La encuadernadora de Oxford Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Con la cocaína se le ha soltado la lengua y me ha hablado de su hijo, de su muerte y de que el responsable de esta es un «canalla» llamado William Heathfield.

No he dicho nada.

Silas me ha explicado que tiene a gente buscándolo. Creen que está al sur del río, en Brixton o puede que en Bermondsey. He intentado no mostrar ninguna expresión en el rostro y, en su estado, yo diría que el hombre no se ha dado cuenta de que sé algo.

Me he ido a toda prisa, temiendo por la seguridad de William. He arrancado una página de mi cuaderno de notas y le he escrito una nota para que huya, tras lo que le he pagado dos chelines a un mensajero para que se la hiciera llegar.

Tengo que hacer cuanto esté en mi mano para ayudarlos.

El plan de Isabel parece estar dando sus frutos.

Ya ha escrito su declaración y va a llegar en cualquier momento.

La sacaré a escondidas por la parte de atrás de la consulta y no me dirá adónde va.

Silas tiene a gente siguiéndola. No puede arriesgarse a llevarlos hasta William, porque yo diría que todavía no han dado con él.

Ya oigo su carruaje.

William me ha escrito. Quiere ver a Isaac, pero le he dicho que eso era imposible, dadas las circunstancias.

El bebé está más guapo que nunca y ha empezado a balbucear.

Es una delicia. Le he respondido a William que Isaac está a salvo, que está bien y que es mejor que sea paciente y dé con un sitio mejor en el que vivir.

Confieso que es posible que haya sido más duro de lo que debería, pero es que empieza a preocuparme que la gente de Silas también esté vigilando mi consulta.

Silas ha empezado a llamar a otro médico a raíz de que me negara a prescribirle más cocaína.

No sé en qué estado mental se encuentra y estoy convencido de que, como descubra la existencia de Isaac, hará lo imposible por matar al niño.

¡El idiota ha venido a la consulta! Lo he visto fuera, dando vueltas con cara compungida, como un cachorrillo abandonado.

Mis empleados le han pedido que se fuera porque estaba en ese momento con un paciente, pero, cuando se ha marchado, he visto a dos hombres que lo miraban y me ha parecido que lo seguían.

No sé qué decir… Me tiemblan las manos y sigo notando sangre debajo de las uñas por mucho que me las frote.

Después de ver a esos dos hombres seguir a William, he ido directo a la casa de alquiler en la que está alojado. La puerta estaba entreabierta y la cerradura, astillada.

Dentro, la escena era horripilante.

Lo habían revuelto todo, no quedaba nada en su sitio. Todas las pertenencias y demás estaban esparcidaspor el suelo.

A él lo he encontrado cerca de la chimenea, boca abajo sobre un charco de su propia sangre. Había libros y papeles diseminados a su alrededor.

Le he dado la vuelta y he comprobado que aún respiraba, aunque débilmente.

Parpadeaba y tenía la cara con cortes, hinchada.

Aferraba a la altura del pecho un libro medio quemado.

Me ha dado la impresión de que lo último que ha hecho es sacarlo de las llamas.

De las esquinas aún ascendían volutas de humo y he intentado quitárselo, pero no quería soltarlo.

Se lo he pedido amablemente y por fin me lo ha dado y lo he dejado a un lado.

«¿Quién le ha hecho esto?», le he preguntado.

Ha tosido y la boca se le ha llenado de sangre.

Le he levantado la camisa y he encontrado marcas de botas y porras por todo el pecho; lo tenía cubierto de moratones y laceraciones. También tenía el abdomen hinchado y enseguida me he dado cuenta de que se debía a que estaba lleno de sangre.

«Silas», ha respondido.

Le he dicho que todo iba a salir bien…, aunque sabía que no era así. Me lo he puesto en el regazo y le he abrochado la camisa. El ataque ha sido brutal; sin duda, con ánimo de matarlo. Supongo que se han marchado porque han pensado que estaba muerto.

Se le iba la voz y su última palabra no ha sido sino un aliento:

«Isabel»… o puede que «Bell».

Ha intentado tocarme la cara, pero su mano no ha llegado tan lejos, ha caído sin vida y ha muerto en mis brazos.

No me es extraña la muerte. Muchos pacientes han emprendido su último paseo de mi mano, pero esto ha sido muy diferente. Este muchacho no merecía un final así de cruel. No había hecho bien, de acuerdo, pero su primer crimen no había sido otro que amar a una muchacha que lo correspondía.

¡Qué pérdida!

Sé que he de contárselo a Isabel, pero no sé cómo hacerlo.

Isaac está en peligro, dado que su nacimiento y el matrimonio de sus padres son legítimos y, ahora que Malcolm Chatton está muerto, el crío hereda una vasta fortuna que, sin duda, Silas va a querer reclamar para sí.

No puedo permitir que le suceda nada malo, así que voy a tener que tomar una decisión muy difícil… Que Dios me perdone.

Bajé el diario. Me di cuenta de que estaba llorando.

William estaba muerto. La pena se apoderó de mí como si el joven hubiera sido un buen amigo o un miembro de mi familia; como si lo hubiera conocido.

Desde luego, yo me sentía como si así fuera.

Sentía que los conocía a ambos y acababa de partírseme el corazón por ellos.

Un amor tan joven y esperanzador hecho añicos por el odio.

William era un asesino y, aun así, ella lo amaba.

Pensé en Harry por primera vez en muchos días y sentí la necesidad de estar con él, de abrazarlo.

Nuestro amor era diferente…, pero también era como el de ellos.

Yo había hecho algo terrible, aunque necesario…

, y él aún me amaba. Por fin estaba empezando a entenderlo y a creer en él; a darme cuenta de que era digna de aquel amor.

Me sequé las lágrimas y resoplé. Seguía teniendo muchísimas preguntas y quedaba muy poca gente con vida que pudiera responderlas.