pero lo único que podía hacer era mirar las llamas.

Me sacudí. Temblaba por el frío, por el calor, por el miedo…

y por el alivio de haber dejado de sentirlo.

Las páginas se habían quemado. Julia Chatton había desaparecido.

Pero yo no. Respiré. Sentía dolores. Aún llevaba la chifla en la mano.

¿Había acabado todo? ¿Era libre? Aún no, porque si me encontraban allí, todo se iría al traste.

–Levántate –me dije–. ¡Ya!

Y así lo hice. Una vez de pie, noté que me mareaba y que me dolía todo el cuerpo.

Otra ventana estalló y el fuego iluminó la noche con más fuerza aún.

Oí una sirena. La gente empezó a llegar.

No podía arriesgarme a que me vieran. Corrí agachada hasta el jardín trasero, lo crucé protegiéndome la cara y seguí corriendo.