Capítulo 44
No sé cuánto tiempo estuve reflexionando sobre aquella nueva información, pero me parecieron horas. El doctor Ashburn me observaba y se acariciaba la mejilla como pensativo.
–Entonces, ¿conoce usted a Julia? –me preguntó.
Asentí.
–La conocí en un tren cuando regresaba a casa con el libro quemado y el manual que usted me dio. Se sentó a mi mesita mientras yo lo examinaba. Sin invitación. Porque vio que lo tenía y lo quería.
No me lo podía creer… Aquella mujer del tren, que me había parecido tan amable, que me había hablado de su esposo y del Granuja , que me había aconsejado que buscara el sello del encuadernador debajo del cuero…
Ese era el momento en que había cambiado mi vida.
Le dije cómo me llamaba y ella conocía la librería de mi padre y envió a su matón, al tal Devlin, para que me siguiera.
Y se me cayó el mundo encima al darme cuenta de lo que había hecho al robarle el Jano en el ballet a Mohan Chand.
Grieves le había enviado el libro sin saber a quién se lo mandaba en realidad…
Este no había llegado a conocer la identidad de quien lo había contratado, de quien lo había atormentado al arrebatarle a un ser tan querido.
Dudaba mucho que fuera a servir de algo que lo supiera, que fuera a ayudarlo en algo, pero pensaba escribírselo en una carta muy pronto.
La señora Chand debía de haberse enterado de que le había robado el Bell a su marido y había proyectado toda su ira sobre mi padre, porque lo habían atacado poco después.
Sentí tal rabia que me quedé sin aliento.
–¿Señorita Delaney?
Miré al doctor Ashburn. Me noté los ojos secos y me percaté de que me dolía la mandíbula de tenerla apretada con tanta fuerza.
–L-lo… lo siento. Es que… –Se me ocurrió una idea–. ¿Podría dejarme algo de papel?
El doctor me llevó hasta su escritorio y sacó varias hojas de uno de los cajones, un papel crema con su membrete. Me senté en su silla con el último libro de Bell, Rota está la cuerda del instrumento , a mi lado.
–Señor, ¿dónde vivía Silas Chatton? –le pregunté al doctor Ashburn.
–En Belgravia, creo recordar. Tengo su dirección por algún lado.
Se marchó y regresó poco después con ella. Me di prisa. Doblé la hoja por debajo del membrete, lo corté y empecé a escribir.
Querida Julia:
Usted y yo tenemos media parte de la historia cada una. Es hora de que juntemos las páginas y, con ello, pongamos punto y final a nuestra relación.
Reúnase conmigo en casa de su padre un día después de la fecha de esta carta. Y deje a Devlin en su jaula.
Escondí la misiva debajo de la guarda y cerré el libro.
–¿Está segura de que esto es lo mejor? –me preguntó el doctor Ashburn.
–Tengo que ponerle fin y solo se me ocurre una manera.
–Y ¿por qué allí, en su casa?
–Debe ser algo privado y no la quiero ni en mi casa ni cerca de los seres queridos que me quedan. Además… –hice una pausa, sintiendo que la rabia me inundaba de nuevo–, quiero que sepa que sé quién es y que sé quién es su padre. Quiero que sienta miedo.
El doctor Ashburn asintió y volvió a tocarse la mejilla.
–Muy bien –dijo enseguida–, haré que un mensajero se la haga llegar por la mañana.
Me puse de pie y me dirigí a él:
–Gracias por todo, doctor Ashburn.
–No tiene por qué dármelas. Ahora bien, no subestime a esa mujer.
Se marchó con el libro y yo me quedé en la calmada soledad de su biblioteca.
Podía oler los volúmenes y los mundos de sabiduría que contenían.
¿Cuántos de ellos tendrían historias escondidas en su interior?
Notas de impresores o encuadernadores grabadas bajo la superficie.
O historias de sus dueños, sobre su procedencia…
, maldiciones y muertes en impresiones y cartones.
Los libros eran mucho más que papel y palabras, contenían magia, y cada persona que los tocaba quedaba impregnada de ella y cambiaba para siempre, aunque no fuera consciente de ello.
Podría haber permanecido horas abrazada por aquellos libros antiguos, pero ya era tarde y el doctor me invitó a cenar. No podía negarme porque estaba agotada, porque me moría de hambre… y porque no quería estar sola.
La cena fue una de las mejores comidas de mi vida y el doctor Ashburn y su esposa resultaron una compañía maravillosa.
Hablamos de su colección de libros y de que estaba pensando expandirla para incluir volúmenes sobre medicina oriental.
Ella estaba entusiasmada con la encuadernación del Manual de medicina botánica de Norteamérica y me aseguró que me encargaría más trabajo porque también tenía pensado ampliar la suya.
Sentí un calor que se extendía por mi cuerpo ahora que veía el final de aquel calvario de los Chatton y un posible futuro. Me atreví a soñarlo por un momento, a contemplar su brillo, una vida de renombre, sin ser ya aprendiz, sino una maestra por derecho propio. Y Harry estaba allí conmigo.
Pero el peso de lo que había hecho al enviar aquella carta empezó a cernerse sobre mí como nubes de tormenta, sofocando la luz y amenazando con una incesante lluvia.
Cuando acabamos de cenar y la esposa del doctor me pidió que me quedara a pasar la noche, no rechacé el ofrecimiento. Uno de sus muchos criados me llevó a una habitación de invitados y dormí la mar de bien.
En sueños, volví a aquel día en el tren, con la mujer del vestido verde; una desconocida agradable que se convertía en una especie de serpiente en mi cabeza, con la oscuridad creciendo por detrás de ella…
y con los ojos negros y rojos de repente.
La vi como me imaginaba a Silas y oí gritos que no eran míos, sino que sonaban a como me imaginaba a Isabel.
Oí llorar a un bebé y que alguien lo silenciaba.
La veía a ella, a la señora Chand, a Julia Chatton, por el rabillo del ojo a cada paso que daba, pero, cuando miraba…
, no estaba allí. Él, en cambio, sí. El hombre del bombín marrón corría a por mí y yo veía el destello de una navaja en la oscuridad… y me desperté sin aliento.
El sol entraba por las ventanas, dado que las cortinas estaban abiertas.
Este era el día en que todo acabaría…, de una u otra forma.