Capítulo 41
Encontré a Agnes y a Deidre en el jardín.
Estaban sentadas en un par de sillas cubiertas de líquenes y cuya madera había adquirido el tono de las losas.
En una mesa había una jarra y tres vasos.
La jarra contenía un líquido claro y moras flotando.
Era más de mediodía y el sol calentaba, aunque el viento era frío.
Me llegó el olor a tierra y a salitre y el aroma herbáceo de los abetos.
Había leído las páginas tres veces y permanecí sentada un rato.
Ahora, con ellas en la mano, me acerqué a la mesa con un miedo mortal a dejarlas en cualquier sitio… , no fuera a perderlas para siempre.
Agnes puso un vaso delante de mí y lo llenó con la bebida de la jarra.
Unas pocas moras cayeron en él. Le di un trago y el sabor de la ginebra y el limón me sacudieron en la boca, junto con el placentero sabor de las agujas de pino que di por hecho que provenía de las moras.
Miré a Deidre, que me guiñó el ojo y le dio un trago ella también a su vaso.
–¿Qué has sacado en claro de las páginas? –me preguntó la anciana.
Tosí, sorprendida por el alcohol, y dejé el vaso sobre la mesa.
–Lo cierto… es que no lo sé. Esa pobre chica, Isabel…, y lo que tuvo que vivir… Lo que hizo su tío… –Negué con la cabeza–. Me gustaría saber qué fue de ella.
Y de pronto caí en la cuenta de que había una persona a la que podía preguntárselo, un nombre que no había dejado de gritarme desde estas últimas páginas: el doctor Ashburn.
No podía ser la misma persona que había conocido en Bath, porque habría sido un niño cuando todo esto tuvo lugar, pero el de las páginas tenía que ser su padre.
Ya sabía adónde tenía que ir a continuación y me sentía agradecida de no tener que volver a Oxford y enfrentarme al banco, a Harry y al dolor del que había salido huyendo.
–Pareces confusa –me dijo Deidre.
–Es que este asunto es muy lioso. En las páginas pone que Isabel dio forma a un rompecabezas para William, pero no sé de qué puede tratarse.
En mi cabeza tengo esa noción romántica de que escaparon juntos…
, pero, en ese caso, jamás habría encontrado estos libros.
Quiero saber por qué William no llegó a descubrir la existencia de estas páginas…
, aunque sospecho que conozco la respuesta…
y es que su amor no tuvo un final feliz.
–Supongo que tienes razón –comentó Deidre.
En ella vi la calma que te da la edad, como si nada la inquietara. Entretanto, Agnes se peleaba con una astilla de la mesa y daba la vuelta a una piedra con el pie.
–Por lo que parece, es Julia Chatton la que está buscando estas páginas, aunque no entiendo por qué.
¿Puede que para destruirlas y heredar la fortuna retenida en fideicomiso?
¿Para hacer desaparecer toda prueba de que el niño existió?
–Suspiré–. Sea como fuere, no va a detenerse hasta que las tenga todas y resulta que, sin comerlo ni beberlo, me he visto envuelta en este asunto.
Y todo volvía al doctor Ashburn, la persona que me había dado el primer libro, una familia que conocía muy bien a los Chatton.
No quería contarles a Agnes y a Deidre lo de Ashburn y lo de su participación en aquel asunto.
Tenía la sensación de que, cuanto menos supieran, más a salvo estarían.
Si Julia Chatton disponía de los recursos para contratar a Devlin y carecía de moral como para ordenarle lo que al parecer le había ordenado, no dudaría en hacerles lo que fuera a aquellas dos mujeres.
Mucha gente había salido herida y malparada ya por este asunto…
, y por mi culpa. No podía arriesgarme a que a ellas también les pasara algo.
Ahora que tenía un nombre, el espectro del jefe de Devlin había tomado forma en mi cabeza y ya no me parecía tan aterrador.
Era una persona, una que carecía de escrúpulos, sí, pero seguía siendo una hija, puede que una madre, y quizá estuviera desesperada por conseguir el dinero porque su familia estaba al borde de la ruina.
El miedo que les había tenido tanto a ella como a Devlin no me pareció en ese momento tan insuperable y volví a sentir la ira.
–Nos caes bien, Lilian –me dijo Agnes con una sonrisa–, y queremos ayudarte. Coge las páginas y el libro también, si crees que pueden servirte de algo.
–Pues muchas gracias, porque creo que sí pueden hacerlo. Gracias a ambas por vuestra ayuda y vuestra hospitalidad. Han sido… han sido unos meses difíciles y esta casa y vuestra compañía es lo más cerca que me he sentido de estar a salvo en mucho tiempo.
–Eso sí, vamos a pedirte algo a cambio –empezó a decir Deidre con una sonrisa que le arrugaba la comisura de los ojos–: tendrás que volver y contarnos el final.
Le devolví la sonrisa.
–Así lo haré…, si es que salgo con vida de esta.
Se echaron a reír, pero lo cierto es que no lo había dicho en broma; aquel era un miedo real.
Sentí la navaja de Devlin en la garganta…
, en el estómago… Aquel matón solo necesitaba una excusa para asesinarme y estaba segura de que, una vez que tuvieran todas las páginas, no tardaría en ocurrírseles alguna.
Recogí mis cosas y ambas mujeres me abrazaron y me desearon suerte.
No quería irme de allí. Aquella casa era un puerto en una terrible tormenta, un refugio oculto del resto del mundo, y lo que más anhelaba yo en aquel momento era permanecer escondida, olvidar que me había embarcado en aquella empresa.
Sin embargo, no era posible. Aquello era ya una implacable marcha hacia delante… , solo que el camino aún podía cambiar.
Recorrí la larga pista de tierra que había hasta el pueblo y fui directa a la estación de tren.
El hombre de la ventanilla de venta de billetes me explicó que tenía que hacer transbordo en Poole y me vendió un billete que me servía para ambos trayectos.
Además, tuve suerte y resultó que el tren que iba a Poole salía en cuestión de minutos.
Fui al andén. Se trataba de una estación pequeña y había poca gente esperando.
Un anciano me saludó tocándose el sombrero cuando pasó por mi lado. A medida que avanzaba y se apartaba de la vista…, vi a un hombre con un bombín marrón al final del andén. Estaba sentado en un banco y no me había visto todavía, pero yo supe de quién se trataba al instante.
Devlin me había encontrado, pero ¿¡cómo era posible!
? ¿Habría estado siguiéndome todo el tiempo?
¿Habría ido a ver a Montague? ¿Los habría amenazado?
O algo peor… Me aturullaban de tal manera las preguntas que se me presentaban que me costaba respirar.
Me pegué a la pared, fuera de su línea de visión, pero de forma que yo sí pudiera verlo a él. El corazón me latía a toda velocidad.
Una columna de humo nos llegó desde la vía a medida que el tren se aproximaba.
Devlin se puso de pie y empezó a mirar en derredor.
Si se acercaba un poco, me vería… Me aparté ligeramente, de espaldas a la pared, y me situé detrás de una mujer y de su baúl.
Desde el hueco que quedaba entre el sombrero de esta y la pared, alcanzaba a verlo mirando más el tren que la entrada de la estación.
Daba la sensación de que no supiera que ya estaba allí.
El tren se detuvo con un fuerte siseo y la nube de vapor oscureció mi lado del andén.
Las puertas del vagón empezaron a abrirse.
Corrí hacia una de ellas y entré de un salto en cuanto el primer pasajero desembarcó.
Irrumpí allí por delante de otro de los pasajeros que querían bajar y pegué la espalda contra la puerta opuesta, resollando como si acabara de correr un kilómetro. Entré en uno de los compartimentos.
Apenas presté atención a las miradas y chasquidos de lengua de los pasajeros; estaba concentrada en las ventanillas. No veía a Devlin desde donde me hallaba, lo que significaba que podía encontrarse en cualquier lado; podía estar en el tren y que yo no me enterara hasta que diera conmigo.
Salí del compartimento, enfilé el pasillo y crucé al siguiente vagón.
Me agaché para mirar por las ventanillas y allí estaba Devlin, mirando por todo el andén a la desesperada, comprobando si me veía entre la decena de pasajeros que habían desembarcado.
Vio a una joven, fue corriendo hasta ella y la cogió por el hombro… , pero no era yo.
El tren comenzó a moverse.
–Disculpe –me dijo un hombre que estaba detrás de mí y que quería pasar, y tuve que internarme un poco más por el vagón para apartarme de su camino.
La estación empezó a deslizarse y Devlin seguía buscándome por el andén. Avancé un poco más por el vagón hasta que encontré un sitio. Me senté, me pegué al asiento y me agaché hasta el borde de la ventanilla, de forma que él no pudiera verme pero yo a él sí.
Devlin le dio una calada a un cigarro, se lo quitó de la boca y entrecerró los ojos, molesto por el sol de invierno.
Luego, sus ojos y los míos se encontraron, justo cuando el tren empezaba a coger velocidad.
Corrió hacia la puerta de uno de los vagones, pero el tren se movía ya muy rápido. Me latía el corazón con la fuerza de un trueno y me arriesgué a mirar otra vez el andén. ¿Sería capaz de saltar al último vagón? No llegaba a verlo. Bajé la ventanilla y saqué la cabeza.
Devlin corría a toda velocidad entre el vapor, esquivando pasajeros. Se le cayó el bombín, pero no se detuvo a recogerlo.
El último vagón dejó el andén y Devlin se detuvo y se me quedó mirando.
Me despedí de él con la mano y volví a meterme dentro.
Si me había encontrado allí, estaba claro que el tipo era capaz de encontrarme donde fuera…
Ahora, por lo menos, le llevaba ventaja, porque de aquella estación no salía otro tren a Poole en varias horas.
Sin embargo…, me lo imaginaba cabalgando por la carretera de la costa, persiguiendo el tren y saltando a él.