La encuadernadora de Oxford Capítulo 45
93%

Capítulo 45

Me quedé en la calle, frente a la casa señorial que Silas Chatton tenía en Belgravia.

Ya había oscurecido, dado que el sol no permanecía mucho tiempo en el cielo en aquellos cortos días de invierno.

Estaba lloviendo y la lluvia me mojaba la cara, pero yo apenas me daba cuenta.

El frío quería entrar en mí, pero no se lo permitía…

, la rabia y el temor me mantenían caliente.

La casa era enorme, de paredes blancas y líneas limpias; una máscara que ocultaba cómo era realmente aquella familia.

No había luz en las ventanas y temía que Julia hubiera decidido no ir…

o que no hubiera recibido a tiempo el libro con mi carta.

Tomé la determinación de esperar cuanto hiciera falta.

Llevaba en la cartera las páginas que me quedaban y las que había conseguido recientemente, las de los libros segundo y sexto.

Mi único seguro eran los certificados, que había dejado en casa del doctor Ashburn. Recé para que con eso fuera suficiente.

Se encendió una luz en una de las ventanas de abajo.

Sí, Julia había venido.

Agarré con fuerza la correa de la cartera y crucé la calle. La verja chirrió cuando la abrí y la pintura negra se me descascarilló en la mano. El jardín, pequeño, no estaba bien mantenido, con el césped muy crecido, lleno de malas hierbas y matojos.

Tiré de la campana y, en unos momentos, la puerta se abrió.

Era Julia Chatton… o la señora Chand. Fuera quien fuera, ahí estaba. Llevaba una vela que le alumbraba la cara desde abajo y hacía que pareciera un espectro; una imagen muy adecuada.

Me sonrió. Era la misma sonrisa que me había puesto en el tren: agradable…, pero falsa. Una mueca que ocultaba un mundo de secretos.

–Señorita Delaney –su voz era rica en tonalidades, pero no era sino miel envenenada–: cuánto me alegro de volver a verla. Pase, por favor.

Se hizo a un lado y yo, con el estómago cerrado, entré en la casa sin dejar de cuestionarme todas y cada una de las decisiones que me habían llevado allí.

Los seguí a ella y al sencillo brillo de la vela.

Aquel era un lugar muerto, con los muebles cubiertos con sábanas y el olor del polvo permeándolo todo.

Me llegaba el perfume de ella, un olor especiado a clavo y a naranja que se me atragantaba.

A cada lado del pasillo principal salían varios corredores más y la escalera estaba a oscuras.

Allí había un millar de rincones en los que Devlin podría esconderse y esperar a que su dueña lo llamara.

Cogí la cartera con más fuerza e intenté relajar la respiración.

La señora Chand me miró por encima del hombro y sus labios volvieron a describir una sonrisa.

–Me ha encantado recibir su carta.

Su voz sonaba altísima en aquella casa vacía.

Yo observaba cómo se movía, segura de sí misma, con la gracia felina de los de buena cuna.

Me sacaba media cabeza, pero me daba la impresión de que fuera aún más alta.

Llevaba un vestido oscuro, aunque no podría decir de qué color era, solo que le quedaba como un guante y que, sin duda, era más caro que cualquier ropa que yo tuviera o fuera a tener en la vida.

La mujer encajaba con la casa porque, a pesar de lo lúgubre del lugar, su grandeza era aparente.

–Me ha sorprendido usted, señorita Delaney.

–¿Y eso es bueno? –respondí mientras llegábamos a una puerta abierta de la que salía luz.

Se volvió hacia mí.

–No, no lo es.

Tragué saliva y recordé que llevaba la chifla en la cartera.

De pronto, la mujer se convirtió en la anfitriona perfecta y me hizo pasar a la estancia. Era una biblioteca, aunque pequeña. La chimenea estaba encendida y había velas sobre la repisa. Un espejo reflejaba la luz de las velas.

La biblioteca no estaba bien cuidada, me quedó claro de inmediato: había huecos en las baldas, libros mal puestos y pilas en el suelo y junto a un escritorio que había en la esquina más alejada.

El escritorio estaba lleno de papeles desordenados y de lo que parecía, a primera vista, un montón de catálogos.

–Mi padre se volvió loco en esta habitación –me dijo, aún en la puerta. Me miraba fijamente–, pero no nos vayamos por las ramas: tiene usted algo que me pertenece.

–Tengo algo que pertenece a Isabel Chatton, no a usted.

La mujer soltó una risa burlona y cerró la puerta de golpe.

–¿Qué es lo que espera, viniendo aquí, pidiéndome que nos reunamos en la casa de mi padre? Pero ¿quién se cree que es?

–Podría preguntarle lo mismo, señora Chand. Sé lo que su padre le hizo tanto a su hermano como a William Heathfield.

La mujer sonrió, aunque frunciendo los labios.

–Vaya, es usted toda una detective, ¿no?

–He descubierto muchas cosas sobre su familia, todas ellas crueles.

–Usted no tiene ni idea de qué es la crueldad. Mi padre hizo lo que tenía que hacer por su familia. Era un gran hombre.

–Su padre era un asesino sifilítico.

La mujer entrecerró los ojos.

–Veo que ha estado usted con Ashburn. La situación de mi padre fue desafortunada, pero no le impidió que siguiera con sus quehaceres.

Fue ella, la asquerosa de Isabel, la que lo enloqueció, no la enfermedad.

Cuando mi padre murió, lo leí todo en sus notas.

Lo fue escribiendo cuando empezó a perder la cabeza.

Isabel se burlaba de él hablándole de la existencia de su hijo, de la declaración y de las pruebas que demostraban que el suyo era el heredero.

–Y ¿a ella también la mató, como mató a su padre y a su marido?

–Oh, no. Mi padre decidió que era mayor castigo que viviera con su dolor.

Quería que sufriera cada día de su vida sabiendo que se lo iba a arrebatar todo, que nunca volvería a ver a su amado William ni vería crecer a su hijo.

Mi padre juró matar al niño en cuanto lo encontrara.

Buscó a fondo por todos los orfelinatos y casas de la beneficencia.

Encontró a los pocos familiares que le quedaba a William y les pagó para que le proporcionaran toda la información que tuvieran sobre él.

Al final, acabó descubriendo lo de los libros de Bell, el misterio de Isabel.

Para entonces, claro está, las pertenencias de William habían desaparecido.

Pasó el resto de la vida buscando los libros, pero no fue lo bastante fuerte para conseguirlo. Yo sí.

–Usted está tan loca como él.

–Haré lo que sea necesario… por mi hijo.

–¿Tiene usted un hijo?

Entendí de inmediato lo que eso significaba: él sería el heredero de los Chatton, no ella. A pesar de no ser hija de Malcolm, Julia sería quien mejor podría reclamar la fortuna de acuerdo con los términos del testamento de su tío: el hijo legítimo de una hija legítima.

–Tiene cuatro años y es la viva imagen de su tío Julian; aunque no es que yo lo conociera.

Lo asesinaron antes de que yo naciera, pero su retrato está colgado en el salón.

Mi padre volvió a casarse y me tuvo a última hora.

Sabía que tener un heredero sería la mejor manera de acceder a la herencia, pero, cuando nací y vio que era una mujer, decidió ignorarme.

Intentó tener chicos…, hasta que aquello mató a mi madre.

No es que lo culpe, claro está; los padres han de hacer lo que sea necesario por sus hijos.

–Sus ojos de serpiente se encontraron con los míos–.

Supongo que ya ha empezado a entender usted hasta dónde soy capaz de llegar.

–Sonrió con una mueca que daba miedo y ladeó la cabeza como fingiendo lástima–.

Como lo de su padre. Otro idiota comido por las deudas que es mejor que esté bajo tierra.

Me enfurecí al oír aquello.

–¡No se atreva a mencionar a mi padre!

–¡Pues claro que me atrevo! –Se me acercó con los ojos encendidos en llamas–. Usted no significa nada para mí. Su vida aún menos. Y no digamos ya la de su padre. Pienso hacer lo que sea necesario, así que deme las páginas. –Y extendió la mano, una mano huesuda y pálida.

–No hasta que vea las suyas, las que me robó de casa.

La mujer cerró la mano con fuerza, fue al escritorio y cogió un montón de papeles. Los levantó y los reconocí de inmediato.

–Sus páginas. Ya.

Se las di, las cogió y se apartó de mí. Las hojeó. El fuego crepitó en la chimenea y saltó una chispa sobre el suelo de madera. Me quedé mirando cómo se apagaba. Dejó una mancha negra.

–¿Dónde están? –musitó, tras lo que se giró hacia mí a toda prisa–. ¿¡Qué ha hecho con ellos!?

No respondí. Intenté transmitir una sensación de confianza que no sentía. ¿Qué había hecho, entrando en aquel lugar sin tener siquiera un plan?

–No se haga la tonta conmigo, señorita Delaney. –Se alzaba sobre mí y retrocedí unos pasos–. Los documentos. Las pruebas del matrimonio de Isabel y del nacimiento de su hijo.

–Sí, los tengo –le mentí–, pero primero necesito que me asegure una serie de cosas.

La tensión que sentía la mujer se desbordó y volvió a convertirse en una anfitriona engreída.

–Ay, querida, está jugando usted con una mala mano.

Me puse recta.

–Puede ser. ¿Dónde está Devlin?

–Vigilando a un amigo suyo. Harry se llama, ¿verdad? Es un joven atractivo. Tengo que darle a usted la enhorabuena.

–Como lo toque, le aseguro que me marcharé con los documentos.

Me miró sorprendida.

–Ay, querida muchacha, pero ¿qué le hace pensar que va a salir usted de aquí?

Cerré las manos un momento para que no viera que temblaba, metí una de ellas en la cartera y cogí la chifla. La saqué.

–Deme la declaración y no usaré esto –la amenacé.

Julia sonrió.

–¿Para eso ha venido? ¿Por eso preparó todo este ardid con el libro? ¡Cuánto dramatismo, la verdad! Es usted igual que la buena de Isabel. ¿Lo ha hecho… por esto? –Levantó las páginas.

–Las quiero y quiero que me deje en paz. Para siempre. Sé quién es usted, sé quién es Devlin y sé lo que nos han hecho tanto al señor Grieves como a mí. Si me deja en paz, si ata a su perro, no iré a la policía con todo este asunto. Ambas podemos obtener lo que queremos.