La encuadernadora de Oxford Capítulo 42
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Capítulo 42

El doctor Ashburn me guio por la casa en silencio.

Me sentía burbujeante por dentro y ansiaba oír lo que tuviera que contarme, pero el doctor no iba a darse ninguna prisa.

Llegamos ante una puerta que resultó que daba a un estudio.

El olor a polvo flotaba en el ambiente y tuve la sensación de que nadie hubiera entrado allí en años.

El doctor Ashburn encendió dos lámparas y entonces pude ver bien la pequeña habitación.

Lo primero en lo que me fijé fue en una pared llena de libros –textos médicos– y que en la de enfrente había una chimenea y una marina de un barco en alta mar.

Frente a la puerta había dos grandes ventanas con cortinas.

En el centro de la estancia había un escritorio grande, de madera oscura, con una pila de papeles en una bandeja a un lado y todos los accesorios que cabía esperar: un plumero, un frasco de tinta, papel secante, lápices y cuchillas.

–Este es el estudio de mi padre. Como ya le he dicho, era muy exigente, lo que hizo que llevara un diario a lo largo de su vida.

Era consciente de que ser capaz de recordar todos y cada uno de los detalles del historial de un paciente lo haría mejor médico y lo ayudaría a detectar patrones.

Nunca quiso confiar en la memoria, porque la memoria puede ser un animal salvaje, solía decir.

Según él, nadie debería confiarle a la memoria algo que sea realmente importante.

El doctor Ashburn fue a las estanterías. Por debajo de ellas había una fila de armarios. De pronto me di cuenta de que contenía el aliento.

–Cuando mi padre murió, heredé varios de sus pacientes, así que leí sus diarios para dar con su historial y con el historial familiar.

Acabé leyendo muchos de ellos, hasta bien entrada la noche y durante muchas jornadas.

Echaba mucho de menos a mi padre y… y leer sus palabras era una manera de confortarme.

Se agachó y abrió uno de los armarios. Dentro alcancé a ver una larga fila de estrechos diarios, todos iguales, uniformes, bien ordenados.

–Leí los diarios de los años más recientes, pero sentía curiosidad por saber cómo era mi padre cuando era joven, así que acabé leyendo los de los años cuarenta y los de los años cincuenta.

Fue entonces cuando me enteré de la historia de la que me ha hablado usted.

–Pasó el índice por los diarios hasta que se detuvo en uno y lo sacó.

Comprobó que se trataba del que estaba buscando, lo sostuvo unos momentos como si se tratara de algo muy preciado y me lo entregó.

–Está como de la mitad en adelante. La espero en la biblioteca. ¿Sabrá usted volver?

Asentí. El doctor Ashburn cerró la puerta con cuidado y me quedé escuchando sus pasos hasta que resultaron inaudibles.

Me hallaba sola en el estudio del hombre sobre el que había leído…

, el doctor Ashburn que –y lo esperaba con todas mis fuerzas– había salvado al niño y que sabía de la historia más de lo que ponía en las páginas que había encontrado en los libros hasta el momento.

En cierto modo…, me daba miedo leer lo que hubiera escrito.

Abrí el diario, un cuaderno sencillo encuadernado en tela roja, y vi que en la primera página ponía en una elegante cursiva enlazada:

Doctor Walter Ashburn - Notas

Mayo - Diciembre de 1852

Reconocí la floritura de la «A» de las iniciales que había al pie de las páginas. Me recorrió un escalofrío y cogí el cuaderno con fuerza por miedo a que se me cayera. Me senté al escritorio, me acerqué una lámpara y la encendí.

Ojeé las primeras páginas, en las que se hablaba de pacientes.

Eran notas rápidas sobre síntomas y aflicciones, sobre los tratamientos que les había ofrecido y cuánto les había cobrado por ello.

Luego, tal y como su hijo me había dicho, como por la mitad, el tipo de escritura cambiaba, las notas se convertían en frases y la historia empezaba.

¿¡Qué he hecho!? ¿¡Qué médico arranca de los brazos de una madre a su bebé en el día mismo en que ha nacido!?

Pero ¿qué otra cosa podía hacer después de la amenaza del señor Malcolm?

Al menos, el niño sigue vivo. Mi esposa, que es un ángel, lo comprende y es, de momento, quien está encargándose de él, del pequeño Isaac.

Es un niño precioso y muy llorón. Ahora mismo lo estoy oyendo…

y supongo que es mi castigo. Un recordatorio de lo que le he hecho a la pobre Isabel.

Hoy regresaré a ver qué tal va su recuperación y a darle el certificado de nacimiento de su hijo, tal y como le prometí.

Es una mujer rota, qué duda cabe, y a mí me rompe también por dentro saber que he tenido parte de culpa en ello.

Isabel siempre ha sido una chica dulce. Nunca ha dado problemas, no tuvo enfermedades durante la infancia, quitando algún que otro brote de anginas, todo un milagro, teniendo en cuenta lo jóvenes que murieron sus hermanos.

Su padre nunca le ha mostrado cariño, algo que siempre me ha dado mucha pena, porque es una muchacha inteligente y bella y no ha tenido miedo a afrontar la vida.

Espero que el pequeño Isaac haya heredado esto último, porque va a necesitarlo.

Noticias al fin. Isabel ha confiado en mí lo suficiente como para darme la dirección de su amado, el padre de Isaac, William Heathfield.

Me pregunto si sabrá que tiene un hijo. Ojalá no fuera yo quien tuviera que presentárselo.

Isabel me ha dado una nota para que se la entregue, una en la que le dice que puede confiar en mí.

Salgo en una hora. Por mucho que Isabel me lo implorara, no me siento bien llevando al bebé.

No conozco a ese hombre ni sé cuál es su carácter y no tengo claro que deba dejarle un niño que no sé si va a saber cuidar.

No sé con qué me voy a encontrar, pero espero que sea un joven con sentido de la responsabilidad que acepte de buena gana a su hijo.

No obstante, apenas sé nada de él ni de su relación con Isabel.

Esa muchacha es una maestra de los secretos…

, aunque es normal con un padre como el que tiene.

Siendo así, me pregunto qué hay de cierto en todo esto.

No dudo que la muchacha adore a su hijo y, por la manera en que habla de William, está claro que a él también lo ama. Solo espero que sea recíproco.

Ya he vuelto a casa después de mi visita a William. Mi hijo está dormido arriba y me siento más agradecido que nunca por su buena salud.

He ido a visitar a William al lugar donde se aloja; una casa alquilada en Brixton en la que dispone de dos pequeñas habitaciones.

Es un lugar muy desaconsejable para un bebé.

Se ha sorprendido al verme y ha sospechado, pero en cuanto ha leído la nota de Isabel se ha relajado.

Es un joven apuesto, de pelo rubio y ojos grandes. El pequeño Isaac se parece mucho a él.

Le he hablado de Isabel, le he explicado que está recuperándose bien, exceptuando que tiene el corazón roto.

Lo he visto preocupado. Me ha hablado de salvarla, de sacarla de casa de su padre para llevársela a vivir con su familia.

Me ha preguntado por el bebé, porque sabía que Isabel estaba embarazada, pero no que hubiera dado a luz.

Le he explicado que al niño lo estoy cuidando yo y le he dicho que su madre lo ha llamado Isaac y se le han llenado los ojos de lágrimas.

Está consternado y yo siento que tengo el corazón roto por lo que están viviendo.

Me ha implorado ver al niño y ayuda para liberar a Isabel de las garras de su padre. Le he dicho que lo intentaré.

Luego me he marchado, no sin antes prometerle que le escribiría con más noticias.

Malcolm Chatton ha muerto, asesinado en su propia casa por unos intrusos, según dicen los rumores. Ha sido el mayordomo del señor Malcolm quien me ha llamado para que fuera a atender a Isabel. La muchacha se encuentra en estado de shock y es incapaz de conciliar el sueño.

En cuanto la he visto, se ha aferrado a mí y me ha preguntado si tenía noticias.

Le he relatado mi visita a William y ella me ha contado la verdad sobre la muerte de su padre: que no han sido unos intrusos quienes lo han asesinado, sino el propio Silas Chatton, enloquecido por la pena de haber perdido a su hijo y al sospechar que había sido William quien había dado muerte a Julian.

De inmediato he entendido lo que eso significaba: que William no está a salvo y que, por extensión, tampoco lo estarán Isabel ni Isaac; al menos, de momento.

Si Silas ha sido capaz de asesinar a su propio hermano en un arrebato de ira, no quiero ni pensar qué sería capaz de hacerle a William. Ese joven debería huir.

Le he dicho a Isabel que la ayudaría en todo lo que pudiera, pero que debía tener paciencia, y le he dado unas gotas para que la ayuden a dormir.

Mientras me marchaba, ha llegado un sirviente con un mensaje para que fuera a casa de Silas…, algo que no me esperaba.

Inquieto, he recorrido la ciudad en mi carruaje hasta la casa del otro Chatton y me he encontrado a un Silas agitado, como cabría esperar, que iba de un lado a otro del salón principal.

Me ha pedido algo con lo que lograra concentrarse y le he sugerido que tomara un calmante, pero me ha contestado de malos modos y he acabado prescribiéndole unas dosis de cocaína. Ha tomado una de inmediato, su comportamiento se ha relajado y la mirada se le ha aclarado.

Entonces se ha desabotonado el cuello de la camisa, como si hiciera calor, y he visto en su piel algo que me ha preocupado sobremanera.

Me ha permitido que lo examinara y tanto en el pecho como en el abdomen me he encontrado una serie de pústulas purulentas y con mal olor, además de hinchazón en el cuello. Es evidente que está aquejado de sífilis. Una sífilis que está en etapa secundaria.

Así se lo he comunicado, pero no ha reaccionado. Ha sido como si le diera igual. Le he prescrito mercurio.

No me he atrevido a preguntarle por la sangre y los moretones de los nudillos, aunque sabía bien a qué se debían.