Capítulo 41 #2
Cerré los ojos y me esforcé por quitarme la imagen de la cabeza. Mi vida había pasado a ser tan extraordinaria que ni siquiera la aparición de un loco a caballo en ella me parecía imposible.
Otro tren, otra vista de la campiña pasando a toda velocidad ante mis ojos.
Sombras de invierno, marrones y verdes oscuros, árboles desnudos, ramas retorcidas como dedos de bruja que se alzaban al cielo.
Me preguntaba si llegaría a ver la primavera y, según se me presentaba el pensamiento, lo aparté a toda prisa.
No tenía ningún sentido preocuparme por lo que alguien pudiera hacerme, al menos, no en ese momento.
También me sentí aliviada al saber que Devlin estaba allí y no en Oxford, con Harry o con el señor Caxton.
Hice el transbordo en Poole, donde volví a esconderme en el andén mientras esperaba por si acaso Devlin había conseguido, de una u otra manera, llegar allí antes que yo. Sin embargo, no se lo veía por ningún lado y subí al tren de Bath sin su sombra proyectándose sobre mí.
Cuando llegué a Bath no me entretuve, salí enseguida de la estación y me alejé caminando antes de coger un cabriolé.
Estaba convencida de que Devlin preguntaría a todos los conductores de cabriolé de la estación si habían visto a una joven que respondiera a mi descripción o si la habían llevado a algún sitio.
Ya en el centro de la ciudad, encontré un cabriolé y le pedí que me llevara a la mansión del doctor Ashburn.
La Casa Tynesdale era tan bonita como la recordaba.
Sus arcadas y torres neogóticas, las ventanas saledizas que parecía que flotaran…
Era ya entrada la tarde y el sol había empezado a bajar, con lo que la pálida piedra de Bath adquiría un lustre dorado.
No tenía ni idea de si sería bien recibida, pero no podía entretenerme con esos pensamientos… y menos ahora que estaba tan próxima.
Me acerqué a la puerta y toqué la campana.
Cerré las manos con fuerza para evitar que se notara que me temblaban.
Intenté repasar qué iba decir, pero cualquier versión de la historia que se me ocurría me parecía ridícula o increíble.
Resultaba improbable que una persona como el doctor Ashburn me creyera.
Mi reputación como encuadernadora era –o eso esperaba al menos– algo que el hombre respetaría, pero una loca gritando en su puerta una historia sobre mensajes ocultos y un romance condenado al fracaso podría acabar con esa reputación con suma facilidad.
Sin embargo, también sabía que, si no hablaba con él, no podría seguir adelante. No era una opción, era una obligación.
Oí las pisadas de lo que me pareció un hombre y me preparé.
La puerta la abrió el mayordomo. No recordaba su nombre, pero sí la manera en que me había mirado la vez anterior.
Levantó una ceja.
–¿En qué puedo ayudarla, señorita?
Tragué saliva.
–He venido a ver al doctor Ashburn.
–Los pacientes han de pedir hora con el señor en el despacho médico que tiene en la ciudad.
El mayordomo empezó a cerrar la puerta, pero se lo impedí parándola con la mano.
–No soy una paciente, soy encuadernadora. Estuve aquí hace un tiempo, ¿no me recuerda? Me llamo Lilian Delaney y me gustaría hablar con el doctor Ashburn acerca de un libro que me dio.
El mayordomo se me quedó mirando con aire de superioridad, pero me hizo una ligera reverencia y se apartó a un lado para dejarme pasar.
Una vez que entré, cerró la puerta y me dijo:
–Espere aquí, por favor.
Me quedé allí, en el recibidor, mientras el hombre se alejaba, sin prisa, para avisar a su señor.
Pasé esos minutos repasando lo que iba a decirle al doctor, intentando dar con la manera de afrontar la conversación de manera que el hombre no fuera a rechazarme de plano.
Al menos ya nos conocíamos y algo sabía de él.
Aquí no iba a sorprenderme, como me había pasado con las Bell.
El mayordomo regresó:
–El señor está en la biblioteca. Acompáñeme.
Permanecí unos pasos por detrás de él mientras me guiaba por la casa, siguiendo el mismo camino que la vez anterior.
Llegamos a las puertas de nogal, con sus incrustaciones de latón relumbrando como si acabaran de pulirlas.
Dentro, las cortinas, aquellas cortinas verdes, estaban echadas para dejar fuera la plomiza luz de la tarde, con el sol en rápido descenso por el cielo, y eran unas lámparas brillantes las que proporcionaban la luz necesaria.
La Colección Ashburn era tan vasta y notable como la recordaba.
El olor a libros me relajó, como si estuviera oliendo el perfume de una madre.
Estar allí de nuevo hizo que me recorriera un escalofrío.
¡Qué tonta había sido aquella primera vez, qué inexperta!
, con miedo a hablar demasiado alto, con temor a decir lo que no debía o a parecer demasiado entusiasmada… o demasiado poco.
El doctor Ashburn estaba sentado en uno de los dos sillones que había junto a la chimenea. Llevaba un traje claro que no encajaba con aquel clima invernal y estaba leyendo un librito.
–Señor, la señorita Lilian Delaney.
El mayordomo me anunció y el doctor Ashburn asintió sin levantar la vista de la página.
El mayordomo se fue y yo me acerqué un paso hacia Ashburn.
–Señor, gracias…
El hombre levantó un dedo para que me callara, permaneció varios segundos en silencio y por fin apartó la vista del librito.
–Señorita Delaney, es toda una sorpresa volver a verla. ¿Acaso ha habido algún problema con el pago?
La pregunta me confundió durante unos instantes. Hacía solo unas semanas que había enviado el Manual de medicina botánica de Norteamérica con su nueva encuadernación, pero parecía que hubiera sido toda una vida.
–No, señor, no ha habido ningún problema con el pago.
Bajó el librito.
–En ese caso, ¿en qué puedo ayudarla?
Me acerqué y el doctor me indicó, con el librito en la mano, que me sentara. Así lo hice en un pequeño diván de terciopelo azul que había enfrente de él.
–Es por el libro quemado que me dio.
–Si pretende devolvérmelo, lo siento mucho, pero no lo acepto.
Negué con la cabeza.
–Espero, señor, que mi habilidad como encuadernadora, de la que usted tiene constancia, me sirva de tarjeta de presentación… debido a lo que estoy a punto de contarle.
Frunció el ceño.
–Veamos.
–En el libro que usted me dio, escondida debajo de la guarda, encontré una carta. Estaba escrita en 1851 por una mujer llamada Isabel Chatton, aunque cuando encontré la carta aún no sabía quién la había escrito.
Vi una chispa de reconocimiento en sus ojos.
–Chatton.
Asentí.
–En la carta, escrita a un joven del que estaba enamorada, Isabel hablaba de que iba a esconder la historia con su enamorado en una serie de libros.
He encontrado dichos libros, bueno, todos menos uno.
Hay seis y cada uno de ellos contiene una parte de su historia de amor.
Es algo sensacional. Hay un romance y también hay violencia, y un asesinato y un niño que va a heredar una vasta fortuna…
Incluso se sugiere que se produjo un duelo, aunque no se habla de ello en la declaración de Isabel.
Bueno, la cuestión es que en la última parte se menciona a un doctor Ashburn, que fue quien atendió a Isabel mientras estaba embarazada y en el parto.
Ese doctor, que doy por hecho que fue su padre, señor, se llevó al bebé recién nacido para salvarlo del padre y del tío de Isabel, que querían matarlo.
¿Le contó su padre, si es que, en efecto, es él quien aparece en dicha historia, que trabajara para los Chatton?
El doctor Ashburn asintió despacio.
–Fue su médico durante varios años, sí, pero lo dejó tras la muerte de Malcolm Chatton.
–Si la historia de Isabel es cierta y, en efecto, son las iniciales de su padre unas de las que aparecen al pie de las páginas que cuentan la historia de Isabel, a Malcolm Chatton lo asesinó Silas, su hermano.
El doctor habló como si estuviera buscando en su memoria un recuerdo que no quería dejarse ver:
–Ese es, desde luego, el rumor que corrió en aquel entonces.
Yo debía de tener unos diez años. Mi padre estaba afligido por aquella época.
Recuerdo que fui a su consulta una tarde y que lo vi desaliñado, sin afeitar, con el cuello de la camisa sin abrochar…
Era una persona muy exigente; uno ha de serlo para dedicarse a la medicina, y nunca lo había visto en ese estado; se me quedó grabada aquella imagen.
–¿Alguna vez le contó qué fue del niño? ¿O de Isabel y su enamorado, William Heathfield?
–No, a mí no me contó nada, pero es que yo era un crío. ¿Tiene usted esta declaración de la que me habla?
Abrí la cartera y le tendí las páginas que Agnes y Deidre me habían dado. Esperé mientras las leía y fui consultando el reloj de pie a medida que la tarde iba convirtiéndose en noche.
El doctor Ashburn me las devolvió en cuanto acabó de leerlas.
–¡Menuda historia! Veo que no me ha mentido usted; las iniciales que hay al pie de las páginas coinciden con las de mi padre y se corresponden con su letra. –Tomó aire y lo soltó despacio–. ¿Qué espera conseguir usted con todo este empeño?
Sonreí, despacio, tristemente.
–Eso ya me lo han preguntado y esta es la respuesta que he dado siempre: encontrar a la joven, a su hijo y reunirlos con William, pero lo cierto es que estoy cansada, señor…
, y me conformo con saber la verdad y liberarme ya de esta carga.
Hay otra gente buscando estas páginas y ya me han causado mucho dolor y quebraderos de cabeza…
, incluso han provocado la muerte de mi padre.
–Al oír eso último, el doctor me miró con aire comprensivo–.
Quiero liberarme de esta historia y no podré hacerlo hasta que encuentre el último libro.
Me miró en silencio durante largo rato, como si me estuviera evaluando.
–Bueno… –empezó a decir al cabo de un tiempo–, lo cierto es que no he sido completamente sincero con usted…, porque no estaba seguro de cuáles eran sus intenciones, pero tiene razón, su habilidad como encuadernadora le ha granjeado mi favor. Mi esposa, por cierto, está encantada con su libro.
Recordé el sencillo placer de un trabajo bien hecho. No veía el momento de volver a ponerme con mi labor.
–No sabe cuánto me alegro.
–Conozco a los Chatton. Conozco la historia del bebé desaparecido y sé cuál fue el destino de William Heathfield.