Capítulo 43
Di con el doctor Ashburn, tal y como me había dicho, en la biblioteca. Estaba leyendo el mismo librito de antes, pero esta vez lo dejó de inmediato en cuanto entré.
–Le he pedido a Carlisle que nos traiga un tentempié.
Volví a sentarme en el diván. La misma estancia, el mismo día y, aun así, yo ya no era la misma persona; la historia que acababa de leer me había cambiado. Me serví dos emparedados de jamón, pero, a pesar de no haber comido nada desde por la mañana, no fui capaz de darles ni un solo bocado.
–Desde el principio he sospechado que cabía la posibilidad de que William no hubiera sobrevivido, pero verlo así, escrito…, ha sido espantoso.
El doctor Ashburn asintió.
–Y la historia no termina ahí, como suele suceder. ¿Está usted preparada para que se la cuente o le gustaría tomar, primero, algo para los nervios?
Me quedé mirando al doctor y me permití sonreír.
–No necesito ninguna medicina.
–Yo estaba pensando más bien en un brandi.
Solté una risa.
–Gracias, pero preferiría tener la mente despejada.
–Como desee. A ver, doy por hecho que se estará preguntando usted qué fue del bebé, de Isaac.
Asentí.
–La «decisión tan difícil» que tuvo que tomar mi padre fue la de mantener a Isaac lejos de Isabel.
Su prioridad era la seguridad del niño y, dado que Silas había asesinado a William, era razonable pensar que Isabel e Isaac también corrían peligro.
Aunque esto solo es una suposición por mi parte, dado lo que sucedió cuando era un crío.
Y es que recuerdo que, aunque solo tenía un hermano mayor, un día, de repente, pasé a tener también uno más pequeño.
Isaac quedó bajo la tutela de mi padre. A nosotros dos nos dijeron que era el hijo de una tía lejana que había muerto dando a luz y que el padre estaba en la India.
Mi hermano y yo no lo cuestionamos y, a decir verdad, Isaac no tuvo un gran impacto en nuestra vida.
Crecimos juntos y, a pesar de que fuera diez años más joven que yo, acabamos siendo amigos, si bien, como suele suceder, una vez que fuimos adultos, empezamos a separarnos.
–¿Está vivo?
–Está vivito y coleando y, cómo no, es doctor.
No sabía cómo sentirme… Estaba aliviada y alegre, qué duda cabe, pero también me sentía como si dos mundos acabaran de chocar.
Aquella gente llevaba tanto tiempo formando, únicamente, parte de aquellos libros…
, su vida encerrada bajo unas guardas…, pero el bebé era real y se había convertido en un hombre hecho y derecho.
–Y ¿sabe Isaac quiénes son sus verdaderos padres? –le pregunté al doctor.
El hombre arrugó los labios.
–De eso no estoy seguro. Si mi padre llegó a contárselo, Isaac nunca me dijo nada.
–No puedo creer que esté vivo… Y ¿dónde reside? Me gustaría entregarle las páginas que he encontrado para que conozca la historia de sus padres.
–Me temo que eso no va a ser posible. Mi hermano vive en Nueva York. Es doctor en el Hospital J. Hood Wright. Lleva allí más de diez años.
Aquello me devolvió de golpe a la Tierra. Aunque no podía ir a verlo, podía escribirle.
–Ha sido desolador leer que su padre tuvo a su alcance los libros de Bell, ¡los seis!, y que no supiera lo que contenían.
–Esos libros… –El doctor Ashburn negó con la cabeza–.
Según los diarios, porque hay otro que habla algo al respecto, mi padre acabó contándole a Isabel lo que le había sucedido a William.
La joven estaba, cómo no, devastada y, cuando mi padre le dijo que lo mejor sería que fuera él quien se quedara con el niño, la pobre carecía de fuerzas para oponerse.
La joven le preguntó por la declaración, por los libros…
, y mi padre volvió a casa de William, pero ya no quedaba ni rastro de él allí.
Cuando le preguntó al casero por las posesiones del joven, este le dijo que lo había subastado todo para cubrir la deuda que el chico había dejado pendiente.
Mi padre pasó años buscando los libros y perdió una pequeña fortuna en el intento. Con el tiempo, encontró uno.
Abrí los ojos como platos.
–¿Uno?
El doctor Ashburn asintió.
–Recuerdo haber vuelto a casa a pasar el verano cuando debía de contar diecisiete años.
Mi padre se había encerrado en sí mismo y su obsesión estaba volviéndolo loco, pero había conseguido el libro que le digo, si bien era incapaz de determinar qué tenía de especial.
Al final, se rindió. Cuando apareció usted hablando de esas páginas, de unos libros de Abel Bell, fui a buscar el libro de mi padre mientras usted leía su diario.
El doctor Ashburn se puso de pie y fue a la pequeña habitación a la que se accedía desde la biblioteca, donde se encontraba cuando me recibió la primera vez, cuando era una simple encuadernadora…, donde yo vi el libro quemado por primera vez.
Regresó unos minutos después con uno encuadernado en púrpura oscuro.
Sentí que la emoción me embargaba. Había estado aquí todo el tiempo y el doctor Ashburn no lo sabía…
¿Qué extraño giro del destino había hecho que dos de los libros acabaran en esta casa y que yo hubiera descubierto el hilo que los conectaba?
El azar es muy caprichoso, pero dejé de pensarlo porque el doctor Ashburn me ofreció el libro que faltaba.
Me puse de pie, lo cogí… y allí estaba, en mis manos: Rota está la cuerda del instrumento .
Le di la vuelta para examinar la contracubierta y enseguida vi que los puntos confirmaban que aquel era el segundo de seis.
Por delante, las guardas estaban en perfecto estado.
–¿Puedo? –le pregunté al doctor mientras sacaba la chifla de la cartera.
El doctor Ashburn asintió.
Había adquirido ya tal pericia que en cuestión de minutos liberé la guarda y encontré, en su interior, las páginas más importantes de todas.
Las cogí… podría decirse que con reverencia.
Eran esas páginas finas que tan familiares me resultaban a estas alturas.
Solo había dos, pero además había otras dos: el certificado de nacimiento de Isaac y el certificado de matrimonio de Isabel y William.
Aquellos dos documentos lo eran todo, la prueba de que Isaac era el legítimo heredero de los Chatton.
Ambos tan importantes… y tan frágiles al mismo tiempo.
Hasta me daba miedo tenerlos en las manos.
Las otras dos páginas estaban escritas con la letra de Isabel.
Explicación fiel y completa de la vida
y el amor de doña Isabel Chatton
A 20 de mayo de 1852
Este es un testimonio que escribo ante testigos, yo, doña Isabel Chatton, hija y única superviviente de lord Malcolm Chatton, heredero de la mansión Chatton y de todas las propiedades, dineros e intereses relacionados con ella.
Cabe destacar que me han examinado y me han declarado en plenas condiciones físicas y mentales para dar este testimonio y dan fe de ello el doctor Walter Ashburn –médico y hombre de bien– y el notario Harold Pierce, del bufete de abogados Pierce, Harrow y Weald .
Junto con estas palabras se encuentran guardados los documentos que demuestran mis derechos, uno en forma de certificado de matrimonio, datado el 29 de agosto de 1851 y que confirma la unión legal del señor William Heathfield y de la señora Isabel Chatton; y el otro, el certificado de nacimiento de un varón que ha recibido el nombre de Isaac William Heathfield, nacido dentro del matrimonio el 15 de mayo de 1852 y, por lo tanto, heredero legal del señor William Heathfield y de la señora Isabel Chatton y único heredero de la mansión Chatton, de acuerdo con los términos del testamento de lord Malcolm Chatton .
Firmado:
Isabel Chatton // Doctor Walter Ashburn // Harold Pierce
Aquí empieza el testimonio de doña Isabel Chatton
Mi padre murió sin un hijo, eso es por todos conocido.
Fue una gran pena para él, en especial, porque mi tío siempre hacía ostentación de su heredero varón.
Yo, siendo la única hija viva –tras la muerte de dos hermanas y un hermano que no llegó al primer año de vida–, debería haber heredado la mansión y todo lo demás, pero mi padre era un hombre cruel con una mentalidad mezquina e insidiosa.
Me odiaba con todas sus fuerzas y se encargó de que sus abogados establecieran en la herencia que yo solo era su heredera de nombre, pero que no podría tocar el patrimonio –si bien recibiría una mísera paga– hasta que diera a luz a un hijo legítimo que pudiera asegurar la continuidad de su apellido, un apellido maldito.
Hasta entonces, la fortuna permanecería en un fideicomiso y podrían abusar de ella banqueros y abogados, que irían despojándome de mi legado poco a poco .
Mi confinamiento es un secreto a voces en la sociedad, algo de lo que las debutantes hablan por las esquinas. Tan solo tengo veintidós años, pero mi vida ya ha terminado. Me la ha arrebatado una persona que aseguraba que sabía qué era lo que más me convenía. ¡Qué va a saber él!
Ahora está muerto y eso me proporciona cierta alegría, aunque tengo miedo de lo que pueda ser de mí .
Mi tío, Silas Chatton, la persona que ha asesinado a mi padre en un arranque de ira propiciada por la muerte de su único hijo, no ha recibido su merecido y dudo mucho que lo reciba jamás.
Silas va a intentar quedarse con la fortuna de la familia, así que espero que los abogados de mi padre redactaran bien el testamento, porque esa fortuna pertenece a mi hijo .
Silas pretende arrebatármelo todo, pero no voy a permitírselo. No voy a permitírselo por ti, William, y por nuestro hijo .
Siendo así, voy a empezar por el principio de la historia para que tú y él, y tus abogados y un juez, si es que llega a ser necesario, lo entendáis todo .
Mi madre murió unos meses después de que yo naciera y yo me crie con una serie de niñeras y
Le entregué los documentos al doctor Ashburn, que los leyó con calma.
–Entonces, es cierto…, Isaac es el heredero de la fortuna de la familia Chatton. –Me devolvió los documentos. Le temblaban las manos.
De pronto sentí una desazón y me di cuenta:
–Su hermano está en peligro.
El doctor Ashburn se quedó mirándome.
–¿A qué se refiere? Está en la otra punta del mundo.
–Dudo mucho que a Julia Chatton, la hija de Silas, eso le importe lo más mínimo.
El doctor Ashburn frunció el ceño con fuerza.
–Está buscando estas páginas –le expliqué–. Ella es la que ordenó que atacaran a mi padre. Las necesita para asegurarse de que nadie reclame la fortuna. Si mata a Isaac y destruye estas páginas…
–Claro, porque ella es la única superviviente de la familia Chatton y, por tanto, puede optar a la herencia de Malcolm.
Asentí.
–¿Sabe usted qué fue de Isabel? –le pregunté al doctor.
El doctor Ashburn suspiró:
–Me temo que no. Tras la muerte de William, los diarios de mi padre no vuelven a hablar de ella; solo dicen que dejó de ser su paciente. Desapareció. En cambio, a Julia Chatton sí que la conozco.
Lo miré a los ojos a toda prisa.
–¿¡La conoce!?
Aún sentado, se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas.
–Esa mujer es una plaga. Un engendro. Vino aquí hace unos años exigiendo ver los diarios de mi padre, que ya había fallecido.
Se presentó unas cuantas veces, habló de estos libros y fue tan pesada que tuve que amenazarla con llamar a la policía.
Me quedó claro que conocía la conexión de mi padre con los Chatton, puede que Silas se lo hubiera contado, y que tenía claro que había una serie de libros que eran mucho más importantes de lo que parecían.
–Y ¿qué pasó?
–Poca cosa. No volvió después de que la amenazara, pero le pedí a una persona que la mantuviera vigilada. Su obsesión con los libros fue en aumento. Incluso se casó con un encuadernador, si no recuerdo mal, un indio de apellido Chand y llamado…
Me tembló la voz:
–¿Mohan Chand?
–Eso creo, sí.
Me quedé sin aire y me recosté. ¡Julia Chatton era la señora de Chand! Mi cabeza empezó a darle vueltas a esto y a aquello y, de repente, fue como si todo encajara.